“PELANTARU…” DESTRUCCIÓN DE OSORNO


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Salvo dos intentos de sublevación, que fracasaron tan pronto como nacieron, los indios de Osorno habían sostenido amistosas relaciones con los españoles. De raza huilliche, permanecieron tranquilos hasta que llegaron los araucanos  a soliviantarlos. Las constantes victorias de los purenses en el norte, unidas a las prédicas permanentes de sus mensajeros y al cruel trato de los encomenderos, fueron creando en sus ánimos el espíritu de revuelta que determinó la alianza mapuche-hilliche, cuya gran hazaña había sido la destrucción de Valdivia. Este triunfo, que les significó un cuantioso botín además de las cuatrocientas codiciadas cautivas, abrió el apetito de los pacíficos indios sureños que vieron la posibilidad de liberarse de la esclavitud.

Pero esta toma de conciencia respecto a su capacidad guerrera, hizo que algunos caciques como Chollol, más audaz que poderoso, pensara que si podían vencer a los españoles, no había razón para depender del dominio de los araucanos. El solo hecho de pasar bruscamente de la esclavitud a señor de esas tierras, le llevo a olvidar que el gran triunfo obtenido se debía al talento militar de Pelantaru y a su núcleo de purenses, más que a la idoneidad bélica de las tribus de la región. Convencido de que podía luchar contra el invasor sin necesidad de sus aliados mapuches, se proclamó rey de la provincia y exigió sumisión al resto de los caciques de la zona.

No obstante, los purenses no se encontraban lejos, ni podían permitir que lo huilliches faltaran a su pacto y comenzaron a actuar independientemente, pues todas las operaciones debían enmarcarse en concepto estratégicos general de los planes de guerra. Uno de los generales de Pelantaru, de  nombre Curubeli, le llamó a reunión para hacerle desistir de sus ambiciones personales.

Chollol acudió a la cita acompañado de una gran cantidad de seguidores. Vestido a la española y armado de pies a cabeza, escuchó con impaciencia a Curubeli y le respondió altaneramente que no necesitaba a los de Purén y que abandonara sus tierras.

Caribeli comprendió que el cacique era engreído, y que si no le daba una buena lección, el ejemplo podría cundir en forma peligrosa para la causa libertaria. Decidió a acabar para siempre con estos conatos, le desafió a batirse, ofreciéndole que si podía vencerlo sería reconocido como rey. Chollol aceptó, condicionando que el reto se efectura d e inmediato, a caballo, con arcos y flechas.

La fatuidad hizo olvidar a Chollol que los purenses eran consumados jinetes, y fue a ubicarse en un extremo del campo, en tanto los séquitos de ambos contendientes se situaban en las laderas para presenciar el torneo.

Partieron simultáneamente, dando rienda suelta a sus bestias, que clavaron las pezuñas en el suelo con tanto coraje como sus amos. Chollol tensó el arco, apunto al pecho desnudo de su enemigo y soltó la flecha con gran fuerza. Pero Curubeli, que no había dado señales de disparar, se inclinó velozmente sobre el costado derecho de su caballo, con maestría tan increíble que los espectadores no podían comprender cómo se sostenía sobre el animal, que galopaba desenfrenado. Desde esa posición, lanzó su saeta al cuello de Chollol, única parte que llevaba descubierta, y la clavó en plena garganta. Luego, al acercarse, soltó el arco y cogió el garrote, al pasar que colgaba del borrén de la silla, y de un solo golpe, al pasar, le arranco la cabeza de cuajo.

Fue tan impresionante su forma de combatir, que los partidarios del vencido comprendieron en el acto la diferencia que existía entre ellos y los purenses. Corrieron a su encuentro, e hincándose a sus píes le ofrecieron sumisión.

En esta forma terminó el corto reinado de Chollol y las ansias caudillistas de los otros jefes huilliches, pero algo después que se fueron los hombres de Pelantaru, surgió un tal Libcoy, que fue rápidamente desbaratado por el corregidor de Osorno.

Se recordará que al llegar el coronel Francisco del campo a Valdivia y ver el estado ruinoso de la ciudad, pensó primero en auxiliar a Villarrica, pero después de considerar la situación y saber que en los aledaños de Osorno se estaba reuniendo cerca de cinco mil indios con intenciones de atacarla, resolvió dirigirse a ella, pues significaba un mayor aporte a la guerra de dominación.

Seguido por la columna de soldados novicios, inició la marcha buscando senderos extraviados y lejanos del camino real con el fin de evitar encuentros con os indios. El viaje, que normalmente se efectuaba en cuatro días, les llevó dieciocho, abriéndose paso a fuerza de machetes por entre la selva. Cuando llegó a orillas del Río Bueno, sus hombres que no estaban acostumbrados a estos sacrificios, se hallaban descalzos, con las vestimentas deshechas, extenuados y macilentos.

Con el arribo del coronel, la alegría de los pobladores fue indescriptible, pues habían vivido con un credo en la boca esperando ver aparecer en cualquier momento a los guerreros indígenas.

Pelantaru y Anganamón,  que se preparaban para dar el ataque antes de la llegada de este refuerzo, decidieron postergar la acción en vista de la respetable fuerza de cuatrocientos hombres que se habían reunido en la fortaleza. No obstante, para que sus defensores no se sintiesen tan seguros, y al mismo tiempo demostrar a sus aliados huilliches la valía de los araucanos, escogieron un escuadrón de cuatrocientos aguerridos purenses para realizar una operación extremadamente riesgosa que sembrara la alarma entre los osorninos.

Galopando a la cabeza de sus guerreros que llevaban picas con haces de paja ardiendo en sus extremos, el toqui irrumpió a mata de paja ardiendo en sus extremos, el toqui irrumpió a mata caballo por las callejuelas de la ciudad, llegó hasta el convento de San francisco y le prendió fuego. El acto fue tan inaudito, sorpresivo y rápido, que los españoles no alcanzaron a reaccionar. Cuando partieron en su persecución, las llamas ya habían consumido la iglesia.

La audacia de Pelantaru consiguió su objetivo. Las tropas bisoñas recién llegadas, que en cuanto habían desembarcado en Valdivia encontraron una plaza destruida, y luego de un sacrificado viaje a través de la maraña presenciaban estos actos de tanta temeridad, s sintieron totalmente desmoralizadas.

Informado el coronel de que se estaba congregando una gran junta de indios para atacar la ciudad, reunió a sus capitanes en consejo. Acordaron que lo más prudente era viajar con suma rapidez a Valdivia en procura de armamentos, pólvora y municiones que habían dejado en el barco. El plazo fijado para su partida ya terminaba, por lo que urgía dirigirse al puerto con el fin de alcanzarle antes de zarpara.

Pelantaru estaba atento a los movimientos del coronel. En cuanto supo de su partida a Valdivia alistó unos cinco mil guerreros y marchó sobre Osorno. El 19 de enero de 1600, día en que los castellanos celebraban a San Sebastián con gran solemnidad, se acercó a la ciudad. Al tener noticias de que estaban rodeados, los pobladores no concedieron mayor importancia al próximo ataque. La guarnición de cien soldados que defendían la plaza acababa de ser reforzada por ochenta arcabuceros, que del campo dejó a cargo del capitán Blas Pérez de Esquiccias, y los grupos de indios que veían por los alrededores no eran numerosos. Pero el corregidor Jiménez Navarrete ordenó, como medida de precaución, que todos los españoles durmieran esa noche en el interior del fuerte.

Al amanecer se dejó caer Pelantaru con todas sus fuerzas. En corto tiempo coparon las calles y los diferentes escuadrones se repartieron por todos lados. Grande fue su sorpresa y rabia al no ver salir de las casas  a mujeres despavoridas no a hombres desprevenidos, por lo que, en vez de dedicarse al saqueo se dirigieron por distintos caminos al castillo.

Los capitanes Jiménez Navarrete y Ortiz de Gatica salieron con dos compañías a batirlos, mientras desde lo alto de las troneras los arcabuceros iniciaban un nutrido tiroteo. Pero los araucanos sabían que el poder de fuego de una fortaleza terminaba en cuanto comenzaba el combate cuerpo a cuerpo, ya que las balas herían por igual a indios y a españoles. Lonconahuel se lanzó encabezando sus quidicios contra una de las compañías montadas. El choque de los lanceros fue estruendoso. El piafar de las bestias se confundía en un solo clamoreo con los gritos que lanzaban los combatientes.

Epolicán, esgrimiendo una pesada maza arremetió junto a sus conas contra el otro escuadrón, tratando de desmontar a golpes a los jinetes. Pailaguala ordenó a sus flecheros disparar contra los arcabuceros de las murallas, a fin de mantenerlos ocupados mientras los hombres de Catirancura trepaban por troncos arrimados a la empalizada.

Blas Pérez desnudó la tizona y se concentró en repartir tajos y mandobles sobre los asaltantes, al mismo tiempo que animaba a sus mosqueteros para que se defendiesen con sus pesadas armas a guisa de porras.

Sin mover un músculo de su sempiterna cara triste, Catirancura “se lanzó en busca de los clérigos que, bajo el mando del vicario García de Torres, habían formado un peligroso frente de combate. Después de liquidar a tres frailes que le acometieron, se enfrentó con fray Lucas Blas, que además de religioso era intrépido guerrero. El lego genovés igualaba en estatura y fuerzas al cacique y sabía de su odio por los de sotana. Cogiendo la gruesa horquilla de un arcabuz, comenzó a batirse con el garrote del feroz araucano. Burlando un violento trancazo de su adversario le golpeó detrás de la rodilla obligándole a caer desde lo alto del muro sobre la masa informe que combatía abajo, lo que le salvo de morir.

Era tan bravío el combate de los fieros purenenses que sus aliados huilliches casi no tomaron parte. Poco a poco, los cristianos tuvieron que replegarse hacia la puerta del bastión que se abrió para alojarles.

Los araucanos quedaron mordiendo su ira y deseos de pelea, pero la fortaleza estaba demasiado bien protegida para hacerla caer. Comenzaron a proferir toda clase de insultos y burlas para provocarles y obligarlos a salir. Los españoles no cayeron en la trampa porque sabían que su salvación estaba adentro. Para aumentar el desafío, les mostraban los muebles que iban sacando de las casas, y con toda desfachatez se sentaban en sus sillas vestidos con la ropa de los castellanos, imitando sus modales entre carcajadas de escarnio.

Así se mantuvieron todo el día. En tanto sus huestes saqueaban las moradas. Pelantaru envió un escuadrón de cien jinetes a orillas del Río Bueno para les avisaran en cuanto vieran venir al coronel Del Campo, que podía atacarles por la retaguardia en cualquier momento

Terminado el pillaje, desmantelaron totalmente las viviendas, arrancaron el ganado que habían previamente cargado con sacos de grano. Finalmente, incendiaron casa y monasterios. Nada quedó en pie, salvo las humeantes paredes de adobones.

Al día siguiente, el coronel  fue avistado en un lugar llamado Altos Valdivia. Los vigías galoparon toda la noche para advertir a Pelantaru su cercanía. El toqui ordenó a sus fuerzas que se desplegaran en diferentes direcciones para evitar ser perseguidos. Su precaución fue inútil, pues aunque los sitiados hubieran querido alcanzarles poco habrían hacer, ya que apenas contaban con treinta caballos. No obstante, el empecinado fray Lucas Blas montó en uno de ellos y partió solo en seguimiento de los fugitivos. Logró dar alcance a los más retrasados y se trabó en dura lucha con ellos. Fue tan decidida su acción que les obligó a retirarse aceleradamente.

Don Francisco supo lo acontecido sólo al llegar del río, donde había dejado unas embarcaciones muy ocultas para pasar el baraje que traía con los pertrechos. Con toda clase de precauciones, a fin de no ser asaltado, en el camino, logró llegar hasta la ciudad “donde halló los mayores llantos del mundo y grandísimo miedo” Organizó con rapidez algunas partidas de soldados que repartió entre capitanes, y consiguió desbaratar las pequeñas juntas de comarcanos que celebraban con borracheras el triunfo.

 

002-aa-logo-clotarioCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Engels a Marx

16 septiembre 19868

Párrafo 01:

`…] ¿Has escrito siquiera a Meissner para la liquidación? Con el bombardeo de los obreros por todas partes, pronto se romperá el mortal silencio, y la segunda edición no se hará esperar mucho. Ahora es el momento de lanzar un nuevo anuncio del libro. Piensa si quieres que yo se lo mande a M[eissner], a quien debo ya contestación a este punto. Pero no lo demores[…] He aquí una pregunta: ¿no va siendo ya necesario y urgente hacer un resumen corto, vulgarizando el contenido de tu libro, para los obrero? Si no lo hacemos nosotros, vendrá cualquier Mosses [Hess] y lo hará, echándolo a perder. ¿Qué piensas de esto? […]

– Página – 707 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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