“PELANTARU…” RUINA DE CHILLAN


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Cuando Pelantaru supo de la llegada del nuevo gobernador con los refuerzos, decidió golpear en el corazón de la dominación española, con miras a imposibilitar el envió de socorros a las plazas sureñas.

Con este objeto, mandó a Nabalburi, uno de sus hombres de mayor confianza, experto en Ardiles e intrigas, a parlamentar con los caciques promaucaes de Yumbel y Chillán que aún no habían adherido a la causa libertaria.

El enviado logró encender la llama de la rebeldía en algunos jefes, pero había otros que no tenían motivo de resentimiento con los españoles, los cuales permanecieron reacios a la sublevación. No obstante, los  confabulados no se desalentaron, aguardando que algún suceso produjera el odio que hacía falta para conmoverles. Y lo que consiguió la palabra elocuente del emisario, lo obtuvo la conducta del corregidor de Chillán y yerno de Francisco Jufré.

Don Diego serrano Magaña tenía verdadera inquina en contra de todos los indios y pronto cometió una en contra de todos los indios y pronto cometió una serie de tropelías con quienes habitaban en las cercanías de Chillán y de Yumbel. Estos naturales sufrían permanentes vejámenes de los encomenderos y soportaban pacíficamente su condición, debido en parte a su pacifica ascendencia picunche, y en parte al temor a las represalias de los conquistadores. Al llegar hasta ellos la voz de la rebelión, prefirieron retirarse a las montañas a fin de no estorbar algún plan de ataque de los que estaban por la guerra, ni ser incriminados por los castellanos si esto sucedía.

Decidió a acabar con cualquier intento indígena antes de que se produjeran los hechos, Diego Serrano salió con cincuenta soldados a caballo y realizó una maloca por las montañas, de la cual trajo prisionero a un cacique muy principal llamado Millachiñe, gran amigo de los españoles. A los pocos días llegó el teniente general  Francisco de Santa Jufré  con los pobladores del abandono fuerte de Santa Cruz. En cuanto se impuso de la acción contra Millachiñe, le hizo liberar, le agasajó en su casa en señal de desagravio y le devolvió a sus tierras.

Cuando el cacique se acercó a los rancheríos que constituían su vivienda, divisó a su cuñado Navalande que le esperaba acompañado de Nabalburi. Ambos le instaron a pasarse a su lado, pero Millachiñe se negó, aduciendo que estaba muy viejo para tales aventuras.

Y mientras los jefes rebeldes se alejaban cargados de rencor, el anciano inclinó la cabeza y derramó lágrimas de amargura. No era guerrero, sino hombre de paz, y prefería servir a los conquistadores que le aseguraban la mantención de los suyos, antes que iniciar una guerra en la cual no confiaba.

Después, temeroso de que los españoles se impusieron de su entrevista con Navalande y mal interpretaran su significado, volvió a Chillán y contó a su amigo Francisco Jufré lo que se tramaba, pidiéndole protección. Don Francisco encargó a Diego Serrano que buscara un lugar donde el cacique quedara al amparo de las armas castellanas.

Pero el corregidor, con el pretexto de presentar sus respetos al nuevo gobernador, viajó a Concepción y le informó que la revuelta se preparaba en las proximidades de su ciudad. Tan buenos fueron sus argumentos,  que le arrancó una autorización para maloquear en tierras indias. Con el permiso en la mano, regresó a Chillán y tomó contacto con Millachiñe. Le pidió que lo acompañara en busca de su cuñado Navalande, quien conspiraba contra ellos. El viejo accedió y acordaron encontrarse al día siguiente en un lugar, al que el jefe indio acudiría con miembros de su familia y algunos amigos.

Pero Serrano era uno de aquellos soldados que creían firmemente que la dominación debía hacerse a sangre y fuego. Lleno de celos por el favor y la distinción que su suegro confería al cacique, decidió tenderle una emboscada. Al amanecer, le esperó con algunos hombres escondidos entre los árboles y, a medida que los amigos y parientes de Millachiñe fueron llegando, les aprisionó uno a uno, les maniató, les condujo a la ciudad y les hizo marcar con un fierro al rojo vivo como esclavos. Finalmente les vendió entre algunos vecinos, luego de quitarles su ganado y demás pertenecías.

La noticia se propagó con rapidez por todas las Reguas promaucaes y los amigos de Navalande se encargaron de alimentar la hoguera. Cuando el gobernador se impuso de lo acontecido, interrogó a los prisioneros y, convencido de su inocencia, les puso en libertad, pero los naturales, según cuenta Rosales, “quedaron con una espina clavada en el corazón e hicieron una junta para dar en la ciudad de Chillán que había sido la causa, juramentándose de no desistir de su intento hasta lavar sus manos en la sangre de sus vecinos en las mismas pilas del bautismo”.

El gobernador comprendió que se incubaba una sublevación. Conociendo el estado ruinoso del fuerte y lo mal preparadas que se encontraban sus defensas, ordenó en repetidas ocasiones a Francisco Jufré que terminara  de fortificar la plaza que se hallaban a medio construir, que jamás dejara pacer los caballos lejos del fuerte, y que por ningún motivo permitiera a sus soldados salir de la ciudad hasta que desapareciera la amenaza.

No obstante, cuando la guarnición supo de la ruindad cometida por Serrano, no dio crédito a los temores de insurrección, los que achacaron a maquinaciones del  capitán, y a los pocos días comenzaron a salir para atender el trabajo de sus haciendas. Como de costumbre la construcción del fuerte no se terminó y los caballos continuaron pastando en los potreros. Hacía muchos años que los comarcanos no se alzaban, y la numerosa dotación de la plaza, cien hombres bien armados, les proporcionaba gran seguridad.

Poco después de que las campanas del convento de la merced anunciaron la medianoche del 13 de septiembre, los indios comenzaron a entrar sigilosamente a la ciudad y ocuparon los puestos claves. Cerca de la cinco de la mañana, bajo la oscuridad que reina antes del amanecer, todos despertaron bruscamente ante el chivateo espantoso de los atacantes. A una orden de Navalande, el aullido se hizo atronador y produjo desconcierto y pánico en la población civil y militar. Simultáneamente, comenzaron a caer flechas encendidas en los techos de paja.

La sorpresa fue tan grande que nadie atinó a organizar la defensa. La mayoría huyó hacia el centro de la ciudad y logró penetrar al fuerte, perseguida de cerca por las tropas de Navalande. Con gran esfuerzo, Francisco Jufré reunió parte de sus hombres dentro de la fortaleza e intentó coordinar una resistencia más o menos seria. Nabalburi con una porción de fuerzas atacantes, se dedicó a combatir a los defensores. Otros indios treparon sobre las casas colindantes al bastión y, desde ahí, continuaron lanzando saetas incendiarias y enormes piedras.

Mientras el combate cuerpo a cuerpo se generalizaba, la gente de Navalande se entregó al saqueo de las casas abandonadas. Los indios comenzaron a ponerse a ponerse la ropa de los españoles, y así ataviados, acarrearon cuanto pudieron. Otros montados en los caballos de sus enemigos, condujeron todo el ganado vacuno y caballar hacia las serranías.

El grupo de Navalande cautivó a treinta y tres mujeres, muchos niños y algunos frailes, después de matar a siete hombres que opusieron resistencia. Cuando  terminaron los despojos, pegaron fuego a las viviendas, que ardieron al igual que el convento de la Merced. Apresaron a un lego que había en el claustro pero éste aprovechó un descuido de sus captores, les arrebató un caballo y galopó sin parar hasta Angol donde llegó con las infaustas noticias.

La fortaleza de Chillán estaba tan mal construida que más tarde Alonso e Ribera escribiría, refiriéndose al estado en que lo encontró y extendido. Es de dos tapias de alto y la dicha tapia barbada por encima de la grandeza de dos cuadras y tiene cuatro traveses muy pequeños en medio de las cortinas, sin ningún foso. Y por dentro tiene las casas arrimadas a la propia muralla, sin distancia ninguna para poder rondarlas ni defender, ni troneras sino la de los cubos. Y la caída que tiene por fuera, sin más prevención para la defensa  para la defensa; que ha sido milagro de Dios poder sustentarse, así por la mala disposición para defenderlo como por el descuido en que viven los de dentro”.

Indudablemente, se refería a la negligencia que sus defensores habían demostrado y que permitió que fueran sorprendidos por los indios. La descripción nos hace comprender que no tenía fosos, ni ninguna de las otras disposiciones que constituían práctica de guerra para los españoles y eran asuntos del dominio de cualquier militar.

Pero los indios no quedaron satisfechos. A mediados de enero de 1600, asaltaron nuevamente el fuerte, mientras su nuevo maestre de campo, Miguel de Silva, andaba incursionando en tierras de los comarcanos. Esta vez, la guarnición era considerable, ciento sesenta soldados., lo que demuestra la importancia que Quiñones concedía a esta plaza por su posición estratégica.

Al divisar desde lejos las llamas que consumían el convento de San Francisco, que los indios quemaron al iniciar el ataque, Silva volvió con sus soldados a uña de caballo y llegó a tiempo de reforzar el resto de la dotación que se defendía con denuedo. La luz del amanecer vino en su ayuda para rechazar a los atacantes “con harto trabajo”.

La victoria española levantó bastante el ánimo de los pobladores y soldados, los que ya se habían acostumbrado a sufrir desgracias tras desgracia. La destrucción de la fortaleza habría significado irremisiblemente la ruina de Santiago, pues nada hubiese detenido el avance de los araucanos sobre la capital, toda vez que circulaban fuertes rumores de que estaban en connivencia con los indios de la Serena, para dejarse caer sobre la ciudad principal con miras a terminar definitivamente con los invasores.

Para los indios rebeldes, estas derrotas no pasaban de ser pequeñas y locales. El resto de las tribus continuaba sus ataques, y a los comarcanos de Chillán les bastaba ver las ruinas humeantes de la ciudad para sentirse satisfechos y orgullosos.

EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA

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EL TOQUI PELANTARU GUERRERO DE LA CONQUISTA AL LECTOR

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“PELANTARU…” ORIGENES DE LA GRAN SUBLEVACIÓN
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“PELANTARU…” EL GOBERNADOR OÑEZ DE LOYOLA
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“PELANTARU…” EL JEFE PELANTARU LLAMA A JUNTA GENERAL

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“PELANTARU…” DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” CONSECUENCIAS DEL DESASTRE DE CURALABA

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“PELANTARU…” DON PEDRO DE VIZCARRA

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“PELANTARU…” ATAQUES A SANTA CRUZ Y A ARAUCO

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“PELANTARU…” DESPOBLACIÓN DE SANTA CRUZ

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“PELANTARU…” DESTRUCCIÓN DE LA IMPERIAL

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“PELANTARU…” ATAQUE A ANGOL

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“PELANTARU…” LLEGADA A CHILE DE DON FRANCISCO DE QUIÑONES

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logo-09CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Engels

11 julio 1868

Párrafo 06:

El viejo mulo de Schmalz, aquel prusiano que se comía los demagogos crudos, dice (edición alemana de 1818, frnacesa de 1826): “Le travild`autrui en general ne produit jamais pour nous qu`une èconomie de temps, et cette èconomie de temps est tout ce qui constitut sa valeur et son prix. Le menuisier, per exemple, qui me fait une table, et le domestique qui porte mes lettres a la poste, qui bat mes habits, au qui cherche pour moi les choses qui me sont nècèssaires, me rendent I`un et I`autre un service absolument de même nature; I`autre m`epargnent et le temps que je serais obliguè d`employer moi-même a mes `ces] occupations et celui qu`il m`acquerir I`aptitude et les talents qu`elles exigent”.

– Página – 704 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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