“PELANTARU…” PREPARATIVOS DEL NUEVO GOBERNADOR


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Alonso de Ribera destacaba entre los gobernadores del reino de Chile por ser el único que tuvo la visón suficiente para captar la estrategia que debía seguirse en esta guerra interminable contra los araucanos. Empezó por hacer las averiguaciones necesarias sobre esa raza tan particular que mantenía una lucha de cincuenta años para no perder su libertad, y comprendió que la táctica empleada hasta el momento había sido errónea.

Todos sus antecesores dieron en diversificar las fuerzas, de por sí escasas, en un vasto territorio. Su afán, más que crear un gran país fue apoderarse de más terrenos para conceder encomiendas. Pero el mismo hecho de tener que cubrir tanta extensión con tan pocos recursos lo hacía imposible. Simplemente, cuando los españoles aumentaban sus guarniciones en un punto, los araucanos atacaban y destrozaban los otros.

La sola concepción de este esquema básico habla por si misma de la verdadera capacidad militar de Alonso de Ribera. Desde el primer momento comprendió que era urgente socorrer y afianzar la plaza de Arauco y, al mismo tiempo, robustecer las dotaciones de Chillán y Concepción, a tal extremo que desde esas ciudades hacia el norte se pudiera gozar de la paz necesaria para que el país comenzara a producir los alimentos, los obrajes nuevamente funcionaran y se reiniciara el laboreo en las minas. Para asegurar este predicamento debería fortificarse el Biobío de manera que los mapuches se mantuvieran en su región y no cruzaran al norte ni a sublevar a los comarcanos ni en son de guerra.

El hecho  de robustecer Arauco, Concepción y Chillán significaba crear una potente posesión cerca del corazón mismo de la rebeldía y calmar el empuje guerrero de los  araucanos sin adentrase a dar la guerra en sus tierras, tan adversas para las tropas españolas que no alcanzaban a cubrirlas.

No escapaba a su criterio que este plan dejaría sin ayuda a las ciudades australes, en especial a Osorno, Villarrica y Chilloé, de las que no se tenían noticias desde hacía tiempo. Especialmente, pensaba que debía reedificarse Valdivia, tanto por la posición estratégica que tenía en contra de los corsarios y de los indios, como por ser una centro productor agrícola y maderero, que a la vez, era el paso obligado para las ciudades de más adentro. Pero cualquier expedición al sur debía esperar que pasara el invierno y las condiciones climáticas lo permitieran.

Al hacerse dueño de Arauco y de la región al norte del Biobío significaba no sólo el progreso antes mencionado sino también el incremento de la población, hecho que aseguraría lo que ya se poseía, sin dejar enemigos a la espalda. Esto era lo que él llamaba “una guerra continuada y no salteada”. ¿Para qué ir a disputarles el territorio araucano, con gran pérdida de vidas  y recursos, si aún no se consolidaba definitivamente lo ya conquistado? No tenía objeto partir haciendo guerra a enemigos tan poderosos, en circunstancias de que al norte del gran río los indios eran más sumisos y trabajadores, si no les alzaban los rebeldes mapuches.

Al hacer más  poderosa las fuerzas españolas en los puntos indicados, la expansión lenta y natural de una población creciente y pujante iría quitando campo a los tercos enemigos. Por lo demás, una vez afianzadas esas ciudades  y fuertes, sería muy fácil adentrase en sus dominios.

El Biobío debería constituir entonces  una barrera infranqueable paras los rebeldes, a fin de asegurar la tranquilidad y asentamiento del norte. Pero era menester construir fuertes en sus riberas que les permitiesen dominar totalmente el río.

Dispuesto a aprovechar lo poco que quedaba del verano, don Alonso de Ribera desembarcó en Concepción el 11 de febrero con doscientos cincuenta hombres. De inmediato  se puso a preparar el auxilio al fuerte Arauco, para lo cual despachó un barco de trigo, vacas saladas, carne, tocino, vestidos y “cinco mil tejas para cubrir el castillo”. La nave zarpó de Concepción el 21 de febrero de 1601, al mismo tiempo que el gobernador partía por tierra sólo a diez días de desembarcar.

De los hombres que había traído hubo de reemplazar treinta y cuatro por vecinos de Concepción, pues no estaban en condiciones de emprender la marcha. Dirigiéndose al campamento de García Ramón se recibió de los doscientos setenta soldados que estaban allí, de los cuales sólo cien eran veteranos y el resto pertenecía al refuerzo enviado por Luis de Velasco. La cantidad militar de la tropa era tan deficiente que el propio Ribera la describe como “tan mal disciplina y simple en las cosas de la milicia que nunca pudiera imaginar ni me será posible dallo a entender”. Transformó a las cuatro compañías de caballos en infantería, pues “aunque traían mil caballos de número, los más eran ruines que sólo cincuenta valía algo”

Antes de salir de Concepción dejó la plaza protegida por ciento noventa hombres para evitar sorpresa. A cargo de esta gente, puso a dos soldados de Flandes, Salvador de Arnaga y Ginés de Lillo, a quienes ascendió a capitanes por su valor y experiencia en la guerra. El ascenso molestó a muchos, pero la desorganización del ejército español le daba poderosos argumentos para dejar el mando en personas de su total confianza.

Dos días después cruzó el Biobío con quinientos hombres en un punto llamado Aynavilo, donde había tenido la precaución de enviar unos barcos pequeños para facilitar el cruce de tropas. Luego inició la marcha hacia la Casa de Arauco, talando a su paso las sementeras de los indios comarcanos, a fin de privarles de alimentos e impedirles hacer guerra. Destruyó sus caseríos e hizo todo el daño que pudo. Algunos de los caciques afectados ofrecieron dar la paz para evitarse el perjuicio, pero demasiado bien sabían los españoles que dichas promesas duraban  lo que dura el temor.

Fácil es imaginar la alegría con que los defensores de Arauco, recibieron el 3 de marzo el socorro tanto tiempo esperado. Quedando en  el fuerte sólo sesenta y un soldado, de los cuales catorce casi no valía. En tanto llagaba el barco con las provisiones, Ribera hizo recorrer los campos vecinos a la Casa recogiendo cosechas  de las sementeras de los araucanos. “Todo estaba tan lleno de comida, dice Ribera en una carta al Rey, como si los indios nunca pensaran que españoles jamás habrían de volver a esta tierra, en cambio los del fuerte habían llegado al extremo de alimentarse de yerbas, raíces y sabandijas”.

Después de dejar el castillo bien aprovisionado y reforzar su guarnición, puso al mando a Francisco Galdamez de la Vega, uno de sus más apreciados capitanes. A mediados de marzo partió hacia el fuerte de Santa Cruz, decidido a trasladarlo algo más cerca del río para impedir el paso de los mapuches, pero hubo de postergar el intento por la proximidad del invierno.

Continuando con su plan de asegurar el terreno ya conquistado, resolvió construir dos fuertes que permitiesen  trabajar las haciendas y heredades de la zona. El primero fue en Talcahuano, donde dejó una compañía de infantería  a cargo del capitán Juan de Carabajal, y el otro en el punto donde el Itata recibe las aguas del estero Lonquén. A éste signó una compañía de caballos y dos de infantería al mando de Alvaro Nuñez de Pineda, con instrucciones de ayudar a los oradores de la región a sembrar los campos para obtener el año siguiente los alimentos necesarios para el abastecimiento de Chillán y Concepción.

Finalmente, Antes, de regresar a Santiago, hizo levantar tres molinos en Chillán, Concepción y Lonquén, para remplazar a aquellos que los indios habían destruido.

 

logo-18CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

APÉNDICE

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a la redacción de la revista rusa “Otietscestwenie Sapiski” (Hoja Patriótica)

[Fines de 1877]

Párrafo 02:

En el “Post-facio” a la segunda edición alemana de El Capital—que el autor del artículo sobre el señor Shukovski conoce, puesto que las cita—hablo con la alta estima que merece de “un gran erudito y crítico ruso”3: éste ha planteado en algunos artículos notables el problema de si Rusia, para abrazar el sistema capitalista, necesitará empezar por destruir—como lo sostienen sus economistas liberales—la comunidad rural o si, por el contrario, sin necesidad de conocer todos los tormentos de este sistema, podrá recoger todos sus frutos por el camino de desarrollar sus propias peculiaridades históricas. Y él opta por la segunda solución. Mi respetado crítico podría inferir de mi juicio tan laudatorio sobre este “gran erudito y crítico ruso” que comparto sus ideas acerca de este problema, con la misma razón con que de mi observación polémica contra el “literato” y panelista deduce que las rechazo. 

– Página –710-711 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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