“PELANTARU…” DESPUESDE LA DESTRUCCION DE VALDIVIA


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En respuesta al urgente pedido de socorros el gobernador Francisco de Quiñones, el Virrey del Perú envió al coronel Francisco del Campo, que se hallaba en Panamá, con un contingente de doscientos sesenta y cinco hombres. Conforme a las instrucciones del Virrey, el coronel navegó directamente al puerto de Valdivia, con la principal misión de socorrer a las ciudades australes que se encontraban en desesperada situación, según la carta de Quiñones,

Don Francisco del Campo ya había actuado en Chile con el grado de capitán, y antes de que el Virrey le encargara reforzar las posesiones españolas en Tierra Firme, había dejado a su esposa y dos pequeños en la ciudad de Valdivia, por considerar que era la más fuerte y resguardarla de los ataques indios. Por esta razón, su vuelta al reino de Chile tenía mucho de personal. Ansiaba volver a encontrarse con los suyos, pero ignoraba la tragedia que había caído sobre Valdivia, sólo once días antes de su arribo.

En cuanto llegó a la destruida plaza, el impacto emocional fue enorme para el valiente soldado, y mayor aún para las tropas que traía, cuya mayor parte había sido reclutada en panamá con grandes dificultades y tras promesas de pingües recompensas. Cuando vieron el lamentable estado en que hallaba la ciudad, recién entonces advirtieron la magnitud de la empresa en que se hallaban comprometidos.

La desolación que se advertía en el lugar era realmente pavorosa y quitaba el ánimo al más intrépido. Aún yacían en las calles los cadáveres y restos humanos. Todas las casas, el fuerte y la iglesia habían sido quemadas. Los atacantes no habían respetado siquiera las imágenes sagradas ni los crucifijos. De la ciudad floreciente que el coronel había dejado en su momento de mayor prosperidad, sólo quedaban ruinas y escombros. Sus pequeños hijos eran cautivos  de los indios, y su esposa había logrado embarcarse en una de las naves surtas en las bahía. Felizmente, tuvo la suerte de rescatar a los niños a poco de su llegada y llevarlos al barco junto a su madre.

En esos días, llegaron a Valdivia los refuerzos enviados por Quiñones, al mando de Pedro escobar Ibacache. Cuando los bergantines atracaron al muelle, el capitán se presentó al coronel, quien le narró la espantosa tragedia. Llevaba la misión de continuar a La Imperial, aumentando sus fuerzas con aquéllas que la guarnición de Valdivia pudiera aportar. Al saber lo acontecido, comprendió que sus hombres eran insuficientes para dicha empresa, y que era más urgente regresar a Concepción y poner en antecedentes al gobernador Quiñones, pues la reciente victoria indígena había soliviantado en tal forma los ánimos de los huilliches, que el territorio estaba prácticamente vedado a los españoles. La rebelión general había prendido con tanta voracidad, que se podía temer que el alud alcanzara hasta la propia Concepción.

El coronel Del Campo midió las posibilidades. Analizando la cruda realidad, advirtió que debía marchar a Osorno, que aparecía como la víctima más propicia, y después tratar de socorrer Villarrica. No se preocupaba tanto de la Imperial, pues venía otro refuerzo destinado  exclusivamente a ese fuerte, al que era más fácil llegar por tierra. Urgía pues que el capitán Escobar volviese pronto a Concepción, e informarse al gobernador con el fin de combinar su acción con los planes de Quiñones.

Las desalentadoras noticias llevadas por los navíos abrumaron a los penquistas y llegaron rápidamente a la capital. Nadie se sentía seguro. Los hombres dormían con las armas en la mano, esperando ser atacados de un momento a otro. Las dos ciudades más importantes de la zona austral estaban en pode de los temidos araucanos, habiéndose perdido cualquier posibilidad de constituirlas en baluarte de la dominación española. Sólo quedaban Villarrica y Osorno, pero ante el arrollador avance de los purenses, que habían logrado soliviantar a los huilleches, su caída parecía irremisible.

 

logo-13CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a Kugelmann

Londres 11 julio 1868

Párrafo 02:

Por lo que se refiere al Zentralblatt, el buen hombre hace la mayor de las concesiones posibles al reconocer que, si por valor ha de entenderse algo, no hay más remedio que suscribir mis conclusiones. El infeliz no ve que, aunque en mi libro no figurase ningún capítulo sobre el “valor”, el análisis de las condiciones reales que yo trazo encerraría ya la prueba y la demostración de la relación real del valor. Las chácharas sobre la necesidad de probar el concepto del valor se basan en la más completa ignorancia tanto del asunto de que se trata como del método de la ciencia en general. Cualquier muchacho sabe que una nación que dejase de trabajar, no digo durante un año, sino durante unas cuantas semanas, estiraría la pata. Y sabe también que las masas de productos correspondientes a las distintas necesidades reclaman masas distintas y cuantitativamente determinadas del trabajo global de la sociedad. Que esta necesidad de distribuir el trabajo social en determinadas proporciones no resulta suprimida, ni mucho menos, por una determinada forma de la producción social, sino que cambia simplemente su modo de manifestarse, es también algo evidente por sí mismo. Las leyes naturales jamás pueden suprimirse. Lo único que puede variar en situaciones históricas distintas es la forma en que esas leyes se abren paso. Y, en una sociedad en que la interdependencia del trabajo social se hace valer mediante el cambio privado d elos productos individuales del trabajo, la forma en que esa distribución proporcional del trabajo se impone es precisamente el valor de cambio de estos productos.

– Página – 704-705 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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