“PELANTARU…” ATAQUES A SANTA CRUZ Y A ARAUCO


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Una de las siguientes medidas de Pelantaru consistió en dividir a su ejército en tres columnas, de mil hombres cada una, destinadas a cortar toda posible comunicación por tierra entre las provincias centrales y las de más arriba.

Una vez cumplida esta etapa, hizo correr la flecha ensangrentada, con la orden de que todos los caciques atacaran independientemente  las guarniciones españolas existentes en sus comarcas. Esta actividad les sería fácil, pues esas mismas Reguas habían ofrecido la paz con demostración de amistad. Una vez dado este segundo paso, tendiente a poner en armas a toda la Araucanía, para obligar a los capitanes de las fuerzas atacadas a defenderse sin que lograsen contar con la ayuda de las otras fortalezas.

De toda la región alzada, el foco más importante de rebelión era Puren, en donde se hallaban los araucanos más decididos y combativos. La cercanía de las vegas de Lumaco hacía inaccesible el lugar para los españoles. Allí, gran cantidad de ciénagas formaban pequeñas islas con marañas impenetrables, en las que los purenses ocultaban ganados y alimentos y podían dejar a sus mujeres e hijos seguros, mientras hacían la guerra. Esta posición estratégica les permitía atacar en cualquier momento las plazas de La Imperial, Angol y Arauco, descartando el fuerte de Cañete, ya que, a las primeras señales de sublevación, sus defensores lo habían abandonado, refugiándose en Arauco.

De acuerdo a los planes de Pelantaru, el 16 de enero de 1599 se produjeron dos hechos simultáneos: los comarcanos arrasaron con el fuerte de Longotoro, mataron a más de la mitad de su guarnición y obligaron al resto a desampararlo huyendo hacia Angol, al tiempo que la provincia de Arauco se levantaba en armas y ponía sitio a su castillo, donde el maestre de campo Miguel de Silva comandaba a los noventas y cinco soldados que componían su dotación.

Al conocer el desastre de Curalaba, Miguel de Silva obligó a los pobladores a refugiarse dentro del fuerte. En seguida, reunió a diecisiete cacique de la región y les pidió se mantuvieran fieles y amigos. Los jefes araucanos, cumpliendo con las instrucciones de Pelantaru, le tranquilizaron con grandes promesas de lealtad, solicitándole en cambio la entrega de veinticuatro caciques que se hallaban prisioneros por orden de Oñez de Loyola. Miguel de Silva se negó y los visitantes se retiraron ocultando su disgusto.

Al poco tiempo, la provincia entera se sublevaba y tres mil araucanos rodearon las murallas del fuerte. Mantuvieron el cerco durante nueve días para dar tiempo al alzamiento de las otras Reguas, mientras tenían a los españoles inmovilizados. En represalia por el asedio, el maestre de campo hizo decapitar a veintitrés de los caciques prisioneros. Sólo dejó con vida a Quenunao por ser amigo de los soldados y además descendiente de Colocolo. Pero pronto descubrió que era uno de los cabecillas de la revuelta, y le hizo degollar.

La ebullición siguió en aumento. La palabra ¡libertad! Corrió de tribu en tribu acrecentando el número de los que se plegaban a la rebelión. El 6 de febrero se alzaron las provincias de Catiray, Mareguano, Millapoa, Talcamávida y toda la región hasta el río de Laja.

Al día siguiente, Pelantaru se acercó a Santa Cruz con mil doscientos hombres, pero el sagaz toqui sabía que la plaza estaba demasiado protegida por su guarnición de cien soldados, treinta de los cuales vivían con sus familias en la fortaleza. Conocía también su poder de fuego, pertrechos y ganados. Convencido de que era difícil atacar con éxito el fuerte, y que su asedio demandaría largo tiempo, ideó un plan para hacer salir a sus defensores y presentarles batalla en campo abierto.

Comenzó por amargar a algunas Reguas de Catiray que permanecían fieles a los españoles. Sabía que el capitán Francisco Jufré debería  ir a defenderlas o perdería su adhesión. En efecto, para demostrar a los comarcanos que si le daban vasallaje, él les defendería, el teniente general salió con doscientos indios amigos y cincuenta soldados a combatir a Pelantaru.

La contienda no fue larga. La organización y espíritu de lucha que el caudillo había dado a sus hombres, actuaron en forma arrolladora contra los españoles, tropas mercenarias recién llegadas de Lima que pronto flaquearon en la brega. Pese a que el propio Francisco Jufré, herido y agotado, los obligó a pelear, hubo muchos que anduvieron muy ruines. Derrotados los castellanos y sus indios amigos, se tuvieron que replegar al fuerte con rapidez, dejando a Pelantaru dueño del campo.

La táctica empleada por el toqui, de provocar la salida de sus defensores, fue acertadísima. A los Araucanos no les convenía los cercos prolongados. Ligeros como  andaban, sea a pie o montados, no disponían de medios para transportar el alimento necesario en un largo asedio. Lo más que llevaban era un paño terciado con una talega de cebada que iban racionando. En cambio, sabían que las ciudades estaban bien abastecidas, y que era peligroso intentar un asalto en el cual debían cruzar la barrera de fuego de la arcabucería y piezas de artillería. Más provechoso resultaba  dejar ciertos piquetes que hicieran guerrillas de montoneras, dando ataques sorpresivos y esporádicos para cansar moralmente a los defensores, tenerlos en constante estado de alarma e impedirles comunicarse con las otras fortalezas, constituyendo así un verdadero cerco invisible.

La victoria dio a Pelantaru el apoyo de muchas otras tribus y le permitió dirigirse a acosar el fuerte de Arauco. Al aproximarse a la plaza, el 11 de febrero, dividió su ejército en tres columnas y las hizo emboscarse en la tupida selva, por tres costados diferentes. Recordando las tácticas de Lautaro, escogió el terreno cuidadosamente. Las fuerzas eran treinta contra uno, por lo que no había posibilidad alguna para los cristianos. Luego hizo que se mostrasen sólo algunos grupos a pie, para que al verles tan poco numerosos, los españoles tentasen una salida para desbaratarles.

Los defensores cayeron en la trampa. El capitán Luis de Urbaneja dejó el fuerte con cuarenta hombres montados. Una vez que los castellanos se alejaron lo suficiente del bastión, el escuadrón de lanceros de Licancura se plantó frente a ellos. Urbaneja pensó que más valía destrozar de inmediato a esos jinetes antes de que apareciera el resto que suponía oculto en los alrededores. Lo que en un principio le parecía empresa fácil, pronto se convirtió en un infierno. Ante la arremetida, los araucanos no cedieron el campo, sino que les enfrentaron con gran decisión.

En cuanto se produjo el encuentro, asomaron los infantes emboscados y se cerraron como cepo mortal por detrás de los españoles. Hasta ese momento, Urbaneja creía que había roto el frente de lanceros, y no se percató de que sólo era una maniobra para impedirles la retirada.

Cuando comprendió que había caído en una trampa, ya el polvo de levantaban las cabalgaduras en el fragor de la batalla no dejaba ver lo que ocurría a su alrededor. Por seo, jamás supo que le rodeaba una muchedumbre de indios.

Los cascos herrados de las bestias hacían retemblar el suelo. El ruido se confundía con los alaridos de guerra de los purenses y con los denuestos de los españoles que se defendían con singular valentía. Sólo la mitad del escuadrón castellano logró zafarse de la encerrona y escapar al fuerte en busca de auxilios. Entretanto, Urbaneja reunió los veinte hombres que le quedaban y quiso cargar para romper el cerco, pero tropezó con otro grupo de piqueros, comandado por el Toqui Melicura. Se trabaron en encarnizaba lucha, tratando de abrirse paso a filo de sable hacia la fortaleza, pero fueron cayendo uno a uno, aplastados por la superioridad numérica de los enemigos.

Entre los que alcanzaron a huir se destacó el soldado Julián Gómez. Convertido de improvisado capitán, trató de organizar una resistencia, pero fue atacado y perseguido por los hombres de Talcacura. El escuadrón indígena galopó a rienda suelta detrás de los fugitivos, pero los guardias abrieron oportunamente las puertas y lograron entrar al recinto. Lleno de rabia al ver que se les escapaban, el Toqui sofrenó bruscamente el caballo y regresó con su gente al lugar de combate, voltejeando hábilmente para esquivar los tiros que lanzaban desde las torres del fuerte.

Al llegar al corrillo que aún resistía, alcanzó a ver que sólo quedaban Urbaneja y tres soldados. Formando un estrecho círculo defensivo, vendían caras sus vidas. Mientras sus compañeros eliminaban definitivamente al resto, Talcacura puso su animal junto al del capitán y le cogió con sus poderosas manos. Comenzaron a luchar ya sin armas, forcejeando y tratando de desmontar  el uno al otro, pero ambos eran dignos adversarios y de fuerzas y coraje similares.

El combate se transformó en duelo personal, y las tropas de los caciques se apartaron para contemplar, con alegría de fiesta, la lucha entablada.

Los contendientes se empujaban, se encorvan, se embisten, se aferran del cuello enemigo y se muerden, sabiendo que el menor descuido significa la diferencia entre la vida y la muerte. Se oprimen tan fuertemente que el acerado peto español se abolla. Las correas de los arneses se rompen y deshebilla, el aliento de hombres y bestias es caliente y comienza ya a faltar. Lo que el español aplica con arte, el indio lo realiza por natura. La brega ya ha durado mucho y el araucano decidido a poner fin a tan empecinado antagonista, le abraza con fuerza  y se deja caer del caballo, arrastrando tras de sí al castellano da al suelo rompiéndose el cuello.

Los guerreros mapuches, embobados con este enemigo de tan gran valor, se mantienen quietos y absortos en muda demostración de respeto. Nadie osa acercarse al cadáver que pertenece a su vencedor. Talcacura, con deferencia y admiración, extrae el largo puñal y corta la cabeza de digno rival; luego la ensarta al extremo de una pica y galopa desafiante hacia el castillo, para mostrarla a sus defensores, en un acto de arrojo tan increíble, que paraliza a los españoles y éstos no atinan a disparar. Después, dando las espalda con desprecio, se aleja lentamente al paso del caballo.

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA

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EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA AL LECTOR

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“PELANTARU…” ORIGENES DE LA GRAN SUBLEVACIÓN
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“PELANTARU…” EL GOBERNADOR OÑEZ DE LOYOLA
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“PELANTARU…” EL JEFE PELANTARU LLAMA A JUNTA GENERAL

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“PELANTARU…” DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” CONSECUENCIAS DEL DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” DON PEDRO DE VIZCARRA

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004-aaa-logo-allendeCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Engels

11 julio 1868

Párrafo 01:

[…] Tú no puedes comprender en toda su gracia la farsa del mannequin pisse de faucher al hacerme discípulo de Bastiat. He aquí lo que dice este, en sus armonías: “Si hay alguien que, partiendo de la determinación del valor por el tiempo de trabajo, me explique por qué el aire no tiene ningún valor y el diamante tiene un valor tan alto, echaré mi libro al fuego”. Como yo he realizado esta horrible hazaña, se conoce que faucher se cree obligado a demostrar que en mi obra se acepta la doctrina de B[astiat], según el cual no existe “ninguna medida” del valor.

– Página – 703 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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