(I parte)
Destacado por Marcelo D. Cornejo Vilches
Martes, 24 de Enero de 2012
Un esfuerzo de análisis crítico para desenmascarar las estrategias electoralistas y gatopardistas en marcha.
A partir de este artículo queremos poner en conocimiento una serie de análisis críticos y reflexiones reposicionando dos ejes epistemológicos fundamentales: la lucha de clases como motor de la historia y único escenario en que se resuelven las contradicciones entre explotados y explotadores y, por otra, el materialismo histórico como único método capaz de dar cuenta de los procesos económicos, sociales, políticos e históricos independientemente de las influencias coyunturales en los estados anímicos de quienes observan y estudian dichos procesos.
El 11 de julio de 1919 Lenin advertía a sus oyentes en la Universidad de Sverdlov que “el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses” (1).
La pertinencia de la precisión anterior dice relación con el hecho de que un conjunto de discursos, planteamientos políticos y movimientos sociales actualmente en boga en Chile bajo los rótulos de “Poder Popular Constituyente”, “Ciudadanización de la política”, “La Vía Popular de los Pueblos a la Constituyente Social”, y que consciente e inconscientemente recogen en toda su magnificencia la idea de que el Estado es un espacio político dotado de cierta autonomía relativa (2) o que el Estado debe ser valorado más allá de su carácter de clases, a saber, en la dimensión orgánica y material de su funcionalidad (3). Se recurre también a una concepción funcionalista del Estado cuando se sostiene que la sociedad se ordena en varios subsistemas interdependientes unos de otros de acuerdo a la función que cumplen. Ninguna función o subsistema es determinante. Por lo tanto, el Estado pertenece al subsistema político cuya función es la conservación del equilibrio social. Empero, el funcionalismo reconoce que el subsistema cultural es preponderante en la sociedad, porque aporta la fuerza cohesiva por medio de los valores y el control social del grupo sobre el individuo. Por esta razón, el funcionalismo apuesta a la realización de pequeños cambios que vayan corrigiendo en forma gradual los desequilibrios en el entendido que los cambios se producen por pequeños ajustes dentro del sistema mismo. A contrapelo, habida cuenta de las debilidades teóricas del funcionalismo, ha aparecido una nueva concepción de Estado. Esta es la teoría de sistema derivado. En rigor, lo que plantea esta concepción teórica es que la relación entre el conjunto de las instituciones políticas y el sistema social es una relación de demanda y respuesta. De este modo, la función del sistema político es dar respuesta a las demandas que provienen del ambiente social. Es decir, el Estado debe convertir las demandas en respuestas. Las respuestas políticas se dan bajo la forma de decisiones colectivas obligatorias para toda la sociedad lo que a su vez va cambiando y transformando el ambiente social. En este sentido, esta teoría apuesta a un cambio continuo de carácter gradual o brusco de acuerdo a la capacidad para responder a las demandas. El cambio puede ser brusco cuando el Estado se vea sobrepasado y sobrecargado de demandas frente a lo cual se puede interrumpir el flujo de retroalimentación.
Esto conlleva a que las instituciones políticas, al no poder dar respuesta a las demandas, deben sufrir un proceso de transformación que puede conducir a un cambio completo (4).
Peor aún, algunos fundamentan estas inspiraciones y concepciones del Estado en el gran comunista italiano Antonio Gramsci, actualmente una especie de rehén revolucionario en las mazmorras de las teorías reformistas sobre la política y el Estado. Prueba de lo dicho es el libro “Gramsci”, escrito por Antonio Leal, disponible en http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/01/22/la-nueva-fortuna-de-antonio-gramsci/.
Este “inocente” y “desinteresado” esfuerzo intelectual va dirigido a la “reflexión de muchos líderes estudiantiles que han encabezado las protestas en Chile el año 2011”. Usando la autoridad intelectual y moral de Gramsci el autor construye verdaderas joyas de la retórica antibolchevique con el objetivo de enseñar a los líderes sociales emergidos de la lucha estudiantil el valor existente en la relación entre democracia y socialismo, la construcción del consenso social (propio de “Occidente”) y la centralidad de la “transformación cultural”, por sobre la lucha política y de clases por el poder. Sostiene por ejemplo que “la sustancia de la elaboración leninista sobre el Estado (es) la creación de alianzas políticas. Agrega que “Lenin insiste en su concepción de dictadura en sus dos funciones descritas, pero acentuando su carácter de alianza, de coalición, de “generación de consenso”. Gramsci en cambio con su concepto Hegemonía habría sentado las bases de la relación entre “socialismo y democracia”. ¿Por qué? Porque “Occidente” (?) requería una nueva conceptualización, así “la hegemonía (de) Gramsci en su fase de Ordine Nuevo… se diferencia nítidamente en el período de la elaboración de los Cuadernos de la cárcel, construyendo una concepción del Estado completamente diversa. …Desde mi punto de vista, el concepto de hegemonía en Gramsci supera histórica y teóricamente la noción de dictadura del proletariado… En Gramsci, hegemonía es sinónimo de dirección cultural, en un componente obligatorio de la ampliación social e ideología del Estado en general.” Concluyendo que “De ésta forma, democracia política es en Gramsci la tendencia a hacer coincidir a gobernantes y gobernados, es la transformación de las exigencias de la sociedad civil en derechos, pero, obtenido esto y por tanto, más allá del liberalismo formal, es la consolidación de éstos derechos en comportamientos y decisiones autónomas de la colectividad, basada en sólidos principios éticos y en una perenne transformación cultural”.
Para comprender las “enseñanzas” que el señor Antonio Leal quiere darnos es necesario remontarse al Chile de fines de la década de 1980, donde la metamorfosis y gatopardismo campeaban en todos los planos. En aquel entonces, el país entraba en la etapa de legitimación socio política del modelo capitalista impuesto sobre la base del terror y exterminio de la tiranía de Pinochet. Por aquella época se vivía la crisis del socialismo. Una pléyade de teóricos y connotados dirigentes de la izquierda (entre los que destaca nuestro Antonio Leal) firmaba a nombre de decenas de años de lucha de clases, una verdadera capitulación incondicional en los altares de la ideología construida por los sumos sacerdotes del capitalismo mundial. Eran los apóstoles de la capitulación teórica y política, base para su posterior acomodamiento socio económico con el que el capital les “conmovió” y “convenció” (5).
Todo su planteamiento se basaba en una especie de revolución copernicana de la política. Su objetivo era la búsqueda de una verdadera identidad de izquierda ajena al marxismo leninismo. Sostenían que la ideología en el marxismo era una rémora que había derivado en fundamentalismo, de lo que había que desprenderse rápidamente, esto si realmente se quería recuperar los principios liberales de la verdadera izquierda, aquella nacida al alero de la revolución francesa. Este ejercicio exigía declarar interdictas y refutadas las teorías de Marx y Engels. Aparentemente nada de sus supuestos se habían cumplido. Las tan mentadas condiciones objetivas de la lucha de clases y las crisis cataclísmicas del capitalismo no se habían verificado. Se habría mostrado como falsa, irreal y precipitada la existencia de la lucha de clases y el crecimiento de la masa de asalariados.
Si este era el descrédito del marxismo, no se podría haber esperado mucho de Lenin. Al leninismo se le acusó de ser responsable de la desviación de las ideas de izquierda al promover un proyecto político autoritario y totalitario en grado sumo. La dictadura del proletariado y la vanguardia revolucionaria fueron desechadas de un plumazo. Se les endilgo la generación de un supuesto control total de la sociedad mediante el culto a la personalidad de un líder, llámese Lenin o Stalin. Por lo tanto de la experiencia socialista mundial no había nada que pudiese ser rescatado: ni la propiedad estatal socializada, ni la dictadura del proletariado, eran experiencias a considerar en un “proyecto democrático, moderno y de izquierda”.
Esta nueva izquierda basaría su accionar en la democracia, entendida como la ciudadanización de la política, la institucionalización de la acción ciudadana, la secularización cultural y valórica, la autonomía de lo político respecto de lo social, la subjetivación de los conflictos sociales. En adelante la izquierda debía trabajar en el ámbito cultural más que luchar por el poder político.
La base material de este cambio fue empotrado en los deslumbrantes y acelerados desarrollos tecnológicos del último tercio del siglo XX.
Ya no existía la base material para la clase trabajadora. Esta no sólo había perdido su sitial en la esfera política sino también en el plano real de la existencia material. En este escenario, cualquier reclamo en torno a la distribución o la propiedad de los frutos del crecimiento, no eran más que ilusiones propias de los populistas. En su lugar debía valorarse el papel de la acumulación capitalista, de la empresa privada y sus múltiples iniciativas de inversión. Se debía valorar el nacimiento de la sociedad del conocimiento, un tipo de mundo pos industrial, donde lo relevante seria el capital humano, enriquecido por la conectividad digital, considerada la principal diferencia cualitativa en el desarrollo de las distintas sociedades.
Todo este planteamiento de término de década de los ochenta ha echado profundas raíces y ha alcanzado a hegemonizar importantes y prestigiosos centros de pensamiento progresista. Se puede rastrear esta influencia, por ejemplo, en el llamado Tercer Manifiesto de Historiadores (6) elaborado casi dos décadas después de gestada la “transición a la democracia” y que coincide con el término del ciclo político de los gobiernos de la Concertación. Esta vez bajo una nueva cepa, las ideas legitimantes que se entronizaron a principios de los noventa, se transfiguran y preparan el escenario para las ideas legitimantes del nuevo ciclo político que se inicia. Por cierto que los vicios de los que generosamente hicieron ostentación nuestros ex ideólogos, no tienen nada que ver con las virtudes y honestidad intelectual de los autores del Tercer Manifiesto de Historiadores. Destacan como comité de iniciativa de dicho trabajo notables historiadores y respetados profesores como Julio Pinto, Gabriel Salazar, Sergio Gres, María Angélica Illanes, entre otros profesionales que adhieren.
Sin embargo desde el punto de vista político este es un verdadero “¿Qué hacer?” proveniente del mundo académico. Sus principales ideas descansan en la tesis de que “la explotación, la plusvalía, la acumulación, la desigualdad y el conflicto…ha sido objeto de una re-ingeniería…. reemplazando las antiguas estructuras omnipresentes por fragmentaciones semi-invisibles” (es decir, microestructuras). Esto sirve para ratificar la idea de que “Las clases sociales que el industrialismo modeló tan nítidamente a lo largo de casi 200 años, han sido fragmentadas y re-modeladas…(por tanto)…el materialismo histórico de Marx corresponde a una elaboración realizada durante la fase inicial del industrialismo”. En conclusión, “la gran empresa se eclipsa”, “el conflicto de las estructuras (es reemplazado) por el conflicto subjetivado”, “El enemigo, tan ostentoso y visible en la época del industrialismo, se torna fluido y fugaz” (7). Por consiguiente, la base del conflicto de clases, a saber, la explotación y la plusvalía, “se invisibilizaron”, se “eclipsaron” “se fragmentaron”, o bien, se hacen tan fluidas que terminan “fugándose”, lo que daría la razón a los apóstoles que analizábamos al principio en torno a que el materialismo histórico ya es cosa del pasado, toda vez que el conflicto de clases habría sido reemplazado por un conflicto social subjetivado, donde “la ciudadanía” sería protagonista del cambio histórico. Las definiciones de esta nueva economía política capitalista estarían dadas por el hecho de que el enriquecimiento de la burguesía habría sido sustituido por la acumulación de un “capital en movimiento perpetuo”. Los bajos salarios habrían sido reemplazados por el cupo en la tarjeta de créditos, tarjeta cuya función seria aumentar el poder adquisitivo de los asalariados.
Lo extraño de esta interpretación es que no explica cómo nacen y se desarrollan estas “microestructuras” si el capital lo que ha hecho es precisamente lo contrario, avanzar aceleradamente en los procesos de concentración y centralización, cuya manifestación es la creación de superestructuras cada vez más sofisticadas.
En consecuencia, habida cuenta de este diagnóstico, el materialismo histórico debería ser reemplazado por una “ciencia revolucionaria”, algo que nos transporta a un concepto de raíz salazariana bastante ambiguo y discutido, la llamada “ciencia popular”. De lo anterior se sigue que, “las viejas tácticas gastadas y derrotadas” deben ser reemplazadas por “estrategias innovadoras” y eficientes. Así, “las teorías dogmáticas” y “revoluciones clásicas” deben ser reemplazadas en un esfuerzo de innovación histórica llevado a cabo por “los ciudadanos”.
Aquí la pregunta que surge es: ¿Cuál seria la innovación histórica ofrecida?. Esta innovación nace de “un contra-ardid”, cuya tarea seria desarrollar una política popular para “re-construir” al mercado, al Estado y a la sociedad. Esto exige levantar las banderas de la soberanía popular entendida como aquel “poder socio-cultural que no basta, pero permite iniciar la construcción de los otros poderes”. Esto es importante porque “administrando recursos propios se aprende a gobernar, primero en lo propio, luego en lo local”. Y así sucesivamente hasta llegar a lo nacional. Así de fácil.
¿Quiénes están llamados a llevar a cabo este esfuerzo histórico? No son otros más que “los rebeldes de siempre”, “los demócratas de verdad” y “el movimiento popular”, entendiendo esto último como “organizaciones sociales” de carácter “populares”.
¿Cómo se construyen estos sujetos? Bueno, “bajo los principios de independencia y autonomía de las organizaciones sociales populares”. Por cierto que este esfuerzo “exige replantear a las organizaciones políticas a la luz de una concepción renovada de los movimientos sociales” y de los “proyectos de cambio social radical”.
¿Con qué programa? Con el poder democrático definido como aquel “proceso social de construcción participativo” que conduzca al establecimiento de nuevas relaciones sociales e institucionales.
Esto exige levantar un proyecto global de reorganización de la sociedad y del Estado, la construcción de una “democracia social”. Por lo tanto el movimiento popular debe aprender a administrar recursos, controlar los procesos productivos y comerciales y también debería controlar al capital financiero que hoy administran las AFPs y los capitalistas extranjeros.
Y esto sería así porque el poder real no es exclusivamente político ni militar. El verdadero poder social implica manejar todas las variables que dicen relación con el desarrollo de la vida social. Este debe usarse con el objetivo de lograr la emancipación y liberación social.
Aquí resalta una idea muy extraña, y es que según el Tercer Manifiesto de Historiadores, la ciudadanización de la política nos permitiría tomar control democrático o, a lo menos, influir en el capital financiero en sus diversas formas: IED, AFPs, Bancos, Bolsas, y flujos de distinto carácter. Es una idea muy rara, que a mi juicio, nace de la idealización atribuida a la ciudadanía, la participación democrática y el comportamiento del capital financiero, o del gran capital. El problema está en que no es posible recabar antecedentes suficientes que permitan sustentar esta convivencia entre democracia social y real con el gran capital. Si se observan los países o Estados en que este capital se instala, son precisamente casos en que la democracia esta disminuida a tal punto, que simplemente es un cascarón vacío, sin existencia de participación real de la ciudadanía o de los trabajadores en la toma de decisiones. Incluso más, este tipo de capital se instala en condiciones políticas lo más autoritaria posibles, ojala semejantes a un régimen de “dictadura perfecta”. La evidencia indica que Estados Unidos, Europa, los BRICs, América Latina (Chile por ejemplo) (8) tienen regímenes políticos ubicados en las antípodas de la democracia real y directa protagonizada por las clases sociales explotadas conscientes en sí y para sí mismas . En su lugar, regímenes altamente autoritarios con democracias formales carentes de cualquier tipo de participación política real, sirven de marco institucional para el funcionamiento del gran capital en cualquiera de sus formas. En general, las sociedades actuales tienen reducida la democracia a una mera ilusión, o a una verdadera estafa como en el caso chileno. Si llegara la situación en que la ciudadanía y los trabajadores rompieran la ilusión y realmente tomaran conciencia de su poder constituyente, el capital acostumbra a tomar dos fuertes medidas: por un lado decreta la guerra político-económica apoyado en las llamadas “clases medias” y, por la otra, destruye la economía mediante la especulación, la inflación y el retiro de significativas porciones de capital a zonas más seguras, amén del repertorio histórico del imperialismo y el colonialismo. Al respecto nuestra más cercana experiencia es el caso de la Unidad Popular. Por esta razón, el capital prefiere las democracias formales, ilusorias, los regímenes autoritarios y dictaduras, y en general sistemas políticos fundados en la ignorancia, el miedo y el consumismo. Es incompatible la verdadera democracia donde dominen los trabajadores con el régimen del capital, pues este siempre apuesta por la dictadura burguesa lo más perfectible posible.
1. “Sobre el Estado”, Conferencia pronunciada en la Universidad de Sverdlov, en Obras Completas de Lenin, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekin 1974.
2. La autonomía relativa del Estado la planteo Nicos Paulantzas en “Poder Político y Clases sociales en el Estado Capitalista”, 18ª. Edición, México, Siglo XXI, 1979.
3. Norberto Bobbio, “Estado, Gobierno y Sociedad. Por una Teoría General de la Política”, Fondo de Cultura Económica, México 1989.
4. Sobre estos aspectos véase el libro “Acumulación de capital en Chile. Crisis y desarrollo, últimos 40 años”, Marcelo Cornejo Vilches, Editorial CIPOD, Santiago de Chile, 2011.
5. Al respecto véase: “Después de Marx”, varios autores. Particularmente relevante de la descomposición teórica y política de la izquierda de aquel entonces son los capítulos escritos por Antonio Leal y Eugenio Tironi, Ediciones Documentas, Izquierda XXI, primera edición, Santiago 1993. En la misma línea se inscribe Luís Guastavino en “Caen las Catedrales”, ediciones Hachette, Santiago 1990.
6. “Tercer Manifiesto de Historiadores. La Dictadura Militar y El Juicio de La Historia”, Santiago de Chile 2007. Disponible en: http://www.scribd.com/doc/7270503/3-Manifiesto-de-Historiadores-La-Dictadura-Militar-y-El-Juicio-de-La-Historia. Varios Autores.
7. “Tercer Manifiesto de Historiadores”, op. Cit. Págs. 16,17,18.
8. Al respecto véase por ejemplo el trabajo de Felipe Portales: “Los mitos de la democracia en Chile”, 2 volúmenes, Editorial Catalonia, años 2004 y 2006 respectivamente, y del mismo autor: “Chile: una democracia tutelada”, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile año 2000.
A propósito de Gramsci, el Ciudadanismo, el Poder Popular Constituyente y la Acumulación de Capital en Chile
(II parte) Destacado por Marcelo D. Cornejo Vilches
Martes, 24 de Enero de 2012

Un esfuerzo de análisis crítico para desenmascarar las estrategias electoralistas y gatopardistas en marcha.
Subyacen en los planteamientos antes estudiados, nociones e ideas similares a las que tenían en su cabeza los apóstoles de la capitulación teórica que analizábamos al principio. A la luz del desarrollo de las contradicciones del capitalismo aparecen algunas preguntas que no dejan de mostrar las limitaciones o “autolimitaciones” políticas presentes en el Tercer Manifiesto de Historiadores.
Desde el materialismo histórico, los problemas son muy distintos a andar buscando en la historia a unos supuestos “demócratas” y “ciudadanos” “rebeldes”. Más bien el desafío es explicar el desenvolvimiento de la lucha de clases. De este modo, ¿cómo explicar que desde el siglo XIX y en el largo plazo se ha constatado una tendencia a la caída de la tasa de ganancia, sin embargo a partir de la década de 1970, dentro de esa misma tendencia de largo aliento, se ha producido una coyuntura de alrededor de 25 años en que la tasa de ganancia tiende a repuntar en el corto plazo, produciéndose un aumento de la masa y tasa de ganancia en relación a los salarios? ¿Cómo explicar la convergencia de tasas y masas de ganancias en una misma dirección?; ¿Cómo explicar el aumento del consumo en un contexto de detrimento de la disminución de la masa de salarios en relación al capital?; ¿Cómo explicar la intensificación de los procesos de concentración y centralización del capital y la disminución de las actividades subversivas de las clases explotadas y dominadas?; ¿Cómo explicar la relación entre el fulminante desarrollo tecnológico y el aumento de la explotación al trabajo humano y la depredación feroz sobre los recursos naturales?; ¿Cómo explicar la centralización a niveles exorbitantes de grandes magnitudes de capitales monopólicos y oligopólicos y la continua insistencia de grandes sectores de población por lanzar incansablemente sus pequeños capitales bajo la forma de PYMES e iniciativas micro-empresariales a una voracidad de mercados ya monopolizados y desnaturalizados? ¿De donde salen nuevos capitales si nos hallamos en pleno capitalismo monopolista? ¿Opera la ley del valor en las actuales circunstancias históricas del capitalismo?; ¿Cuál es la estructura de clases en Chile?; ¿Cuáles son sus proyectos políticos?; ¿Cuál es la base material de los discursos e ideologías provenientes de distintas fuentes socio culturales?; ¿Cuáles son las fuerzas, contradicciones, tendencias opuestas y perspectivas que explican la necesidad de una revolución total en Chile?
En relación a la contradicción que señala un proceso histórico de caída de la tasa de ganancia ligado a una coyuntura de aumento de la tasa y masa de ganancia del Chile contemporáneo, sostenemos que el único criterio con que se puede dar una explicación general a estas contradicciones fue ofrecida por Marx en “El Capital”. Se trata de las fuerzas que contrarrestan la caída en la tasa de ganancia. Una de esas fuerzas es la lucha de clases. Es cierto que no es lo mismo la tasa de ganancia y la masa de ganancia. No en vano es la tasa la que explica la feroz revolución tecnológica y su correlato de concentración y centralización de capitales vivida en los últimos años. Sin embargo, en términos matemáticos, de alguna parte sale el valor que permite se sostenga la revolución tecnológica, la centralización y la concentración de capitales, las siderales masas de ganancias y otros procesos anexos como el consumismo. Y esa fuente no es otra que la explotación (o súper explotación) del trabajo asalariado. En este sentido, en este trabajo podrá encontrarse antecedentes que relacionan directamente el comportamiento de las tasas y masas de ganancias con la explotación y dominación política y económica de la clase trabajadora y otras clases sociales, particularmente a partir de la década del 70, década en que se inicia el retroceso político mundial de los trabajadores y que algunos han descrito como la “derechización del mundo” (1). Se comprenderá entonces que para que aumenten las tasas y masas de ganancias en lugar de caer por el desarrollo tecnológico, por el momento (recalco esto porque en tanto situación histórica tarde o temprano puede variar), la lucha de clases ha sido saldada a favor de la burguesía. Mientras se prolongue este resultado, es probable que las tendencias de la masa de ganancia y la tasa de ganancia converjan en un mismo sentido. Pero además, para que esta situación se mantenga, el sistema se ha sobreideologizado. La burguesía ha invertido demasiado en elementos de dominación para prolongar su hegemonía histórica. Este proceso es complementario y condición para la aguda polarización de capitales e ingresos vivida en las últimas décadas. Bajo este proceso fluye más dinámica que nunca, la tendencia del gran capital a hincharse en manos de menos propietarios, sea expropiando, absorbiendo y destruyendo todo tipo de propiedad que aún le permanece ajena, o devorando la renta de los recursos naturales que todavía le quedan al planeta. O por último, y quizás lo más importante, multiplicar a niveles inauditos las súper tasas de explotación obtenidas del trabajo asalariado.
A nuestro juicio, no cabe la menor duda que los estudios realizados por Marx y Engels sobre las leyes históricas de la economía política capitalista no sólo se han confirmado con espectacular dramatismo, sino que pese al empeño de dar por muerta o transmutada a la lucha de clases, esta se ha intensificado de manera feroz. Es decir, la lucha de clases, ni ha desaparecido, ni se ha suavizado, ni se ha “invisibilizado”. Por el contrario, se ha tornado más clara, más patente y más potente. De lo contrario, ¿qué sentido tiene incrementar a niveles sin precedente el dominio, represión y hegemonía sobre los explotados del mundo? ¿Qué sentido tendría para la burguesía sofisticar a niveles impensados sus técnicas y estrategias de dominación, si no es con el propósito de “engañar” y “distraer” ideológicamente a los explotados frente a una lucha cada vez más intensa, nítida y feroz? ¿Qué sentido tendría para el sector de la burguesía triunfante extenuarse en la perpetuación de la derrota política sufrida por los explotados del mundo a partir del año 1973? En este marco, sostenemos que el capital ha corrido todas las fronteras que se han opuesto a su expansión. Pero el hecho que la fracción de capital hegemónico se haya agigantado no significa que haya “superado” o “invisibilizado” a la lucha de clases. Muy por el contrario, este se ha agigantado porque la lucha de clases se ha tornado un pandemonio cada vez más feroz e implacable. ¿O acaso olvidamos que el capital nace y se expande a partir de la explotación del trabajo?
En este mismo sentido, la verdadera euforia, deificación y casi mistificación con la que nuestros teóricos han analizado el fulminante desarrollo tecnológico de las últimas décadas, les ha hecho creer que por fin las molestas leyes de la lucha de clases han sido superadas, toda vez que la producción capitalista estaría funcionando cada vez más sobre la base de elementos y factores ajenos al trabajo humano. En este delirante discurso se llega a hablar incluso de las “fábricas del futuro” en las que la producción llega a estar tan automatizada por robots y computadoras que el trabajo humano es desterrado. Sin embargo, pronto estos delirios fueron decayendo pues la completa automatización nunca ha podio ser lograda. Es más, incluso la robotización ha tocado techo en su aplicación a la industria mostrando decepcionantes resultados, pues ni las computadoras ni los robots han sido capaces de resolver racionalmente procesos productivos que sólo la mente y trabajo humano logran resolver (2). Es muy importante esta discusión, pues se ha tendido a explicar el acelerado desarrollo tecnológico en función de tautologías o verdaderas vueltas en círculos tales como “la cultura”, “el clima”, “los servicios”, “el capital financiero”, “la búsqueda de comodidad”, “el espíritu egoísta del ser humano”, entre otras ideas extravagantes. Sobre la base de este “milagroso” desarrollo tecnológico se ha diseminado la idea de un capitalismo que ya no se funda en la producción, sino en el consumo, los servicios y la especulación financiera, prueba de ello, se afirma por ejemplo en el Tercer Manifiesto de Historiadores. Los salarios habrían sido reemplazados por la línea de créditos y la lucha de clases habría sido opacada e invisibilizada por conflictos sociales interculturales y subjetivados. Nuevamente vemos cómo se confunde el “ingreso” con el valor, y la forma con el fondo. No obstante, un estudio de la economía en general y de “El Capital” en particular nos muestra que por más que nos empeñemos en declarar muerta y enterrada a la ley del valor, en la historia ésta opera de forma inexorable.
Toda la avalancha de mercancías ofrecidas en el comercio, es expresión viva de cómo el capital se esfuerza en revolucionar la producción de medios de producción de todos los sectores, ramas y áreas de la economía con el fin de extraer el valor de la fuerza de trabajo para, de este modo, incrementar la plusvalía en todas sus formas: absoluta, relativa y extraordinaria. Dicho de otro modo, una cantidad más o menos constante de valor se distribuye en una mayor cantidad de producción. Esta es la base de la riqueza del capital. La especulación financiera y los apalancamientos se desarrollan como súper estructura de tasas de súper explotación históricas inauditas por su feroz intensidad. Peor aún, el incremento mismo de tecnología en las unidades productivas, ratifica aquella plusvalía extraordinaria que se apropian las facciones hegemónicas del capital, transfiriendo valor a sus productos mediante la explotación de científicos y técnicos de alto nivel, y por un creciente ejército de cerebros fugados desde las zonas subdesarrolladas a los centros del capital cada vez más deslocalizados. Claro está que un equipo de ingenieros puede ser muy bien pagado, pero la cantidad de valor atrapado en un nuevo “adelanto tecnológico” y que luego es trasladado a la producción es simplemente idílico. No en vano, la generalidad de los estudios sobre el desarrollo plantea que las industrias que un país debe afianzar para su desarrollo son las referidas a la alta tecnología. Es precisamente el desarrollo tecnológico, lo que lleva a la precarización de la fuerza de trabajo y a la lucha entre distintas fracciones del capital. Es más, la súper explotación ejecutada de este modo, puede darse el lujo de admitir como componente relevante el hecho de disminuir la masa de salarios a la vez que expande el consumo. Y lo hace mediante la expansión de nuevos y múltiples sistemas de crédito, cuestión que no sólo permite disciplinar y mejorar el dominio sobre los explotados, sino que además posibilita incrementar tanto la súper explotación al trabajo como la ganancia arrebatada a otros sectores burgueses. De este modo se logra como objetivo político central el control sobre los explotados, pero también se obtiene como propósito complementario la sumisión de vastos sectores de la burguesía y pequeño burguesía (por ejemplo las PYMES) a la hegemonía de los dueños de la tecnología, que al mismo tiempo son los dueños de las rentas diferencial y ricardiana extraída a los recursos naturales, y que actúan simultáneamente como los mismos propietarios del comercio y del sistema financiero internacional. No es posible explicar ninguno de los hechos anteriores si no es mediante la teoría del valor.
Por otro lado, si bien es absolutamente evidente la explosión de conflictos sociales con un marcado carácter subjetivo, esto no significa que este tipo de conflictos este reemplazando o desplazando a la lucha de clases. Mejor dicho, las explosiones de conflictos subjetivados se inscriben en la expansión de la lucha de clases, porque esta crece proporcionalmente a la expansión del capital, cuya base material fundamental es la contradicción con el factor trabajo complementado también con las tensiones de los recursos naturales. Si el capital prospera y se engrandece derribando y ampliando fronteras, la lucha de clases avanza y avanza ocupando, colonizando y creando nuevos y distintos campos de batalla, donde por cierto, la dimensión subjetiva es una de las órbitas en que opera. En este sentido, conviene precisar que un mayor incremento en la lucha de clases no es directamente proporcional a una mayor claridad o empuje político de los explotados. En tanto lucha, el capital ha logrado en los últimos 35 años ganar batallas importantes sometiendo y dominando a los explotados. Pero esto no quiere decir que el movimiento histórico ya no provenga del campo de la lucha de clases, o que el cambio histórico no vaya a ser protagonizado por los explotados, o que estos –tal como lo señala el Tercera Manifiesto de Historiadores- en su rol hayan sido reemplazado por la “ciudadanía”, “los rebeldes de siempre”, “los demócratas de verdad” o las “organizaciones sociales” sin dirección política o autónomas respecto de lo político. Creemos que este tipo de tesis no sólo son especulaciones provenientes del aula académica sin ningún tipo de respaldo político práctico, sino que además exagera al elevar y proyectar ciertas tendencias propias del momento histórico a nivel de caracterización y ley del movimiento histórico general del capitalismo.
Es más, las consecuencias políticas de este tipo no se sostienen bajo el rigor de la Historia. A la luz de todos los períodos universales de carácter prerrevolucionario, tal como la Unidad Popular en Chile, la lucha de clases no fue definida (ni tampoco lo será) por la existencia de más o menos “demócratas de verdad”, la escasez o abundancia de corazones rebeldes, o la ilusoria existencia de aquellos neutros e indefinidos “ciudadanos” y sus “organizaciones autónomas de lo político”. No. Por lo menos en el Chile de los últimos 40 años, de cada clase emanaron diversos proyectos políticos. Finalmente el proyecto que se impuso, no lo hizo por una cuestión de “innovación histórica”, ni por un ingenioso y entretenido “contra-ardid” que rompiera con los clásicos medios y métodos de la lucha política. El proyecto político triunfante lo hizo porque siguió las leyes de la lucha de clases. Lograron acumular fuerza y poder. Implementaron su proyecto con una brutal y “antidemocrática” dictadura de clases (que nos pesa hasta hoy). Consiguieron hegemonizar ideológicamente a la sociedad. Conquistaron una gran mayoría social en torno a ideas muy simples y directas que se enquistaron hasta hoy en el sentido común de la sociedad en general y de nuestra clase en particular. Aquilataron una buena línea de retaguardia que les auxiliaría en momentos de desgaste. En definitiva, lograron lo que en el Manifiesto Comunista ya se exponía como criterio de una lucha de clases exitosa: la institucionalización de la violencia como definición última del proceso de cambio histórico. Claro que nosotros como explotados queríamos transformar y revolucionar la sociedad, pero en la lucha de clases nos presentamos divididos, sin una dirección política hegemónica, que además hizo gala de grandes dotes de indecisión para enfrentar la reacción violenta y brutal de las clases dominantes. No fuimos capaces de construir mayoría en torno a ideas simples y directas. Además de esta falta de homogeneidad ideológica, tampoco tuvimos consenso respecto al papel de la violencia y el sentido general del proceso. Hoy, a 38 años de aquella derrota, seguimos entrampados en la discusión que nos llevó al desastre aplastante del 73. Nos distraemos con eufemismos que son presentados como las grandes innovaciones que reemplazaran a las formas “viejas y gastadas” de las revoluciones clásicas. Mientras esto ocurre, la clase triunfante sigue incrementando su dominio con las mismas y clásicas formas y leyes (“viejas y gastadas” para algunos) de la lucha de clases y que nosotros no queremos asumir (3).
(1) Al respecto véanse las opiniones de Francisco Umbral en “La elipse”, del diario español El País, del 9 de diciembre de 1984. Disponible en http://www.elpais.com/articulo/ultima/UMBRAL/_FRANCISCO/CELA/_CAMILO_JOSE_/ESCRITOR/ESTADOS_UNIDOS/elipse/elpepiult/19841209elpepiult_1/Tes
También Ver “La derechización del mundo” de José Vidal-Beneyto en el diario El País del 24/03/2007; disponible en http://www.elpais.com/articulo/internacional/derechizacion/mundo/elpepiopi/20070324elpepiint_13/Tes
(2) Véase al respecto: Francisco Zapata: “El trabajo en la nueva y vieja economía”, Centro de Estudios Sociológicos, El Colegio de México, 2001.
(3) Al respecto seria conveniente debatir las “innovaciones” que presentan algunos a la luz de la teoría y práctica de la guerra. El ejercicio debe comenzar considerando un eje fundamental, Kart Von Clausewitz, “De la Guerra”, disponible en formato digital en http://www.Librodot.com, año 2002.
Ultima modificacion el Martes, 24 de Enero de 2012
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