“PELANTARU…” DESASTRE DE CURALABA


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Cuando a mediados de diciembre de 1598 se hallaba Oñez de Loyola en la Imperial, recibe carta del capitán Vallejos, corregidor de Angol, en la cual le advertía que los síntomas de un alzamiento eran inconfundibles.

Vallejos había hecho una maloca a Guadaba y cogido algunos prisioneros, que al ser interrogados, confesaron que Pelantaru y Anganamón estaban reuniendo gente de guerra en Purén. El robo de armas y caballos crecía día a día, y las pequeñas acciones habían conducido a un hecho que venía a ponerlos sobre aviso: dos soldados, que se habían alejado imprudentemente del fuerte de Longotoro en busca de frutas, fueron asesinados por los indios.

Sin embargo, el capitán Vallejos que se vanagloriaba de conocer bien a los naturales, cometió un error fundamental: en  momento de despachar la misiva a Oñez de Loyola, se le presentó un cacique con quien había acordado la paz, quien se ofreció para servir de mensajero, manifestando que a él le sería muy fácil cruzar el territorio alzado sin peligros, pues sus hermanos de raza ignoraban su sometimiento. En cambio, si el capitán enviaba a uno de los suyo, no sólo le matarían sino que además el documento caería en manos del enemigo.

Vallejos comprendió que el indio tenía razón. Un mensajero español jamás cruzaría la región, y el cacique había dado muestras de lealtad. Entregando la carta tras muchas recomendaciones, le despachó con urgencia.

No imaginaba que el enviado era nada menos que Nabalburi, jefe de los espías de Pelantaru, el cual, antes de dirigirse a La Imperial, pasó al campamento del Toqui. Este, luego de imponerse del aviso, le ordeno llevarlo a su destinatario, pero con la instrucción de avisarle en cuanto el gobernador se pusiera en marcha.

Pelantaru suponía, con razón, que si el gobernador decidía acudir en socorro del capitán Vallejos lo haría con un corto número de soldados, pues no podía desguarnecer demasiado las otras plazas, ni moverse con agilidad si llevaba una gran columna. Se le presentaba una ocasión de asestar un golpe terrible a los españoles y pese a que esta acción no estaba considerada en sus planes estratégicos, podía dejar pasar la oportunidad de eliminar quizá hasta el propio gobernador, lo cual derrumbaría la moral de las fuerzas enemigas y produciría un largo período de desconcierto, que él aprovecharía en beneficio de su causa.

En La Imperial, Oñez de Loyola recibió toda clase de ruegos y consejos en contra de su partida.

El capitán Pedro de Ibacache se acercó a advertirle que los caciques Pedro Igautaru y Diego Naucopillán, que se habían acristianado siendo muy jóvenes, le acababan de informar que se preparaba una rebelión general. Agregaron que un tal Pelantaru, indio muy astuto y feroz, había surgido como caudillo y estaba haciendo correr la flecha ensangrentada por todas las Reguas llamando a sublevarse. Era tanta su preocupación por la vida del gobernador, que se ofrecían para acompañarle con trescientos indios de su confianza.

Esa noche, Loyola tuvo un sueño macabro. Dos bravísimos toros le despedazaban. Cuando despertó sobresaltado, el  perrillo regalón que dormía a sus pies aullaba debajo de la cama, cosa que nunca antes había hecho. Se levantó confundido, y no terminaba de vestirse cuando llegó presuroso el chantre don Alonso de Aguilera a contarle que había tenido visiones funesta mientras dormía. En ellas vio cómo el gobernador peleaba con muchos indios que terminaban dándole muerte.

El gobernador le contó su reciente pesadilla, agregando algunos recuerdos. Quince años antes, estando en Madrid, un astrólogo muy famoso le advirtió que en el año 1598 se vería en grave aprieto, y que si escapaba sería afortunado.

Oñez de Loyola desechó los temores, continuando los preparativos. Esa misma tarde, alrededor de las tres, salió del fuerte y caminó hacia el poniente para examinar a los indios amigos que habrían de acompañarle. El cielo se mostraba despejado y el viento, tranquilo. Sin embargo, repentinamente, levantó el vuelo una bandada de aquellos pájaros que nunca salen con la luz del día. Enseguida observó una gran nube negra que comenzó a girar como remolino y luego se dividió en dos. Una de sus partes tomó la apariencia de un escuadrón de indios armados, y la otra, la de un galeón de gente española, navegando con todas sus velas desplegadas. De pronto los guerreros de la nube atacaron a los de la nave y el cielo se llenó de manchas rojizas. Una machi, india muy dada a las profecías, le pronosticó que tales señales anunciaban la muerte de muchos cristianos.

A pesar de estos presagios, el 21 de diciembre salió Oñez de Loyola en dirección a Angol con sesenta españoles y trescientos indios amigos, todos montados. De los castellanos que le acompañaban, cincuenta y dos pertenecían  a una compañía de oficiales formados. Llamábase así a aquellos capitanes escogidos que, por diversos cambios, tan frecuentes en el ejército, quedaban sin mando, aunque conservaban su graduación y un sueldo superior al de los demás soldados. Eran, por lo tanto, militares elegidos que normalmente se destinaban a la escolta personal de los gobernadores.

Pensando que la marcha con más tropas demoraría el viaje y llamaría la atención de los sublevados, prefirió salir con sólo estas fuerzas, pero ordenó al capitán Andrés Valiente que le día 27 despachara el resto de la gente a Angol bajo las órdenes de Pedro Olmos de Aguilera.

Como partió a últimas horas de la tarde, apoco de marchar se vio obligado a hacer alto para pernoctar en un lugar llamado Parlachaca. Allí le sucedió un hecho curioso. Su trompeta, un flamenco llamado Abraham, le dijo muy compungido que no le acompañaría, pues su corazón le avisaba un enorme peligro, y antes de que el gobernador respondiera, el muchacho se alejó, seguido de cerca por el perrillo de Loyola que, cosa curiosa, jamás le había abandonado.

Aprovechando que el gobernador se encontraba ocupado en establecer su campamento, el espía Nabalburi ordenó a Millategua, uno de sus ayudantes, que cuando todos estuvieran dormidos corriera a avisar a Pelantaru que ya estaban en camino.

Esa noche, nadie vio la sombra furtiva de Millategua que abandonaba el lugar en busca del Toqui General.

La columna continuó su marcha al día siguiente, y tras una agotadora jornada, se detuvo al atardecer en un sitio llamado Curalaba, al lado de Quebrada IIonda. Sin sospechar que la gran sublevación ya se había desencadenado, los españoles levantaron  sus tiendas para pasar la noche. Los caballos permanecieron atados, como de costumbre, en un costado del vivac. Los indios de servicio se tendieron descuidados sobre el suelo, cubiertos con sus ponchos para protegerse del sereno. Los caballeros se despojaron confiados de las armaduras y las dejaron a los pies de sus lechos.

Las rondas quedaron distribuidas, como era la costumbre, en cuarto de prima, cuarto de modorra y cuarto de alba, pero todos estaban tan cansados, que hasta los centinelas se entregaron profundamente al reparo del sueño.

Nadie podía sospechar que Pelantaru les había seguido con sólo trescientos purenses cabalgando a corta distancia. Estos se mantuvieron observando cuidadosamente los movimientos del enemigo, con la decisión de no dejar ninguno con vida.

Al ver que todos dormían profundamente, Anganamón y Guaiquilla se acercaron a Pelantaru para  instarle al combate, pero el caudillo les hizo ver la conveniencia de esperar hasta poco antes de amanecer, pues a esa  hora la niebla que se levantaba del río era más espesa, y no convenía arriesgar el éxito del ataque por precipitares.

Al cuarto de alba, dividió su tropa en tres grupos, dos a cargo de sus capitanes, reservando el tercero para sí. Luego, a una señal de su mano, se lanzaron todos con brío inusitado sobre los durmientes.

Al grito de ¡LAPE!¡LAPE! CAYERON COMO TROMBA SOBRE EL CAMPAMENTO. Muchos españoles e indios auxiliares pasaron del sueño a la muerte. Otros pocos, que alcanzaron a ver el alud que se les venía encima, se arrojaron al rio, muriendo ahogados. Los que reaccionaron y cogieron sus armas para dar batalla, fueron alanceados en un santiamén.

El capitán Juan Quiroz, que no se había despojado de todos sus arneses, logró ensillar el caballo y montar con rapidez para entrar en la refriega. Pensó que debía auxiliar primero a aquellos soldados que eran los mejores combatientes, porque cada uno de ellos apoyaría al otro y se podría organizar una defensa, pero llegó cuando ya todos estaban enfriando sobre la tierra.

Decidido a ayudar al gobernador, clavó espuelas y comenzó a abrirse paso en su dirección hasta que logró colocase a su lado. Juntos combatieron con denuedo, abatiendo cabezas, calando pechos y rebanando brazos, pero Anganamóm y Pelantaru les plantaron cara, y mientras el primero clavaba la espada en la garganta del gobernador, el segundo abatía de un golpe a Quirós.

Licantura y su primo Melicura hicieron estragos entre los indios amigos de los españoles, y se encargaron de liquidar en forma cruel a los caciques Igautaru y Naucopillán, por traidores a los suyos.

Un solo tiro de arcabuz se escuchó. Apenas lanzó su estrepitosa carga, el soldado Araujo que lo empuñaba afirmado en una horquilla, fue descabezado limpiamente por Caupallante que empuñaba una filuda tizona.

Con excepción de cuatro, los españoles fueron exterminados, al igual que los indios auxiliares. La ferocidad del ataque había sido tal, que la derrota española fue completa. Los mapuches se apoderaron de todo el bagaje, que les sería enormemente útil: se hicieron de cuatrocientos caballos, cincuenta y seis cotas y otras tantas sillas, cuarenta lanzas, dieciséis arcabuces y tres vajillas de plata, aparte de nueve mil pesos oro, abundante ropa de castilla, cédulas de Su Majestad, los libros de encomiendas y una serie de otras cosas.

De los cuatro sobrevivientes, dos fueron muertos durante la fiesta con que los naturales celebraron la victoria. El padre Barlomé Perez se salvó gracias a que hablaba la lengua araucana a la perfección, con lo postergó su ejecución y finalmente pudo ser canjeado por un toqui llamado Millacalquín.

El último, Bernardo de Pereda, vecino de la Imperial, quedo aturdido entre los matorrales y los purenenses le dieron por muerto. Apenas recobró el conocimiento, se metió en el hueco de una encina que estaba junto al río, allí permaneció tres días sin poder curarse de las veinte heridas que había recibido. Cuando disminuyó la algarabía con que los indios festejaban el triunfo y hubo terminado la recolección de despojos, abandonó el escondite y se dirigió a La Imperial, recorriendo el camino, en parte a gatas y en parte arrastrándose, alimentándose sólo de hierbas yde raíces.

Ochenta días después llegó a su casa, presentándose ante su mujer con tal mal estado que ella no le reconoció. Iba desnudo y cubierto de vellos, seco, denegrido, sin carne, la piel pegada a los huesos, los ojos hundidos, la voz ronca, el rostro desfigurado.

 

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA

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EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA AL LECTOR

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“PELANTARU…” ORIGENES DE LA GRAN SUBLEVACIÓN
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“PELANTARU…” EL GOBERNADOR OÑEZ DE LOYOLA
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“PELANTARU…” EL JEFE PELANTARU LLAMA A JUNTA GENERAL
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001-a-2-huenanteCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Kugelmann

17 marzo 1868

Párrafo 01:

`…] La carta de M. me ha alegrado mucho. Sin embargo, ha interpretado mal, en parte, mi razonamiento. De otro modo, habría visto que yo presento la gran industria no sólo como la madre del antagonismo, sino también como la engendradora de las condiciones materiales y espirituales para la solución de estas contradicciones, solución que, ciertamente, no podrá lograrse por la vía pacífica.

– Página – 702 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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