“PELANTARU…” REORGANIZACION DEL EJERCITO ESPAÑOL


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Antes de volver a las acciones bélicas de la guerra de Arauco. Es conveniente dar una mirada al estado militar en que Ribera encontró a las tropas españolas. En este vistazo, seguiremos. En su mayor parte, las observaciones que el mismo gobernador hace.

Formado en las guerras de Francia y Flandes, donde los ejércitos eran sumamente disciplinados, no podía tolerar la desorganización existente en América y, en especial en Chile, donde la pobreza era tal que no se disponía de ropas, armas, ni arneces para los caballos, que también eran escasos.

No habiendo medios económicos, los soldados vivían con los vecinos y no en los cuarteles. Esto hacía casi imposible a un oficial reunir a su gente si no s ele avisaba con un día de anticipación. Cuando se presentaba alguna emergencia, un capitán formaba una compañía con los soldados de cualquier otra que quisiera seguirlo. Si el jefe era apreciado, le resultaba  sencillo y, en caso contrario, sumamente difícil.

En las campañas, cuando se iniciaba una jornada iban todos a caballo, tanto los de caballería como los de infantería. Marchaban desordenadamente y cada cual tomaba el lugar que más le agradaba. Según afirma Ribera, “los soldados no saben pelear ni tomar puestos, ni dejarlos, ni marchar, ni acompañarse, ni guardarse”,, y más adelante agregaba, “cuando ven al enemigo van tentando y si el enemigo huye le siguen sin ninguna orden ni concierto, ni aguardan Capitán ni oficial, ni hacen tropa para su resguardo, ni otra prevención se soldados y no saben qué es obediencia”.

En lo que se refiere  a construcción de fuertes, los españoles tenían por costumbre levantarlos en terreno despejado, donde no hubiera bosques. “Formaban sus cuarteles en figura redonda, dejando en medio una plaza pequeña con cuatro calles”. Los centinelas se ponían a unas treinta o cuarenta varas de las bocacalles. Para designar a los soldados de guardia el capitán los señalaba por sus nombres y les asignaba sus lugares. Esperaban al reemplazante hasta la hora del relevo; cuando éste no aparecía, iban en su busca descuidando la vigilancia. Durante el día, no se designaban, a menos que hubiese señales evidentes de peligro.

Rodeaban los campamentos por estacadas, y cuando era de temer un ataque de los indios, se reforzaban las guardias y los caballos se retiraban al centro de la plaza. Si los animales no cabían dentro de ella, se les ataba a la misma empalizada, pero, naturalmente, por el lado de afuera.

No se preocupan de mantener el fuego encendido para prender las mechas de los mosquetes y arcabuces. Cuando se destinaban centinelas en el exterior, no había sobre ellos control directo, sino que las patrullas de adentro del fuerte les gritaban cada cierta hora, y las rondas debían contestar. Si no lo hacían, porque estaban durmiendo, se limitaban a despertarles , pero esto no era motivo de castigo o represión.

“Para cerrar las puertas de los fuertes no había más cuenta de que un hombre, que llamaban echavelas, las cerraban después de puesto el sol, sin que ningún soldado tomara las armas para este efecto, no se tocaba la caja ni la campana, sino como quien cierra la puerta de un lugar seguro. Y al abrirla muy de mañana el propio echavelas, sin más guardia ni asistencia que si fuera una cosa que estuviera en medio de Toledo, sin salir a reconocer ni hacer otra diligencia ninguna como es uso y costumbre en todos los fuertes donde hay guerra”.

En los campamentos no se usaba dar santo y seña, y no había más oficiales que los capitanes. Las compañías de infantería no llevaban banderas ni tambores, y en el campo sólo había uno, que cuando correspondía marchar, tocaba recogida, y esa orden era válida para caballeros e infantes.

No pocas medidas hubo de tomar el nuevo gobernador para reorganizar las tropas españolas y lograr que se pareciesen a un ejército. Comenzó por restaurar la disciplina con mano dura. Prohibió terminantemente la entrada de los naturales a los cuarteles; el movimiento de los indios amigos o de servicio debería ser cuidadosamente vigilado. Cuando se presentasen embajadores, debían entrar al fuerte con los ojos vendados (rudo golpe para el servicio de información de los araucanos).En aquella época, hasta la llegada de Alonso de Ribera se consideraba en Chile a la caballería como el arma principal, y la infantería y artillería, secundarias. Resabio quizá de la España medieval a la que pertenecieron los primeros conquistadores, en la que los nobles combatían montados y los vasallos a pie. Con el tiempo, se fueron sumando otros factores que hicieron a todos considerarla la más importante. Primero fue el impacto que causó entre los naturales, la presencia de los caballos. Más tarde, cuando se producían las retiradas de   los indios, sólo los montados podían realizar la persecución y aniquilamiento del enemigo. Después, a medida de que los mapuches se fueron convirtiendo en diestros jinetes, se hizo más necesaria para enfrentarles. Y así, de un hecho en otro, se fue formando la convicción de que sin la, caballería no se podía actuar.

Pero don Alonso de Ribera tenía conceptos militares muy distintos. Formado como soldado en una Europa que se hallaba en el renacimiento, opinaba que Chile, más que ningún otro país, se prestaba para sacar gran partido de la infantería gracias a su particular topografía. “Hay distintos pasos (comenta) donde cincuenta infantes, se pueden defender de mil caballos y caminos tan estrechos y con tanta maleza donde mil caballos no van seguros de cincuenta infantes”.

De acuerdo a este criterio, el nuevo gobernador hizo de la infantería un arma importantísima. Sin embargo, no se inclinó hacia otro extremo, pues reconocía la necesidad de la caballería en la misión de repeler a los súbitos ataques indígenas, de luchar en campo llano, y para todas las otras actividades propias de esta especialidad. Determinó que, en cada división de quinientos hombres, hubiera por lo menos doscientos montados.

Expulsó del ejército a las “cámaras o rabonas” como les llamaban. Estas mujeres que, con el pretexto de servir a los soldados, les acompañaban en las campañas y eran excusa de gravísimos desórdenes. Se daban casos en los que soldados de baja categoría llevaban tres o cuatro mujeres para su atención personal, las cuales marchaban con ellos.

Una vez tomadas todas las medidas destinadas a organizar sus tropas, se preocupó  de dictar a su procurador Domingo de Erazo, a quien envió a España, las disposiciones que juzgaba más urgentes para Chile. Fueron de especial mención: fortificar los puertos más expuestos a los corsarios y la permanencia en ellos de naves de guerra; declarar libres del servicio militar en la guerra del sur a los vecinos de Santiago y de la Serena, para que pudiesen dedicarse al cultivo de sus campos y aumentar la producción de alimentos; dilatar el tiempo de las encomiendas y el número de indios encomendados; proporcionar recursos a los monasterios y hospitales, y fijar rentas estables a cada ciudad; liberar de contribuciones a los vecinos y de derecho a las mercaderías.

Por último, trató de conseguir mejores remuneraciones para los soldados que daban la guerra en Chile, pero el rey no se mostraba muy dispuesto a acceder a tales peticiones, porque las recibía en parecidos términos de todas las otras colonias. Y abrir la mano para Chile significaba abrirla para las demás, en circunstancias de que las arcas estaban casi exhaustas.

 

002-aa-logo-clotarioCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

CARTAS SOBRE EL TOMO I DE “EL CAPITAL”

Marx a la redacción de la revista rusa “Otietscestwenie Sapiski” (Hoja Patriótica)

[Fines de 1877]

Párrafo 06:

En varios lugares de El Capital aludo a la suerte que corrieron los plebeyos de la antigua Roma. Eran campesinos originariamente libres que cultivaban, cada cual por su propia cuenta, una parcela de tierra de su propiedad. Estos hombres expropiados, en el transcurso de la historia de Roma, de las tierras que poseían. El mismo proceso que los separaba de sus medios de producción y de sustentos sentaba las bases para la creación de la gran propiedad territorial y de los grandes capitales en dinero. Hasta que un buen día, la población apareció dividida en dos campos: en uno, hombres libres despojados de todo menos de su fuerza de trabajo; en otro, dispuestos a explotar este trabajo, los poseedores de todas las riquezas adquiridas. ¿Y qué ocurrió? Los proletarios romanos no se convirtieron en obreros asalariados, sino en una plebe ociosa cuyo nivel de vida era más bajo aun que el de los “blancos pobres” de los Estados Unidos y al margen de los cuales se desarrolló el régimen de producción, no capitalista, sino basado en el trabajo de los esclavos. He aquí, pues dos clases de acontecimientos que, aun presentando palmaria analogía, se desarrollan en diferentes medios históricos y conducen, por tanto, a resultados completamente distintos. Estudiando cada uno de estos procesos históricos por separado y comparándolos luego entre sí, encontraremos fácilmente la clave para explicar estos fenómenos, resultado que jamás lograríamos, en cambio, con la clave universal de una teoría general de filosofía, cuya ventaja reside precisamente en el hecho de ser una teoría suprahistórica.  

– Página –712 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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