LA CONCIENCIA ANTIIMPERIALISTA.


[Del baúl de los recuerdos ¿del año 2002? las fotos son actuales]

 A continuación PRETEXTOSS reproduce en forma exclusiva para nuestros lectores el trabajo del historiador Marco Seratti, sobre la Conciencia Antiimperialista en el siglo XIX. Los alcances históricos de la burguesía revolucionaria, nos permiten dimencionar, en forma más clara los vaivenes del socialpopulismos hoy en día.
(PRETEXTOSS)

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La desnacionalización de la Burguesía.

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A partir del desmembramiento de México, en América Latina empezó a desarrollarse una conciencia nacional antiexpansionista que se correspondía cabalmente con el fenómeno que la había provocado la creciente expansión territorial de los Estados Unidos a la costa de los países próximos y el desembozado intento de los gobernantes norteamericanos por anexar a su país algunos territorios del Caribe.
Esa emergente conciencia nacional se profundizó en las décadas siguientes, especialmente al calor de las acciones filibusteras de Walker en Centroamérica, que mostraban un desarrollo cualitativo del expansionismo yanqui, que ya no se limitaba a irrespetar las fronteras de sus vecinos o ambicionar la posesión de las restantes colonias españolas en América -como Cuba y Puerto Rico- sino que atentaba contra la soberanía de países independientes y formalmente constituidos, pretendiendo recolonizarlos y convertirlos en países vasallos, sometidos a su dominio y explotación.
Ese carácter de franca agresión internacional que poseían las agresiones expansionistas norteamericanas en aquel periodo, determinó que la oposición a la misma revistiesen en nuestros piases un carácter “nacional”, es decir que, aunque sea limitadamente, participaran de ellas las oligarquías locales, temerosas de que el audaz expansionismo anglosajón afectara sus intereses de dominación interna. Así se explica el hecho de que prominentes líderes oligárquicos -algunos tan notoriamente antinacionales- como el ecuatoriano Gabriel García Moreno, que aplaudió la intervención francesa en México y solicitó un protectorado francés para el Ecuador- hayan participado en la denuncia y activa oposición al expansionismo norteamericano.
Por otra parte, el carácter embrionariamente nacional de esa conciencia expansionista se manifestaba en los valores históricos-culturales que la sustentaban, y que eran expuestos como prueba de la superioridad de la “alma latina” sobre el rudo y utilitarista “espíritu anglosajón”.
Con la emergencia histórica del imperialismo, iniciada en las últimas décadas del Siglo XIX, la expansión norteamericana en el continente adquirió un carácter cualitativamente distinto. En vez de la clásica guerra de agresión -como las efectuadas contra México y Canadá- o las expediciones colonialistas -como las de Walker- los estados Unidos desarrollaron mecanismos de penetración económica y sojuzgamiento político, destinados a adquirir el predominio económico y político sobre los demás países del continente sin recurrir a la guerra y a la ocupación territorial.
Esos mecanismos eran, fundamentalmente, una audaz política de exportación de capitales hacía los países latinoamericanos y un ambicioso proyecto de “integración panamericana”.
La exportación de capitales, a su vez, se ejercitaba de dos formas paralelas y complementarias: mediante inversiones directas de los monopolios yanquis en los países latinoamericanos, que buscaban controlar sectores claves de su economía (especialmente la producción de materias primas requeridas por las industrias norteamericanas), y a través de empréstitos públicos y privados, otorgados casi siempre a cambio de otras concesiones económicas o políticas por parte del país receptor: tierras para plantaciones, facilidades aduaneras, bases carboníferas o navales, derechos de tránsito por el territorio, ect.
Por su parte, la política “panamericanista” -iniciada en 1888, por el Secretario de estado James Blaine- buscaba la creación de una “Unión comercial de la Repúblicas Americanas”, destinada a “asegurar mercados más extensos para los productores de cada uno de los referidos países”(1)
Si bien es evidente que todos estos mecanismos tendían, como se ha dicho antes, a imponer el predominio económico-político de los estados Unidos sobre el resto del continente, había también en ellos un implícito “contenido de clase”, en tanto que buscaban vincular con el proyecto imperialista -desde luego, de modo subsidiario- a las oligarquías latinoamericanas.
Esta vinculación revestía variadas formas: establecimientos de lazos mercantiles entre los monopolios yanquis y la burguesía comercial latinoamericana; asociación de poderosas familias oligárquicas a los negocios e inversiones norteamericanas en sus respectivos países; creciente dependencia de los propietarios de plantaciones con relación a los precios y cuotas fijadas por el mercado mundial; otorgamiento de empréstitos extranjeros a determinadas empresas de la oligarquía nativa, etc.
El históricamente rápido establecimiento de esta red de intereses sobre el imperialismo y los sectores más “modernos” de la burguesía latinoamericana provocó, entre fines del siglo pasado y las primeras décadas del actual, lo que Ricurte Soler ha denominado como una mutación cualitativa en el seno de la sociedad latinoamericana… Lo que podríamos llamar una fractura en la historia de su desarrollo. (2)
En la práctica, esa mutación significó un cambió de actitud de la burguesía latinoamericana en su conjunto -al menos, de sus sectores más desarrollados- con relación al imperialismo. Así, la clase que antes había liderado la resistencia nacional al expansionismo yanqui, por el carácter de “agresión internacional” que revestían las acciones de éste, devino en la nueva coyuntura histórica en aliado y agente local de los intereses imperialistas, asumiendo un carácter cada vez más antinacional.
Al amparo de esa nueva “alianza internacional de clases” establecida en el continente y en el marco de un nuevo equilibrio mundial, resultante de la primera guerra mundial, la penetración económica norteamericana cobró especial vigor en América latina. En el corto lapso transcurrido entre 1914 y 1924, las inversiones directas e indirectas de los Estados Unidos en el área pasaron de 3513 a 10.753 millones de dólares (3), lo que equivale a decir que crecieron en más del 300%, mientras que las inversiones británicas apenas crecieron un 5,6%, pasando de 756 a 800 millones de libras esterlinas (4).
Un fenómeno parecido ocurría en el comercio exterior latinoamericano, los Estados Unidos avanzaron firmemente hacía el papel de principal socio comercial de América Latina ente 1910 y 1923, relegando a Inglaterra a un distante segundo lugar. En efecto, en el plano enunciado, las importaciones latinoamericanas provenientes de los Estados Unidos subieron del 23,5% al 36,6 en tanto que las británicas bajaron del 20,02% al 19,42% (5).
Más notorios fueron aún el crecimiento de los Estados Unidos y la declinación de Gran Bretaña como compradores de las exportaciones latinoamericanas. En el mismo periodo señalado, los Estados Unidos pasaron a adquirir el 34,46% de esas exportaciones, a adquirir el 45,64% de las mismas. Entre tanto, Gran Bretaña, que en 1910 compraba el 28,87% de esas exportaciones, pasó en 1923 a adquirir apenas el 16,43% de ellas (6).
En síntesis: en 1923, los Estados Unidos vendían a los países latinoamericanos casi el doble que Inglaterra y les compraban casi el triple que ésta. Es más: superaban ligeramente en ventas, en el mercado latinoamericano, a Gran Bretaña, Alemania y Francia juntas; y compraban a América Latina un 69% más que el conjunto de esos países europeos (7).
Detrás de estas cifras, ya de por sí impresionantes, se escondía la brutal realidad de la creciente dominación imperialista sobre nuestros países, una dominación que en los países de América Central y el Caribe (excepto las colonias británicas) era ya hegemonía absoluta.
Así, Honduras estaba en manos de los monopolios fruteros de United Fruit, Standard Fruit y Cuyamel, y la Rosario Mining Co.; Nicaragua era controlada por la United Fruit, la empresas mineras de Vanderbilt y el trust financiero de Brown and Co.; Costa Rica tenía enajenado su ferrocarril central y su producción bananera a la United Fruit, empresa que controlaba también controlaba la producción bananera y todo el sistema ferroviario de Guatemala, y que poseía el más grande latifundio de Colombia; la banca y la producción azucarera de cuba, la república Dominicana y Haití estaban en manos de Rockefeller y los monopolios azucareros yanquis, respectivamente; el canal, el ferrocarril, la banca y el comercio exterior de Panamá estaban controlados por el gobierno y las empresas norteamericanos; y en México, pese a la revolución, los monopolios norteamericanos eran dueños del 35% de la producción petrolera, del 80% de la minería, del 50% del servicio telefónico y de grandes porcentajes de otras ramas de la economía.
Vista en la perspectiva de los intereses latinoamericanos, esa creciente penetración económica norteamericana constituía no sólo una pérdida del control de nuestros países sobre sus recursos naturales, su aparato productivo y su comercio exterior, sino también una amenaza implícita contra su soberanía, dado el estrecho contacto existente entre los intereses monopólicos yanquis y la política intervencionista de los gobiernos norteamericanos.
Prueba de ello eran el hecho de que, desde fines del siglo XIX, las intervenciones militares estadounidenses ya no se efectuaban en busca de posesión territorial sino con el declarado fin de “proteger los intereses y las propiedades norteamericanas”, lo que, en el lenguaje imperial, significaba barrer con toda oposición nacional que se levantara frente a los desafueros del imperialismo yanqui. La única excepción a esa política pareció ser la toma de Cuba y Puerto rico, tras la guerra hispano-norteamericana. Sin embargo, strictu sensu, tampoco se trato de una intervención militar al viejo estilo, es decir de una guerra de conquista contra un país independiente, sino el resultado de una guerra intercolonialista, en la cual el vencedor arrebató al vencido sus posesiones coloniales. Además, no hay que olvidar que, en el caso de Cuba -sin duda la más importante de las posesiones adquiridas- los estados Unidos prefirieron otorgarle una independencia mediatizada, bajo la sombra de la Enmienda Platt, antes que mantenerla bajo su directo dominio colonial.
Por otra parte, la existencia de respaldo local para las intervenciones yanquis, desde comienzos del presente siglo, prueba que algunas burguesías latinoamericanas ya habían concluido su mutación histórica, volviéndose totalmente funcionales a la dominación imperialista.

El Proyecto Nacional del Liberalismo.

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El carácter crecientemente antinacional asumido por la burguesía latinoamericana ante la emergencia del imperialismo, va a provocar un reajuste ideológico en la sociedad latinoamericana. La emergente pequeña burguesía, constituida en fuerza sociopolítica de creciente significación al calor de la reforma liberal, va a asumir históricamente la representación ideológica de los intereses nacionales frente al nuevo “bloque antinacional”, es decir, frente a la alianza del imperialismo y las clases dominantes locales.
Este proceso de radicalización de la pequeña burguesía latinoamericana, iniciado ya a fines del siglo pasado, fue sin duda uno de los más interesantes fenómenos de la historia política de nuestro continente, pues dio lugar al surgimiento de un vigoroso pensamiento nacional antiimperialista, que alcanzó notable desarrollo ya en las primeras décadas del presente siglo.
Una de las matrices histórica de ese pensamiento antiimperialista fue el liberalismo revolucionario que, entre fines del siglo pasado y comienzos del actual, agitó los países del área centroamericana, caribeña y bolivariana, mediante una lucha internacionalista que tuvo sus más altos representantes en los cubanos José Martí y Antonio Maceo, los nicaragüenses José Santos Selaya y Rubén Darío, los dominicanos Gregorio Luperón y Máximo Gómez, el ecuatoriano Eloy Alfaro, los puertorriqueños Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos, los venezolanos Antonio Guzmán Blanco y Joaquín Crespo, los colombianos Rafael , Juan de Dios Uribe y José María Vargas Vila, el panameño Belisario Porras y el peruano Nicolás de Piérola, los chilenos Francisco Bilbao y Santiago Arcos.
Esa “internacional revolucionaria”, asentada en una avanzada ideológica reformista y una activa solidaridad entre sus miembros, propició una serie de revoluciones liberales en el área y respaldó decididamente la lucha de Cuba y Puerto Rico por su independencia nacional. Su fuerza histórico-social se expresó en la formulación de un vigoroso pensamiento nacional y en la ejecución de una política de defensa de los intereses nacionales frente a las ambiciones de las potencias extranjeras. Teniendo tuvo finalmente una perspectiva aún más trascendental, al impulsar negociaciones tendientes a concretar diversos proyectos de integración latinoamericana: reintegración de la Gran Colombia, conformación de una Confederación de Estados sudamericanos, integración de los países Centroamericanos y grancolombianos en una gran federación política. Inevitablemente, las diversas manifestaciones de ese impulso nacionalista debían chocar con los intereses de ese emergente imperialismo. La lucha de los revolucionario cubanos y portorriqueños por la independencia nacional fue frustrada por la intervención militar de los Estados Unidos, que declararon la guerra a España y le arrebataron sus colonias caribeñas. Los intentos del gobierno nicaragüense de Zelaya por ejercitar una plena soberanía sobre sus recursos naturales fueron aplastados por otra intervención militar yanqui. Y el gobierno ecuatoriano de Alfaro debió enfrentar poderosas presiones norteamericanas tendientes a lograr la enajenación de las islas Galápagos.
Un nuevo campo de confrontación entre el proyecto nacional del liberalismo y los intereses imperialistas fue los de la Deuda Externa, la que pesaba onerosamente sobre la economía latinoamericana.
En el caso del Ecuador, una serie de manejos oligárquicos, entre torpes y dolosos, había elevado monstruosamente la Deuda Externa del país, al punto que en 1890, después de haber pagado durante 60 años el capital y los intereses de la deuda original de 1.424.579 libras esterlinas, la nueva consolidación oficial reveló que aún se debía 2.246.560 libras esterlinas.
Indignado por el turbio manejo oficial del problema, Eloy Alfaro denunció dos años después que el presidente del senado, atribuyéndose facultades que no poseía, había nombrado como uno de los negociadores ecuatorianos ante el Sindicato Francés de acreedores al doctor Lorenzo Rufo Peña, que era precisamente el apoderado de ese Sindicato ante el gobierno del Ecuador (8).
Una vez en el poder, Alfaro enfrentó decididamente el problema: decretó la suspención del pago de la deuda (14 de marzo de 1896), afirmando que el país ha(bía) condenado por desdorosos y perjudiciales a los intereses de la nación, los diversos arreglos efectuados por los acreedores de la Deuda Externa y que triunfante la revolución, el gobierno que de ella surgió no (podía) aceptar (el último arreglo) sin manchar su honorabilidad (9).
Otro caso de conflicto con relación a la Deuda Externa fue el de Venezuela, donde las sucesivas suspenciones del pago de la Deuda y otras medidas nacionalistas decretadas por el gobierno liberal de Cipriano Castro, tuvieron como respuesta inicial una insurrección militar, financiada por el trust yanqui del asfalto New York and Bermudéz Company, -que fue derrotada por el gobierno- y finalmente una agresión imperialista por parte de Alemania, Gran Bretaña e Italia, que contó con la complicidad de los Estados Unidos.
Exigiendo el inmediato pago de 161 millones de bolívares -por una deuda que el gobierno venezolano estimaba era apenas de 19 millones- doce barcos de guerra europeo bloquearon en diciembre de 1902 las costas venezolanas, bombardearon los puertos y hundieron o capturaron a los cinco barcos d de guerra con que contaba Venezuela.
La reacción venezolana fue contundente. Castro ordena en contestación la detención de los súbditos agresores, a los que traslada a los muelles para que sirvan de parapeto en caso de bombardeo. Publica también una serie de proclamas en favor de la resistencia contra la intervención, lo que provoca una avalancha de voluntarios hacía las oficinas de reclutamiento (10). El periódico inglés The Times relatará una escena caraqueña de aquellos días: hablando al pueblo desde un balcón del palacio de gobierno, mientras se oyen gritos de “muerte a los alemanes, muerte a los extranjeros, ingleses hijos de puta”, Cipriano Castro anuncia: que las propiedades del ferrocarril británico y alemán del país serían embargadas para equilibrar el costo d de las naves perdidas. La multitud marcho desde la plaza hasta la embajada alemana, concluye la nota del periódico (11).
La agresión imperialista europea contaba, desde luego, con el beneplácito del gobierno norteamericano y de la prensa yanqui, que demostraban así la profunda hipocresía que se escondía tras la “Doctrina Monroe”. The Washington Post editorializaba en tono admonitorio, el 13 de diciembre de 1902: Si Venezuela está segura de la no enajenación de su territorio gracias a la Doctrina Monroe ¿cómo se obligará a reconocer su responsabilidad? Los ciudadanos de los Estados Unidos pueden sentirse seguros allí (en Venezuela), porque en el peor de los casos nosotros podemos capturar cada pulgada de territorio venezolano. Tenemos esta alternativa que la Doctrina Monroe prohibe a otras naciones (12).
Por su parte, el periódico británico Manchester Guardian informaba, el 25 de noviembre, que las potencias agresoras había puesto previamente en conocimiento de sus planes al presidente de los estados Unidos, Teodoro Roosevelt, agregando que este había dado su visto bueno para el ataque. La única condición que puso el presidente -agrega el diario- fue que el castigo aplicado por cualquier europeo no incluya la toma de suelo americano (13).
Contrastando notoriamente con la política de “contubernio imperialista” seguida por Estados Unidos, varios países latinoamericanos -Ecuador, Argentina, México, Chile, Bolivia, Panamá- expresaron su público apoyo a Venezuela y repudiaron la agresión de que era víctima ese hermano país. El Canciller Argentino Luis María Drago hizo entonces una importante declaración, condensando la indignación mundial provocada por la agresión bélica de las principales potencias contra un pequeño país latinoamericano: “la deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada y menos aún a la ocupación material del suelo de las naciones americanas por una potencia europea. El cobro compulsivo e inmediato, en un momento dado, por medio d de la fuerza, no traería otra cosa que la ruina de las naciones más débiles y la absorción de un Gobierno, con todas las facultades que les son inherentes, por los fuertes de la tierra. Este cuerpo de ideas pasó luego a denominarse “Doctrina Drago”, influenciando a la convención sobre Limitación del Uso de la fuerza para el Cobro de la Deuda Contratada, efectuada en 1907 (14).  Finalmente, ante la real inferioridad militar de su país frente a las potencias imperialistas europeas, Castro inició negociaciones diplomáticas con éstas, que concluyeren en febrero de 1903, con la firma d de los protocolos de Washington. La deuda se fijó en un poco más de 40 millones de bolívares y se garantizó su pago con la creación de impuestos adicionales para las importaciones y ciertas exportaciones del país.
Pese a este forzado desenlace, el gobierno de Castro siguió enfrentándose a los monopolios imperialistas en los años siguientes. Continuó el juicio contra el trust yanqui del asfalto, finalmente ganado por Venezuela. Dictó en 1904 un reglamento al Código de Minas, prohibiendo las concesiones petroleras perpetuas, poniendo a la explotación del hidrocarburo bajo el control directo del poder ejecutivo y fijando en el 25% de las utilidades el tope mínimo d de las regalías que debían pagar al Estado las compañías petroleras. fijó para los contratos de minería impuestos más altos que los anteriores. Sometió a registro barcos holandeses que violaban leyes nacionales, lo que provocó un nuevo bloqueo contra Venezuela. Encausó judicialmente a la Compañía Francesa del Cable, que resistía el pago de sus impuestos. Y finalmente rompió relaciones diplomáticas con Holanda y los Estados Unidos, en 1908, dos años más tarde de haber tomado igual medida con Francia (15).

El Pensamiento antiimperialista Latinoamericano.

notable
El agotamiento del proyecto nacional de la burguesía se produjo desigualmente en diversos piases de América Latina. En algunos de ellos se extinguió en las décadas finales del siglo pasado. En otros, se mantuvo hasta la primera década del presente siglo y, como se ha señalado, llegó a enfrentarse a la penetración económica (Venezuela) y a los planes estratégicos del imperialismo (Nicaragua, Ecuador). Sin embargo, aún en estos últimos casos, la transformación de la burguesía en una fuerza antinacional, terminó por dejar sin base social al liberalismo revolucionario y facilitó la penetración económica, la dominación política y las intervenciones militares del emergente y vigoroso imperialismo norteamericano.
Así, en el breve lapso de cuatro años (1908 – 1911), el nacionalista gobierno de Castro fue sustituido en Venezuela por el régimen entreguista y pro- yanqui de Juan Vicente Gómez; Alfaro fue derrocado -y luego masacrado- en el Ecuador por una alianza de la oligarquía y la “bancocracia”; y a la intervención militar yanqui en Nicaragua llevó al derrocamiento del régimen antiimperialista de Zelaya y a la instauración de los gobiernos títeres de Juan José Estrada y Adolfo Díaz. En los años siguientes, todas las intervenciones militares yanquis en América Latina contarían con la complicidad activa o al menos la tolerancia de las burguesías locales; en Chile, producto de una guerra civil es derrocado el presidente liberal Manuel Balmaceda.
Fue esa circunstancia que la pequeña burguesía asumió en nuestros países el liderazgo de la causa nacional y generó, a partir de la propia existencia histórica latinoamericana, un vigoroso pensamiento antiimperialista.
Como se ha dicho antes, una de las matrices históricas de ese pensamiento fue el liberalismo revolucionario. Cabe agregar que la otra matriz fue el pensamiento socialista, para entonces profundamente influenciado por las corrientes anarquistas y, en menor medida, por el comunismo.
Ampliando el pensamiento precursor José Martí -que, tiempo atrás, había analizado ya el carácter económico del imperialismo y denunciado la falacia del panamericanismo- y de José Enrique Rodó -que en su libro Ariel (1900) había combatido las tendencias pro-yanquis que emergían en nuestra sociedad- surgió en la segunda década de este siglo una serie de importantes pensadores antiimperialistas, entre los que se destacaron el nicaragüense Rubén Darío, los argentinos José Ingenieros y Manuel Ugarte, el dominicano Max Henríquez Ureña, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, el ecuatoriano José Peralta y los cubanos Enrique José Varona y julio Antonio Mella.
En 1923, Ingenieros alzó su prestigiosa voz para denunciar la creciente amenaza que se cernía sobre nuestros países. Dijo entonces: En los pocos años de este siglo, han ocurrido en América Latina sucesos que nos obligan a reflexionar con sombría seriedad. (Estados Unidos) ha desenvuelto hasta su más alto grado el régimen de producción capitalistas y ha alcanzado en la última guerra la hegemonía financiera del mundo. Con la potencia económica ha crecido la voracidad de su casta privilegiada… Ha crecido el sentimiento de expansión y de conquista, a punto de que el clásico “América -nuestra América Latina- para los norteamericanos”.
…Y bien, señores: sea cual fuere la ideología que profesamos en materia política, sean cuáles fueren nuestras concepciones sobre el régimen económico más conveniente para aumentar la justicia social en nuestros pueblos, sentimos vigoroso y pujante el amor a la libre nacionalidad cuando pensamos en el peligro de perderla, ante la naturaleza de un imperialismo extranjero.
Se trata para los pueblos de América Latina, de un caso de verdadera y simple defensa nacional, aunque a menudo lo ignoren u oculten muchos de sus gobernantes (16).
Cuatro años después, el gran revolucionario ecuatoriano José Peralta, que fuera Ministro de Educación y Relaciones Exteriores durante el Régimen de Eloy Alfaro, concluís en su autoexilio panameño el opúsculo “La esclavitud de América Latina”, sin duda la más importante obra antiimperialista producida hasta entonces en América.
Pariendo de un estudio histórico del expansionismo norteamericano en el continente, Peralta efectuó una cabal descripción del intervencionismo yanqui en la época del imperialismo. Afirmó, entre otras cosas: Es inexplicable la ceguedad con que muchas naciones hispanoamericanas se entregan hoy en los brazos de los anglosajones, mirándolos como factores segurísismos de engrandecimiento y ventura de los pueblos. ¿Miopía de espíritu, desconocimiento de la historia americana en la última canturria, falta de iniciativas propias o traición solapada de los dirigentes de esas infelices repúblicas? Si esos gobernantes no son traidores, hay que juzgarlos como incapaces de medir el presente, y mucho más de vislumbrar el porvenir. (…) El crudo positivismo anglosajón no conoce más brújula que el interés y la ganancia; otro estímulo de la actividad humana, que la acumulación constante y progresiva de riqueza; otra finalidad del Estado, que la dominación y hegemonía sobre los demás Estados, por lo menos, en nuestro Continente.
La política internacional norteamericana es meramente económica: toda su ciencia diplomática se reduce a la habilidad con que tiende una red pérfida, de mallas de oro, al rededor de las naciones que desea vencer. Si la codiciada presa no se enreda prontamente en el lazo, vienen en auxilio del cazador, el soborno, el cohecho, que no faltan corrompidos y traidores que venden su patria por ambición o por codicia. Con este fin, se juzga útil entronizar a uno d de los buenos hombres que Woodrow Wilson quería enseñar a elegir para gobernantes de los pueblos hispanoamericanos… Y el buen hombre, elegido al gusto de yanquilandia, suele ser un Adolfo Díaz, traidor y asesino de su propia madre. Pero, como puede haber… algún Girardot, que prefiera el suicidio heroico a la ignominia de ver encadenada a su patria, se cree prudente apoyar la diplomacia con la fuerza: Allá van almirantes y generales en tren de guerra, y siembran la muerte, el incendio, la devastación…
Norteamérica, dueño absoluto del canal de Panamá, se ha constituido en portero d de los mares… (y) tiene la mira puesta en más enormes negocios: persigue la hegemonía de América, la dominación incondicional sobre nuestras pequeñas nacionalidades (17).
Más el análisis de Peralta no se quedaba en los aspectos políticos del fenómeno imperialista, sino que incluía un minucioso estudio d de los mecanismos económicos del mismo. Sin haber conocido la teoría leninista sobre el imperialismo y partiendo de una vertiente ideológica opuesta a la de Lenín, el ecuatoriano identificaba en la presencia del capital financiero y de los monopolios extranjeros la punta de lanza de la penetración imperialista, la razón promotora del intervencionismo y una de las causas de la creciente miseria y atraso de nuestros países. Escribió al respecto:
Norteamérica ha concebido a su modo el derecho de conquista, y modificado los procedimientos para establecer y cimentar su dominación sobre os pueblos conquistados (…) La vanguardia yanqui es el dólar, en sus múltiples fases, en sus infinitas combinaciones, en sus diversas formas. Y los zapadores al servicio del dólar son las misiones financieras, sapientes grupos de malabaristas que ofrecen maravillas y prodigios a las indoctas multitudes; son los expertos en bancos y aduanas, los controladores y asesores técnicos, que los imbéciles y ciegos yanquizantes alquilan y pagan espléndidamente para que esclavicen a su país; son los prestamistas filántropos que entregan sus millones a gobiernos hambreadores o ladrones, sobre la inapreciable prenda de la independencia nacional; son los contratistas de obras públicas, las compañías mineras, agrícolas, comerciales e industriales en el país, las que, según el programa de conquista, crean esos intereses americanos que la Casa Blanca tienen el deber de proteger con la fuerza, sojuzgando a las naciones en que han echado raíces.
…Un gobierno incauto, cuando menos lo piensa, resulta deudor de sumas enormes, y toca en a imposibilidad de satisfacer ni los intereses de su fabuloso crédito… Los prestamistas y empresarios por su parte,… monopolizan gradualmente el comercio y las industrias, sin dejarle al país ningún beneficio, positivo… Ese pueblo sin ventura… cae a la postre en un franco tutelaje. La Gran República termina por declararlo incapaz de gobernarse a sí mismo; la prensa estadounidense lo desacredita, pintándole como inepto y bárbaro, revolucionario y bolchevique, dilapidador y vicioso, en fin, como un peligro para la paz, armonía y civilización de América. la república modelo no puede ser indiferente a tamaña degeneración; y, en interés d de la humanidad, asume el tutelaje de ese pueblo salvaje…
Minas y bosques, petróleo y empresas fiscales, fábricas y manufacturas, ferrocarriles y muelles, obras fiscales y municipales, todo es suyo, todo está en sus manos, sin reclamo posible, sin remuneración alguna, sin esperanzas de reivindicaciones futuras (18).
Poco de que Peralta escribiera su opúsculo, aparecía en Machete, órgano del Partido Comunista de México, un vibrante artículo del revolucionario cubano julio Antonio Mella, cuyo título era una denuncia: La conferencia Panamericana es una Emboscada contra los Pueblos de América. En este texto, Mella desmenuzaba las razones y objetivos del Panamericanismo, precisamente en momentos en que los estados Unidos se hallaban preparando la 6º Conferencia Panamericana, que había de celebrarse en La Habana, en 1828. Una Conferencia a la que habría de llegar también, junto con las voces sumisas de sus delegados oficiales, la alta y valiente voz del más grande luchador antiimperialista de nuestra América: Augusto César Sandino.
Así, la toma de conciencia latinoamericana cedía lugar a la acción liberadora de nuestros pueblos.

Marco Seratti
(exclusivo para PRETEXTOSS)

Notas:
1 Ley del congreso de los Estados Unidos autorizando al poder ejecutivo para la convocatoria de una conferencia, con ese fin. Mayo 24 de 1888.
2 Ricaurte Soler, “De nuestra América de Blaine a nuestra América de Martí”, Edit. Bruguera, Barcelona, 1978.
3 Carlos M. Rama, “Historia de América latina”. Edit. Bruguera, Barcelona, 1984.
4 Rama. Op, cit.
5 Tablas Generales de comercio Exterior latinoamericano, Revue de l’Amérique Latine, París, enero de 1925.
6 Ibid. Op. cit.
7 Ibid. Op. cit.
8 Eloy Alfaro, “Deuda Gordiana”, Imp. Nacional, Quito, 1896.
9 Jorge Villacrés Moscoso, “Juan Vicente Gómez”, Edit. Historia 16-Quorum, Madrid, 1987.
10 José Miguel Medrano, “Juan Vicente Gómez”. Edit. Historia 16-Quorum, Madrid, 1987.
11 Op. cit. Luis Vitale, “Historia d de la Deuda Externa Latinoamericana”, Sudamérica – Planeta, Bs. Aires, 1986.
12 Friedrich Welsch, “Del Cobro por Cañonazos a la Medicina Fondomonetarista. La Deuda de Venezuela Ayer y Hoy”, en revista nueva sociedad, Nº 68, septiembre 1983.
13 Ibid. Op. cit.
14 Luis Vitale, Op. cit.
15 Medrano, Op. cit.
16 Discurso de José Ingenieros en el homenaje al José Vasconcelos celebrado en Bs. Aires, el 11 de octubre de 1922. publicado en Revista de Filosofía. Bs. Aires, noviembre 1922.
17 José Peralta, Publicaciones Universidad de Cuenca.
18 Ibid. Op. cit.

005 aa logo Carolina CheCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

CAPÍTULO XXXIV

LA LLAMADA ACUMULACIÓN ORIGINARIA

6.Génesis del capitalista industrial.-

Párrafo 02:

El régimen feudal, en el campo, y en la ciudad el régimen gremial, impedían al dinero capitalizado en la usura y en el comercio convertirse en capital industrial*58 Estas barreras desaparecieron con el licenciamiento de las huestes feudales y con la expropiación y desahucio parciales de la población campesina. Las nuevas manufacturas habían sido construidas en los puertos marítimos de exportación o en lugares del campo alejados del control de las antiguas ciudades y de su régimen gremial. De aquí la lucha rabiosa entablada en Inglaterra entre los corporate towns y los nuevos viveros industriales.  

 

*58 Pie de página*: Todavía en 1794, los pequeños fabricantes de paños de Leeds enviaron una diputación al parlamento solicitando una ley que prohibiese a todos los comerciantes convertirse en fabricantes. (Dr. Aikin, Description, etc.)

 

– Página –638–   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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