“PELANTARU…” DESTRUCCIÓN DE LA IMPERIAL


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Pelantaru había conseguido separar en dos las posesiones españolas. Después del abandono de santa Cruz quedaron Concepción, Arauco y Angol, en el norte; y Valdivia, Villarrica, Osorno y La Imperial, en el sur. Esta última, situada en la confluencia de los ríos Cautín y Las Damas, era la más importante de la región austral. Al igual que Santa Cruz, era la más importante de la región austral. Al igual que Santa Cruz, era muy próspera y disponía de “obrajes de paños, cordellates, bayetas, vergas, fresadas y tenerías”. La intención de su fundador, don Pedro de Valdivia, había sido que se convirtiera en la segunda capital del reino.

En aquellos tiempos, las ciudades crecían en torno a los fuertes y las construcciones se iban extendiendo a medida que se agregaban nuevos vecinos. Las tácticas defensivas de los españoles imponían la costumbre de levantar las casas sobre calles estrechas, fáciles de cerrar con empalizadas en caso de ataques, construyendo más altas y gruesas las murallas que daban al campo. En realidad, eran los propios vecinos los más preocupados de que sus viviendas estuvieran menos expuestas a los asaltos.

Mientras Pelantaru conseguía despoblar los fuertes del norte, su brazo derecho, el toqui Anganamón, secundado por Pailamacu, acosaba en forma permanente al  sur con el ánimo de ir mimando la resistencia moral de sus pobladores y disminuir al mismo tiempo, sus soldados, caballos y armas. La táctica perseguía aminorar las defensas castellanas e impedir la comunicación entre las fortalezas.

El hostigamiento simultáneo de las cuatro ciudades australes mantenían tan ocupadas a sus guarniciones, que era imposible prestar, ya no auxilio, ni siquiera atención a lo sucedía en las otras plazas. Sólo el gobernador podía tener una visión general, pero él se hallaba sumamente atareado en la protección de las ciudades centrales y carecía de contactos con los jefes del sur.

El corregidor de La Imperial, Andrés Valiente, uno de los capitanes de más renombre, comprendió que las intenciones de Anganamón consistían en hacerle salir para abatirlo en campo abierto. Dispuesto a no caer en la trampa, levantó estacadas en los extremos de las calles, fortificó las casas circundantes y reunió a las mujeres y niños en la vivienda del obispo Cisneros, que se levantaba junto al fuerte y era de amplia y sólida construcción.

Pero el astuto Toqui aumentó la presión: en cada batida se llevó el ganado y caballares que encontró, realizando aún pequeñas correrías hacia las casas más alejadas.

El acoso permanente acabó por vencer la prudencia del jefe español, quien decidió hacer una campeada para terminar con la actividad indígena que tenía a la población en un Jesús. Como no podía hacerlo personalmente “por estar malo”, encargó a dos de sus capitanes, Pedro Olmos de Aguilera y Hernando de Ortiz, que saliesen con cuarenta hombres de a caballo y buena cantidad de indios amigos a escarmentar a los sublevados, pero con orden de no alejarse demasiado.

Más Anganamón les había preparado una trampa y esperó que se hubieran apartado del fuerte para atacarles. Sea que Olmos de Aguilera se sintió demasiado fuerte, o que despreciara la capacidad del Toqui, lo cierto es que al ver a los indios les presentó combate.

La estratagema dio resultado. La columna española  fue dividida. Los araucanos dieron muerte a nueve soldados, entre ellos al propio Aguilera. El resto huyó hacia el fuerte, perseguido por Paillamacu y sus hombres.

Los guerreros de Purén se llevaron las cabezas de sus enemigos como trofeos, las enarbolaron en picas a la vista de la ciudad, y celebraron con grandes fiestas la victoria.

El hecho causó gran espantó y consternación entre pobladores  y militares, afectados no sólo por la congoja de algunas familias, sino también porque adivinaban la terrible y la escasez de sus fuerzas.

Días más tarde, Anganamón atacó el fuerte de Maquegua, que tenía una guarnición de seiscientos indios  amigos y seis españoles. Mientras los soldados se defendían con gran valor, el toqui dio muerte a cerca de doscientos de los sometidos y apresó a muchas mujeres y niños para que, por temor el escarmiento, se pasaran a sus filas. Anganamón consiguió su propósito: a los pocos días los indios se sublevaron, matando a los seis españoles.

Pronto, la situación en La Imperial fue terrible. En tres meses habían muerto más de cincuenta castellanos y gran cantidad de indios amigos. En la ciudad escaseaban los víveres, armas, pertrechos y ganados. Si bien es cierto que no tenían enemigos afuera de las murallas, estaban prácticamente sitiados y sin comunicación.

No pudiendo resistir más, el 27 de marzo se reunió en Cabildo bajo la dirección del corregidor Andrés Valiente. Tanto era el desconcierto que tenían acerca del estado de las demás posesiones españolas, que redactaron una carta al gobernador, pidiendo “socorro de gente bastante, e arcabuces, e pólvora, e plomo, e demás pertrechos, e socorros de ropa para los pocos soldados que hay, que están desnudos e pobres”. Agregaban que la sublevación era general, y de no recibir pronto auxilios de las otras ciudades, la plaza caería en corto tiempo. Don Bernadillo de Quiroga, uno de los vecinos más principales, fue el encargado de llevar la misiva a Concepción.

El 8 de abril, día de jueves santos, Pelantaru, que ya había tomado el mando de las fuerzas sureñas, acompañado por Anganamón y Onangalí, se dejó caer sobre Boroa con un tropel de mil guerreros de caballería. Arrasaron y destruyeron el fuerte desde las almenas hasta los cimientos, luego de matar a todos los indios amigos y a los ocho españoles que conformaban la dotación.

Como nadie quedó vivo para llevar la noticia, Pelantaru dejó saber a Andrés Valiente lo sucedido en Baroa a través de los espías que tenían en La Imperial. Quería provocar la salida del capitán, y con ese objeto le hizo llegar falsas nuevas acerca del número de sus guerreros. Cuando el corregidor supo que Pelantaru se encontraba en los alrededores con escasas tropas, decidió darle un escarmiento definitivo.

Reunió cincuenta y cinco de los mejores soldados y  partió personalmente en su busca. En un lugar llamado Radal, donde se unen los ríos Toltén y Allipén, fue cogido de sorpresa por los araucanos que le esperaban emboscados.

La lucha se hizo violenta y encarnizada. Los castellanos se batieron con inmensa valentía, pero el empuje de los purenses fue arrollador. Nada pudieron las cargas cerradas de los caballeros contra los numerosos atacantes, deseosos de no dejar español con vida. Uno a uno fueron cayendo cuarenta de los cincuenta y cinco soldados. Dos se lanzaron al río, lograron cruzarlo a nado y llegar hasta la ciudad. Otros tres consiguieron escapar a Villarrica.

Anganamón se acercó enfurecido a Andrés Valiente y empezaron a luchar con desesperación. El español era fuerte y diestro en el combate, pero el odio del indio aumentaba su vigor. En uno de los forcejeos consiguió sacar la celada del capitán, y rápidamente le asestó un fuerte golpe en la sien. Después, levantándole en vilo, le despeñó desde lo alto del acantilado en que luchaban hacia el río caudaloso.

El desastre para los españoles fue completo. La situación de la ciudad no podía ser más angustiosa y la guarnición del fuerte había quedado sumamente reducida y huérfana de jefe. Tras la muerte de Andrés Valiente, tomó el mando el capitán Hernando de Ortiz, quien comenzó sus actividades haciendo un recuento de la dotación, luego de las bajas sufridas. No se trataba ahora de contar solamente a los soldados, sino también a los eclesiásticos, ancianos y niños que pudieran manejar un arma. Los resultados no fueron halagadores. Las fuerzas totales no pasaban de seiscientos hombres, incluyendo a los indios amigos, pero con éstos no se podía contar, pues, en cualquier momento, podían plegarse a los rebeldes.

En previsión de un posible ataque, Hernando de Ortiz aumentó la concentración de civiles en la espaciosa casa del obispo Cisneros, que ocupaba una manzana de terreno. A su capilla trasladaron el Santísimo Sacramento, y los vasos sagrados y paramentos  de la catedral. Todas las familias se instalaron sobrecogidas y entre llantos, viendo que llega su fin.

Los indios de servicio quedaron en las otras casas, luego de que les hizo trasladar gran cantidad de provisiones al improvisado cuartel, medida muy oportuna, porque esa misma noche abandonaron el lugar llevando consigo cuanto pudieron recoger.

Ellos mismos comunicaron a los rebeldes la verdadera situación y lo propicio del momento para asestar el golpe definitivo. Anganamón se dejó caer al día siguiente. Al no encontrar resistencia desmanteló la ciudad, acarreando cuanto había: provisiones, armas, útiles y enseres. No pudiendo irrumpir en la casa de Cisneros, se limitó a repartir entre su gente todo el licor que encontrara en la tienda de Francisco Gómez, Macuela para celebrar la victoria en las mismas narices de los asustados vecinos. Y mientras unos se entregaban a la más estruendosa borrachera, otros comenzaron a destruir las viviendas, prendiéndoles fuego y desbastándolas. Luego arrearon los caballos, ovejas y bueyes hacia sus reductos, en pago de lo que les debían los encomenderos por su trabajo.

Los españoles salvaron doce caballos y unos pocos hombres, y “estos viejos y desarmados, porque los buenos han muerto y no tienen comida ni pueden tomar agua, ni pueden ser socorridos, porque no hay fuerzas en el reino para ello”. Advirtiendo que la única solución era lograr el apoyo de otra fortaleza, dos valientes se ofrecieron para cruzar las líneas indias y tratar de llegar a Angol. Ellos fueron Baltasar de Villagrán y Fray Juan de Lagunilla, que hubieron de partir al amparo de la noche, aprovechando la embriaguez de los mapuches.

Pero los araucanos volvieron a tacar. Se ubicaron en las casas que rodeaban al fuerte y le asaltaron por sus cuatro lienzos, logrando prenderle fuego a los dos cuartos de la fortaleza. En una vivienda descubrieron una partida de más de mil cargas de lino y treparon al soberado con intención de incendiarlas y abrasar a los soldados. Pero fueron descubiertos por el capitán Ortiz,  quien acompañado de otros seis, salió por un portillo de las murallas. Aprovechando que el viento soplaba para el lado de los indios. Ortiz quemó anticipadamente el lino y les obligó a retirarse.

Al día siguiente, los mapuches reanudaron el combate, dividir en dos grupos. Unos se dedicó a mantener ocupados a los defensores bajo una lluvia intensa de piedras y flechería, en tanto el otro trabajaba duramente para desviar el cauce del río de Las Damas que proveía de agua a la plaza.

Muy luego se acabaron los alimentos, y el hambre de los sitiados llegó a tales extremos que comenzaron por comerse a los perros, continuando con los gatos, ratones y cueros de los arneses.

 

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA

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EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA AL LECTOR

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“PELANTARU…” ORIGENES DE LA GRAN SUBLEVACIÓN
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“PELANTARU…” EL GOBERNADOR OÑEZ DE LOYOLA
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“PELANTARU…” EL JEFE PELANTARU LLAMA A JUNTA GENERAL

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“PELANTARU…” DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” CONSECUENCIAS DEL DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” DON PEDRO DE VIZCARRA

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“PELANTARU…” ATAQUES A SANTA CRUZ Y A ARAUCO

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“PELANTARU…” DESPOBLACIÓN DE SANTA CRUZ

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006-aa-logo-victorCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Engels

11 julio 1868

Párrafo 03:

“Momsieur, cédez moi votre diamant.Monsieur, je veux bien; cédez moi en echange votre travail de toute une année”. El interlocutor comercial, en vez de constestar: “Mon cher, si j`etais condamné a travailler, vous comprenez bien que j`aurais autre chose à acheter que des diamants” dice: “Mais, Monsieur, vous n`avez pas sacrifié a votre acquisition une minute. Eh bien, Monsieur, Tâchez de rencontrer une minute semblable—Mais, en bonne justice, nous devrions èchanger à travial égal.- Non, en bone justice, vous apprèciez vos service et moi les miens. Jene vous forcé pas: pourquoi me forceriez-vous? Donnez-moi un an tout entier, ou cherchez vous même un diamant—Mais dela m`entrainerait à dix ans de pènibles recherches, sans compter une déception probable au bout. Je trouve plus sage, plus profitable d`employer ces dix ans d`une autre maniere—C`est justement pour cela que je croix vous render encore service en ne vous demandant qu`un an. Je vous èpargne neuf, et voila pourquoi j`attaché beaucoup de valeur a ce service

– Página – 703-704 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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