“PELANTARU…” TERMINA EL GOBIERNO DE QUIÑOES


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En Concepción el gobernador Francisco de Quiñonez, recién llegado de su viaje de despueble a La Imperial y Angol, insistía en sus cartas al Rey y al Virrey en el pronto nombramiento de un sucesor, más joven y ágil, ya que avanzada edad no le permitía dar la guerra a los araucanos como era menester para el servicio de Su Majestad.

Sumamente preocupado por la situación de la Casa de Arauco, que había quedado librada a su propia suerte, se desvelaba pensando cómo enviarle refuerzos para que ningún gobernante posterior le acusase de negligencia o descuido. Consciente de la enorme responsabilidad que pesaba sobre sus espaldas, decidió partir personalmente con trescientos hombres en su socorro, pero al llegar a la desembocadura del Biobío le fue imposible cruzarlo, por los fuertes temporales que se desencadenaron.

Al regresar a Concepción, los años y los rigores del invierno le produjeron una parálisis que le afectó largo tiempo. No obstantes, comisionó al capitán Martínez de Leiva para que, en una fragata y dos barcos, fuera con setenta soldados a reforzar la guarnición de Arauco y les llevara pertrechos y alimentos.

A fines de junio, zarparon las tres embarcaciones, pero las tempestades eran tan fuertes que no lograron acercarse a la playa. Cada una de las naves sufrió distintas suerte. Una de ellas, la más afortunada, alcanzó a volverse a Concepción con los víveres que cargaba. La segunda, cuyos tripulantes se batieron entre la vida y la muerte en los arrecifes de Caraquilla, veían desde cubierta a los araucanos que les esperaban en la orilla para cazarles.

Un valiente soldado, Diego de Huerta, insistió en que le sería posible llegar a tierra. Burlando la vigilancia de los indios trató de alcanzar hasta el fuerte para que su gente apoyara el desembarco. Pero fue acorralado por los enemigos en el extremo de un altísimo acantilado y, viéndose cercado por todas partes, se lanzó al mar desde gran altura escapando milagrosamente. Según cuenta Rosales “quedó aquel sitio con el nombre de Salto de Huerta, por ser cosa de admiración la altura de donde se echó al mar, sin hacerse pedazos, habiendo allí muchas peñas”.

Una vez que sus compañeros le recogieron, lograron acercarse a la isla Santa María donde se repusieron y regresaron a Concepción.

La tercera nave, en que viajaba el capitán Martínez de Leiva, fue lanzada por el mar contra rocas de la Punta Lavapié y se hizo pedazos. Los navegantes se vieron enfrentados a los mapuches que habían esperado con larga paciencia y que, luego de matar al capitán y a treinta de sus hombres, se llevaron prisioneros a los otros siete.

Cuando Quiñones se impuso del desastroso resultado de la expedición, comisionó a su propio hijo, don Antonio Quiñones, para que, aprovechando el momentáneo buen tiempo, intentará desembarcar en Arauco con un numeroso grupo. El intento tuvo éxito y su arribo no pudo ser más oportuno pues cuando los españoles llegaron a la playa, el castellano de la fortaleza, capitán López Ruiz de gamboa, se batía desesperadamente contra los araucanos que estaban por rendirle, y el poderoso apoyo le sirvió para rechazar con facilidad el ataque.

Las angustias del gobernador no terminaban. Junto a la tranquilidad que le proporcionó el saber bien guarnecida la Casa de Arauco, comenzó a surgir otro problema: la excesiva concentración de gente en Chillán y Concepción. Las guarniciones y pobladores de Angol y la Imperial se sumaron a los que había llevado Francisco Jufré desde el fuerte Santa Cruz. Tanta densidad, en una zona donde los campos habían sido talados por ellos mismos para sofocar la rebelión, empezó a crear un enemigo más temido  que los indios: el hambre. Y pronto la escasez de recursos con que contaba esas plazas, hizo que los soldados perdieran la disciplina y se iniciara una desbandad.

Según decían los desertores, buscarían por sí mismos la comida que las autoridades no les proporcionaban. Y como podían internarse en el corazón de Arauco en pequeñas partidas, su meta sólo podía ser la capital. En Santiago se convirtieron en un peligro público. Acostumbrados como estaban a pelear, no sabían oficio alguno y se trasformaron en asaltantes y ladrones. No debe olvidarse que la mayoría había sido reclutada en Lima entre aventureros que no tenían donde ir.

Las autoridades capitalinas se desesperaban buscando una solución para acabar con este estado de cosas tan poco habituales en su apacible vida citadina, cuando recibieron noticias del arribo de cincuenta y cinco portugueses que el gobernador de Buenos Aires enviaba a través de la cordillera al mando de su sobrino, don Francisco Rodríguez del Manzano y Ovalle, padre del historiador jesuita.

Según la noticia que antecedió a su llagada, todos eran “gentes de gran brío, lucimiento y arrogancia, que no los hubo tales de su nación en esta guerra”, pero resultaron ser unos muertos de hambre que venían en “cueros vivos”. En vez, de remediarlo, pronto aumentaron el peligro que ya significaban los desertores del sur.

Los araucanos ignoraban esta situación pero sabían de la fuga de los soldados y del hambre que afligía a Chillán y Concepción. Sólo les contenía para dar el ataque definitivo, la inclemencia del invierno que hacía invadeables los ríos e intransitables los senderos de guerra. Por ello se contentaron con mantener el hostigamiento en que eran maestros consumados.

La audacia de los indios, que se enseñorearon d e los campos, obligó al gobernador a levantar empalizadas en  los extremos de las calles y a reforzar la defensa de las casas marginales y del fuerte. Los vecinos volvieron a  refugiarse en el convento de San Francisco. Así, el monasterio se transformó por segunda vez en fortaleza. A fines de julio los mapuches llegaron en sus correrías hasta las orillas del Maule donde mataron a un soldado y cautivaron a dos mujeres.

Mal terminaba su gobierno don Francisco de Quiñones. Había ofrecido sus servicios al Virrey como quien hace un favor y no como quien lo recibe. A una edad en que los hombres aspiran a un merecido descanso inició una campaña excepcionalmente difícil. Quizás menospreció al enemigo  o valorizó demasiado sus condiciones personales. Y pese a haber gastado gran parte de su peculio personal a favor de la Corona, los resultados de su gestión no podían ser más catastróficos.

Había caído en poder de los rebeldes ciudades tan importantes como Valdivia. La Imperial, Angol y Santa Cruz. Se encontraron cercadas y en grandes dificultades Osorno, Villarrica y Arauco, y Chillán totalmente destruida. El hambre cundía entre los moradores del norte del Biobío y los soldados abandonaban las filas, en momentos en que sólo el invierno contenía a los araucanos impidiendo dejarse caer sobre la capital penquista.

Fácil es comprender cómo desearía el gobernador que alguien viniera a reemplazarlo, después de tan funestos catorce meses de gobierno. Por fin, el 29 de julio de 1600  llegaba a Valparaíso su sucesor, don  Alonso García Ramón.

 

006-aa-logo-victorCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Engels a Marx

8 octubre 1868

Párrafo 01:

[…] Lo de la traducción rusa es una noticia agradable; en cuanto la cosa esté algo más avanzada, hay que anunciarlo en el periódico […]

– Página – 708 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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