“PELANTARU…” LA RUINA DE VALDIVIA


015pelantaru-la-ruina-de-valdivia

A pesar de que el Conquistador don Pedro de Valdivia siempre deseó que la Imperial fuese la segunda ciudad del reino, con el correr del tiempo la plaza de Valdivia pasó a ser la más importante de la zona austral. Su excepcional ubicación, detrás de una segura rada, la convertía en magnífico puerto fluvial. La lejanía del territorio araucano permitió prosperar a los vecinos, quienes pudieron dedicarse a explotar con tranquilidad las productivas tierras y los lavaderos de oro. La pujante actividad de sus moradores, que habían extendido sus chácaras lejos del fuerte, la transformaron en el paso obligado hacia las otras ciudades del interior.

La ensenada de Valdivia fue siempre el apeadero más codiciado por los piratas y corsarios que deambulaban por las costas sudamericanas, buscando mermar el poderío español en el pacifico. Esto la hacía una de las posesiones hispanas más estratégicas para el dominio del mar. Por esta razón, tenía en aquellos años las mejores tropas del reino: sobre ciento cincuenta soldados, la mayoría de ellos veteranos curtidos en la Guerra de Arauco, con poderoso armamento.

El gobernador Vizcarra había designado maestre de campo de todo el sur, con asiento en Valdivia, al capitán Gómez Romero; y corregidor de la ciudad en Valdivia, al capitán Alonso Pérez de Valenzuela y Buisa, al que secundaba su hermano Francisco, con el grado de sargento mayor.

Los hermanos Valenzuela habían nacido en Chile durante la guerra de conquista. Hijos del fundador de linaje en este país, don Francisco Pérez de Valenzuela y López, y de la dama española Beatriz Cabeza de Vaca y Buisa, crecieron peleando y se foguearon en el combate con los indios, hacia quienes sentían el profundo respeto que se tiene por un contenedor de gran valor.

Pelantaru comenzó por mantener constantemente hostigada a Valdivia, para impedir las comunicaciones con el resto de las ciudades sureñas. Pese a que aún no intenta un ataque en forma, las acciones se habían sucedido una tras otra, casi diariamente. En una de ellas, la del 4 de noviembre de 1599, sus hombres fueron totalmente desbaratados por los españoles, pero estas pequeñas derrotas no preocupaban mayormente al caudillo. Su propósito no era aún la caída definitiva de  la fortaleza, sino ir probando poco a poco, a los indios huilliches con quienes se acababan de aliar y, al mismo tiempo, influirles el sentido guerrero.

No fue tarea difícil. El odio creciente que habían despertado los conquistadores, por la forma en que hacían pesar sobre ellos su dominación, fue el mejor estímulo. El servicio personal obligatorio que les imponían, no era otra cosa que la más humillante esclavitud. Los encomenderos, salvo casos de excepción, quería sacar el máximo de provecho de sus tierras y lavaderos. Confiados con los éxitos obtenidos sobre los naturales en todos sus conatos de rebelión, jamás captaron el pavoroso alud que les amenazaba, ni comprendieron que ya de había producido la sublevación general.

En la medida que su opresión sobre los indios encomendados se hacía más dura, estos se fueron transformando  en enemigos dentro de la casa. Una vez acordada la alianza mapuche-huilliche, corrió calladamente la voz del alzamiento, con la estricta consigna de mantener a los españoles ignorantes de lo que se avecinaba. Los comarcanos continuaron sus labores habituales, manifestando sumisión y amistad, pese al afán de venganza que hervía en sus pechos, en contra del opresor. Pero cada uno de ellos se convirtió en un espía a favor de la causa. Eso permitió al Toqui General conocer todos los pormenores del interior del fuerte: su dotación, cantidad de armas, calidad de sus defensores, disposición de las construcciones y defensas, emplazamiento de las piezas de artillería. En fin, cuanta información le pudiera ser útil.

Pelantaru estudió cuidadosamente su plan de acción. Se trataba esta vez de asestar el golpe definitivo, que provocara la destrucción de la fortaleza. Rodeada a la ciudad, por tres de sus costados, un ancho y caudaloso rio difícil de cruzar en son de guerra. El cuarto lado era protegido por “unas hondas canales que juntaban las aguas de uno y otro río y formaban una ísola”. En esta forma, la plaza se levantaba en una punta de tierra, especie de islote, en cuyo centro se erguía el fuerte. Ambos extremos del canal estaban defendidos por los torreones de Picarte y de los Canelos.

Pelantaru llegó a la conclusión de que debía cruzar el río con sus huestes durante la noche y atacar por sorpresa, aprovechando el descuido de sus defensores, que ya habían cobrado excesiva confianza con sus pasajeras victorias. Pero esta operación, con un ejército cercano a los mil hombres en piraguas, porque ería fácilmente avistadas desde las atalayas del bastión. La única forma de conseguirlo era hacer pasar las tropas a nado, en forma silenciosa, protegidas por la oscuridad de la noche. Así, los cuerpos de los guerreros se confundirían con la agitación de las aguas.

Dispuso que un grupo escogido de mocetones araucanos, los mejores nadadores, traspasaran el cauce llevando las armas del resto de sus compañeros, y aguardaran escondidos en la maraña de la zona ribereña. Tras ellos, pasarían los demás, cogerían sus armas y esperarían calladamente la orden de ataque. Una vez decidido el plan, ordenó que todas las fuerzas permanecieran ocultas en los cerros cercanos, a la espera del momento oportuno para iniciar el combate.

Sin embargo, una junta tan grande de indios en las cercanías no podía pasar inadvertida. No faltaron los Yaconas que llevaron la noticia al capitán Alonso Pérez de Valenzuela. Tanto él como su hermano supieron que tal concentración sólo podía tener un significado: el ataque inminente a la ciudad. El maestre de campo Gómez Romero se hallaba en las inmediaciones de Osorno, y la responsabilidad de la defensa caía directamente sobre los hombros de don Alonso, quien se apresuró en tomar las medidas y providencias necesarias para resistir el asalto. Ordenó reforzar todas las empalizadas y redoblar las guardias de las atalayas, especialmente la de los castillos Picarte y Canelos. Acto seguido, llamó a su presencia al alcalde Juan de la Rosa y al alguacil Mayor Manuel Coronado, cabezas de las autoridades civiles, y les informó del estado de emergencia en que se hallaban y de la necesidad de que todos los pobladores, en particular los propietarios de las chácaras apartadas del fuerte, se concentraban dentro del bastión, donde la guarnición `podía darles mayor seguridad.

El alcalde y el alguacil no se atrevieron a contradecir abiertamente al autoritario corregidor y se retiraron del aposento sin decir palabra. Pero estos expedientes no fueron del agrado de la población civil. Absolutamente ignorantes de la exacta realidad, no lograron captar la gravedad de la situación. Para ellos, las disposiciones dictadas por el capitán Valenzuela sólo venían a alterar sus apacibles quehaceres. Inconscientes del enorme peligro que se cernía sobre sus cabezas, les preocupaba más la actitud y procedimiento que debía seguirse ante la muerte del gobernador Oñez de Loyola, que de tomar medidas de protección, toda vez que en cada uno de los últimos conatos de insubordinación, había dado justo castigo a los “desvergonzados ¡indios”.

Por eso, no es de extrañar que el alcalde Juan de la Rosa, en vez de publicar un bando llamando a los vecinos a refugiarse dentro del fuerte, citara a un Cabildo abierto. Tal actitud provocó la cólera del corregidor, quien le envió la orden perentoria de presentarse de inmediato ante él.

Al verle llegar, le espetó que, estando acéfalo el gobierno, imperaba la ley marcial que estaba en sus manos. Que sólo él determinaría lo que había de hacerse y no aceptaría insubordinaciones ni desacatos, y que aquel que los cometiese, por encumbrado que fuese, iría a parar al cepo.

Después de escuchar estas palabras, las iras del alcalde y del regidor se trocaron en temor, ante la sola idea  de verse en tan incómoda e infante posición, pues no les cabía duda que el testarudo capitán cumpliría su palabra. Finalmente abandonaron el despacho y se apresuraron en reunir a todos los vecinos dentro de la fortaleza, sin dejar de pensar que más adelante, cuando fuese nombrado el nuevo gobernador, le harían llegar sus quejas.

Comenzaron al transcurrir los días y el enemigo no se presentaba. La situación empezó a ponerse insoportable. La promiscuidad en que se veían obligados a vivir era cada día mayor. Bástenos imaginar cómo era un cuartel de aquellos años, estrecho y sin ningún tipo de comodidades. En él se hacinaron personas de todas las edades y condiciones y debieron compartir habitaciones amos con sirvientes, hombres con mujeres, todos ellos mezclados con la soldadesca, que no respetaba condición ni sexo.

En pocos días, las circunstancias se tornaron insostenibles, y las autoridades civiles comenzaron a presionar a los capitanes para que les dejasen volver a sus casas. Pero los hermanos Valenzuela se mantuvieron irreductibles en su decisión, porque estaban convencidos de que el ataque se produciría de un momento a otro. Sabían que sus astutos enemigos postergaban el asalto de propósito, pues el tiempo jugaba a su favor, y fuera de las empalizadas no podrían proteger a los vecinos.

Pelantaru, que había previsto esta situación, se mantenía informado de todo lo que sucedía en el interior de la fortaleza por los indios de servicio, que salían en busca de víveres y forrajes. Conociendo el modo de vivir de los españoles, sabía que tarde o temprano los pobladores no resistirían más y volverían a sus casas. Ese era el momento en que iniciaría la acción

La ocasión no tardó en presentarse. Cuando el maestre Gómez Romero regresó al fuerte, se le apersonaron las autoridades civiles y eclesiásticas, encabezadas por el cura de la ciudad, Luis Bonifacio, y el fraile mercenario Luis de la Peña.

Le hicieron ver que no se justificaba el encierro de hombres y mujeres, en que se mezclaban damas refinadas y de abolengo con soldados rústicos y lujuriosos, que la honra de las doncellas estaba en permanente peligro y la incomodidad apretaba. Agregaron que, como nada había sucedido ni se tenían noticias de movimientos indígenas, todo no pasaba de ser un acto tiránico de los hermanos Valenzuela.

Desde los cerros cercanos, Pelantaru observaba con regocijo cómo se cumplían matemáticamente sus planes, y más aún, como los soldados, cumpliendo órdenes de Gómez Romero, deshacían parapetos y fortificaciones. Sin embargo, no quiso apresurarse. Dejó transcurrir otros cuatro días para que los pobladores volvieran a la rutina de sus quehaceres y se hallasen más desprevenidos. Pero Alonso y Francisco de Valenzuela no descuidaron las precauciones. Demasiado bien conocían a los indios y comenzaron por transportar a sus propias familias a unos barcos que se hallaban anclados en la bahía. No obstante, una de las hijas de don Alonso, doña Esperanza, quiso permanecer junto a su padre para brindarle los cuidados del hogar.

La noche de Pascua todo el vecindario dormía plácidamente en sus casas, sin sospechar lo que se preparaba en los alrededores. El caudillo araucano comenzó a realizar, paso a paso, el plan que había proyectado. Sus huestes cruzaron a nado el Calle- Calle sin el menor ruido, y se repartieron sigilosamente por las entradas de las callejuelas y a lo largo de los lienzos del fuerte. Grupos de indios se ubicaron en las puertas de las casas, en número suficiente para dominar a los hombres que las habitaban.

Mientras los pobladores se entregaban profundamente al descanso y los centinelas se adormilaban en las atalayas, sólo los porfiados capitanes velaban con sus armas en la mano y los caballos ensillados junto a la casona.

En ese silencio ominoso, se escuchó sorpresivamente el estruendo de cien trutrucas que daban la orden de ataque; luego, el chivateo infernal con el cual los indios acompañaban sus embestidas, destinados a helar la sangre de sus enemigos. Al griterío, los españoles despertaron bruscamente. Sin atinar a vestirse, medios dormidos, cogieron las armas, mas antes de alcanzar a usarlas fueron pasados a cuchillo. Los más, murieron sin despertar, sólo cambiaron de sueño.  En cada rincón de la ciudad se realizó la más espantosa carnicería, y los que trataron de escapar, saltando las tapias de los patios traseros, cayeron en las picas que les esperaban.

Don Alonso y don Francisco, y otro soldado que se había mantenido de guardia, trataron de resistir el primer envión de los indios, para organizar algún tipo de defensa y dar tiempo a las mujeres de escapar de sus raptores, que las buscaban con avidez.

“Cuando  Gómez Romero el maestre de campo, vio ya todo perdido les instó que se recogiesen al navío, habiendo peleado hasta la hora del mediodía, a lo cual se negaron, diciendo que la ciudad les había sido confiada y que más querían morir honradamente en su defensa y de la gente que aún estaba en ella fiada a su socorro, que vivir faltando a sus obligaciones. Al fin, mal heridos, fueron ultimados a lanzadas.

Cuando la pesadilla terminó, la ciudad había sido saqueada e incendiada. En las calles yacían los cadáveres  de más de cien españoles y por todas partes se veían brazos, cabezas y otros vestigios humanos. Algunos de los cristianos trataron de huir, echándose al río para cruzarlo a nado, pero los indios dieron cuenta de siete de ellos, otro se ahogó, y seis fueron aprisionados junto a cuatrocientas mujeres, doncellas y niños.

Unos pocos hombres, que lograron escapar ocultándose entre los matorrales, debieron presenciar el acto final de este drama macabro, representado por los indios en la isla de Valenzuela, hoy isla Teja, situada frente a la ciudad. El pobre fraile Andrés de las Heras, que había venido predicando la necesidad de domesticar a los indios por medio del evangelio, colgaba de un gigantesco roble, con las manos y las piernas atadas con sogas, mientras los salvajes danzaban borrachos a su alrededor, insultando a las cautivas que lloraban desesperadas, orando con sus brazos alzados al cielo.

La orgía duró hasta que las voces de las trutrucas ordenaron a los indios coger sus arcos y tensar las cuerdas, y luego de un segundo aviso las flechas volaron veloces buscando el cuerpo infeliz e iluminado cura, que alojó más de cien dardos. En pocos minutos, fue bajado atierra y descuartizado.

Cuarenta años más tarde, en octubre de 1643, la nave corsario holandés Herckmans encalló en la desembocadura del río cruces. Uno de los tenientes. Wilhelm van Groot, encargado por el capitán de mantener la vigilancia del campamento, vio aparecer por entre la maraña a una mujer anciana que, aunque vestía como india, delataba el rostro la raza española. Dijo llamarse Esperanza de Valenzuela, y después de contar su largo martirio de humillante mancebía, suplicó al corsario que la llevase a Talcahuano. Indudablemente, el holandés se negó, porque la recalada en el puerto penquista le significaba ponerse en manos del enemigo.

Según las crónicas, años más tarde fue rescatad por tropas españolas y trasladad a Santiago, donde ingresó al convento de Las Agustinas.

 

 

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/el-toqui-pelantaru-guerrero-de-la-conquista/

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA AL LECTOR

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/el-toqui-pelantaru-guerrero-de-la-conquista-al-lector/

“PELANTARU…” ORIGENES DE LA GRAN SUBLEVACIÓN
https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-origenes-de-la-gran-sublevacion/
“PELANTARU…” EL GOBERNADOR OÑEZ DE LOYOLA
https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-el-gobernador-onez-de-loyola/
“PELANTARU…” EL JEFE PELANTARU LLAMA A JUNTA GENERAL

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-el-jefe-pelantaru-llama-a-junta-general/

“PELANTARU…” DESASTRE DE CURALABA

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-desastre-de-curalaba/

“PELANTARU…” CONSECUENCIAS DEL DESASTRE DE CURALABA

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-consecuencias-del-desastre-de-curalaba/

“PELANTARU…” DON PEDRO DE VIZCARRA

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-don-pedro-de-vizcarra/

“PELANTARU…” ATAQUES A SANTA CRUZ Y A ARAUCO

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-ataques-a-santa-cruz-y-a-arauco/

“PELANTARU…” DESPOBLACIÓN DE SANTA CRUZ

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/18/pelantaru-despoblacion-de-santa-cruz/

“PELANTARU…” DESTRUCCIÓN DE LA IMPERIAL

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/20/pelantaru-destruccion-de-la-imperial/

“PELANTARU…” ATAQUE A ANGOL

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/20/pelantaru-ataque-a-angol/

“PELANTARU…” LLEGADA A CHILE DE DON FRANCISCO DE QUIÑONES

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/20/pelantaru-llegada-a-chile-de-don-francisco-de-quinones/

“PELANTARU…” RUINA DE CHILLAN

https://unidadmpt.wordpress.com/2016/10/20/pelantaru-ruina-de-chillan/

 

logo-11CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Engels

11 julio 1868

Párrafo 07:

El viejo Schmalz era un epígono de los fisiócratas. Dice esto en su polémica contra ek travail productif et improductif de A. Smith, y parte de su tesis fundamental de que sólo la agricultura produce verdadero valor. Encontró el asunto en Garnier. Algo semejante podemos leer también en el epígono de los mercantilistas Ganilh. Idem en la polémica contra aquella distinción de A. Smith. Es decir, que Bastiat copia la polémica de autores que son epígonos desde dos puntos de vistas y que no tienen todavía ni la más remota idea de lo es el valor. ¡Y éste es el último descubrimiento en Alemania! ¡Lástima de no tener un periódico en qué poder descubrir este plagiarismo de B[astiat] 

– Página –704 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

https://unidadmpt.wordpress.com/2012/05/08/transcribiremos-a-la-letra-el-capital-de-carlos-marx-tomo-uno/

¡SUSCRÍBETE A NUESTRO BLOG!

Tweets mentioning @Daniel206_73

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Antícapitaslista, ¡¡¡ Unidad Latinoamericana !!!, Campesinos- Jornaleros, chile, Peones - Proletarios, Trabajadores al Poder, unidad, Varios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s