“PELANTARU…” LA RUINA DE VILLARRICA


026pelantaru-la-ruina-de-villarrica

Se hace difícil comprender que durante tres años, en los que pasaron por Chile tres gobernadores distintos, no se haya realizado un socorro efectivo a Villarrica. O fueron sólo aparentes empujes para tranquilizar sus conciencias, o se presentaron dificultades realmente insuperables. El hecho es que Villarrica quedó totalmente abandonada por las autoridades a su suerte.

La lucha que libraron sus defensores fue homérica y constituye una demostración más del heroísmo castellano que raya en lo sublime. Se encontraron en ella  la tenacidad y energía española con la voluntad acerada de los araucanos resueltos a hacer caer la plaza. Los acontecimientos que se registraron son dignos de relatarse con minuciosidad, para que el lector pueda formarse una idea cabal de la bravura y decisión de los bandos.

Los indios habían arrasado con toda la ciudad y sus pobladores se hallaban reducidos a un pequeño fuerte, sin medios de comunicarse con las otras plazas ni de procurarse alimentos. Pelantaru se había retirado con sus tropas, pero dejó establecido un cerco invisible que impedía salir en busca de víveres o enviar mensajeros.

Pronto, la situación se hizo insostenible. Los alimentos se acabaron y el hambre comenzó  a apretarles a tal extremo que deseaban se produjeran escaramuzas con los indios para matarle algún caballo que les sirviera de comida. Sin embargo, los españoles demostraron más que nunca la firmeza y el valor de castilla. Los capitanes alentaban a diario a los soldados y les instaban a no descuidar la vigilancia en ningún momento. Uno de ellos, de apellido Tejeda, se las arregló para reunir cuanto elemento metálico encontró, incluyendo las campanas, y luego fundirlo todo, forjó dos cañones que más tarde les fueron de gran utilidad.

Desesperados por encontrar un medio que les permitiera paliar la hambruna, se reunieron los capitanes Bastidas, Chavari y Beltrán. Este último, que era mulato y experto en Ardiles, les propuso emplear una treta que podría dar excelentes resultados.

Gracias a su parentesco con algunos caciques comarcanos, Beltrán tomó contacto con uno de los principales jefes rebeldes, y le manifestó su intención de desertar del fuerte y pasarse a su lado; pero, a fin de usar en su beneficio los frutos de la victoria, que con su ayuda sería innegable, era preciso tomar algunas precauciones para asegurar que el botín a recoger no se perdiera. Ante una derrota, los cristianos destruirían o enterrarían todo lo que sirviera al enemigo. Era más inteligente quitarle las cosas valiéndose de la astucia antes del asalto. Con estas razones, les convenció de que trajeran a la plaza gran cantidad de alimentos para trocar con los sitiados, quienes por la necesidad, pagarían cualquier precio por ellos.

El plan era bueno. Los indios comprendieron que podían hacerse del despojo sin pérdida de guerreros, a cambio de víveres que recuperarían más tarde cuando diesen el ataque final. Así, día siguiente, comenzaron a llegar a las murallas del castillo, portando animales y hortalizas. Los guardias de la puerta les permitieron pasar en pequeños grupos; pero, a medida que fueron entrando, les mataron y quitaron cuanto llevaban sin que los de afuera se percataron. Cuando Beltrán se aseguró de que los indios estaban totalmente confiados, salió repentinamente con una compañía y cargó contra los desarmados mapuches, que abandonaron precipitadamente las mercancías. Los que no alcanzaron a huir fueron ultimados. El engaño de Beltrán permitió abastecer por seis meses a la guarnición, atendiendo a las privaciones a que estaban acostumbrados, pero le reportó el odio intenso de los traicionados.

Fue tanta la furia que despertó en los araucanos la felonía de que habían sido objeto, que respondieron con un ataque furioso contra la fortaleza. No importándoles las balas que disparaban los arcabuces de las troneras, cruzaron el foso y lograron prenderle fuego por tres lados. Los defensores reunidos en el cuarto paño, se reorganizaron para repeler el embate, y mientras las “mujeres pedían confesor”, el capitán Chavari consiguió expulsar a los atacantes de un torreón del que se habían apoderado. En tanto los indios se concentraban en cargar el cañón  y girarlo hacia el último reducto de los sitiados, Chavari se acerco con un grupo de arcabuceros y logró balearlos. Con el arma en su poder, les fue fácil rechazar la acometida y conseguir un momentáneo respiro. Los mapuches no volverían a ser engañados. Bien sabían ellos que las provisiones conseguidas tan malamente se acabarían por lo que permanecieron acosando con tenacidad implacable a la plaza. Cada vez que salían grupos a coger yerbas o raíces, eran eliminados por los cercadores.

Sólo dos españoles, Pedro Saucedo y Gabriel Martín, que tenían una habilidad especial para moverse en la oscuridad sin ser apercibidos, hicieron salidas nocturnas alejándose hasta ocho leguas de las murallas. Así consiguieron traer en varias oportunidades uno que otro caballo que les sirvió para sostenerse algunos días. La situación dentro de la plaza era espantosa y, según el padre Diego rosales, “encarecía el hambre y el valor de la comida y hacía despreciar el oro y la plata; que nunca falta quien la codicie, aunque sepa que la ha de perder. Valía una morcilla de carne de caballo diez pesos de oro; un tasajo, catorce; un celemín de cebada, cuarenta. Hombre hubo que durante el hambre se comió medio cuero de ante de Castilla y dos panes de jabón Una mujer se comió, acabada de parir, la criatura de sus entrañas Carne humana la comieron muchos, y de los indios que mataban hacían cecinas. Creció tanto la necesidad que los hombres querían echar suertes para comerse a otros; mas el esforzado capitán Bastidas, con su ánimo y mucha prudencia, les disuadió de una cosa tan abominable, persuadiéndoles a lo que era menos mal: que comiesen la carne de los indios que mataban, diciéndoles que con eso estarían más valientes y gallardos para pelear; porque a la gallardía de su valor, juntarían la valentía de los indios, convirtiéndola en sustancia. La gente más flaca, como las mujeres y los niños, se caían de hambre, y ya las dejaban irse al campo enemigo por no verlas morir a sus ojos, cada una se iba por donde quería, sin obediencia, las hijas a las madres y las mujeres a sus maridos; porque el hambre no guardaba respetos a la obediencia para conservar la vida. Y porque el enemigo estaba siempre de emboscada cerca del fuerte y para salir a coger yerbas era forzoso reconocer antes; no enviaban ya los hombres, porque se los llevaba el enemigo y hacían gran falta para la defensa del fuerte, y dieron enviar mujeres. Salió una a reconocer y llevosela el enemigo; salió otro día otra, y se fue lo mismo, con lo que la gente, muertos y cautivos, se iba disminuyendo”.

En una de esas salidas, cayeron cautivas doña Ana de Luna, doña maría de Figueroa y fray Martín de Rosas. Arreciaba en tal forma el hambre, que decidieron salir no muy lejos, en un grupo más numeroso, hasta detrás del convento de San francisco, a recoger manzanitas verdes. Se reunieron varios capitanes y dos clérigos, a los que se agregaron muchas mujeres y niños. Chavari y Beltrán insistieron, casi hasta la majadería, en que nadie se apartase, manteniéndose juntos, pero algunos de los soldados divisaron frutillas en las cercanías y se desbandaron.

Los indios que se mantenían a la expectativa emboscados en los alrededores, les cayeron encima apenas les vieron dividirse. Fue tan rápido el ataque que no alcanzaron a organizar resistencia alguna. La primera víctima fue el capitán Marcos Chavari, aturdido por una pedrada y aprisionado. Juan Beltrán se defendió como un león y tumbo a varios atacantes, pero al fin cayó muerto con numerosas heridas. Al verse sin Beltrán ni Chavari, el resto  del grupo se consternó, y habrían muertos todos si, en ese momento, no llega Bastidas con refuerzos y logra dispersar a los mapuches.

Muchos españoles murieron en la refriega y otros tantos cayeron prisioneros, entre ellos el explotador nocturno Pedro Saucedo que, como de costumbre, había salido a robar caballos.

Podemos imaginar el abatimiento que hubo en el cuartel. Esa noche durmieron con las armas en la mano. Al día siguiente los indios se presentaron a parlamentar y les intimaron rendición.

El cacique Cuminahuel, Puma Rojo, dejó a su gente a una distancia mayor de un tiro de arcabuz, e hizo adelantarse a los cautivos, fuertemente custodiados, hasta cerca d l as murallas. Señalando a Chavari les dijo que de amo había pasado a esclavo. Les recordó que Beltrán había pagado con la vida su traición y que así irían cayendo uno a uno si no se rendía. Finalmente, les ofreció que si entregaban la plaza les darían paso franco hacia Valdivia; en caso contrario, les matarían a todos.

Desde lo alto del torreón, Bastidas replicó preferían morir a rendirse, y que bien podía ir a preparar sus guerreros pues estaban listos para reiniciar el combate.

Al oír la negativa del castellano, el capitán Chavari les gritó que dejará salir a su mujer y a su suegra para que fueran a acompañarle en su cautiverio. Otro de los presos hizo el mismo pedido. Al poco rato, tres mujeres salieron del fuerte para ir a compartir con sus hombres la esclavitud de los indios que antes habían sido sus encomendados.

Después de todas estas alternativas, la gente del fuerte quedó reducida a once hombres y diez mujeres. Era tal su decisión de no rendirse, que ellas tomaron las armas y , los puestos de los soldados muertos. Así puede decirse que el bastión estaba defendiendo por veintiuna personas, cuyos nombres damos a continuación por la gesta heroica que protagonizaron más tarde. Ellos eran: Rodrigo Bastidas, Alonso Becerra, Juan Sarmiento de León, don Gabriel de Villagra, don Alonso de Córdoba, Domingo de Urasandi, Pedro Alonso, Francisco Núñez, Pablo Fernández de Córdova, don Juan de Maluenda casi niño, y el cura de Villarrica, de apellido Sedeño. Las mujeres eran: doña María Zapata, doña Lorenza de la Calzada, doña Isabel de Luna, doña Ana de la Paz, doña Inés de la Paz, doña María de Placencia, doña Juana Chavari, su hermana Ana, mujer del capitán Bastidas, doña Aldonza Beatriz Lozano.

Los indios sabían de su escaza fuerza y no queriendo ensañarse con ellos, les ofrecieron en numerosas ocasiones la libertad a cambio de la fortaleza, pero los españoles se negaron terminantemente a abandonarla.

El 7 de febrero de 1602, una gran junta, al mando del cacique Cuminahuel, se presentó ante el castillo. El jefe, cubierto sólo por un taparrabos y llevando en la mano una gruesa pica, se adelantó acompañado de un hijo del capitán Bastidas a quien tenía prisionero. Ofreciendo generosamente su pecho desnudo a las balas de los arcabuces, les gritó que si no rendía la plaza mataría al muchacho con sus propias manos al muchacho.

Trepando a una de las almenas del castillo, Bastidas replicó con energía que hacía tres años que les estaban ofreciendo la vida a cambio de rendición, y hacía tres años que estaba respondiendo que no, y que si habían de matar a su hijo para que entregara la plaza, prefería matarlo él mismo.

Acto seguido, desenvainando el puñal que llevaba al cinto, echó atrás el brazo para lanzarlo a su hijo, pero le detuvo Cuminahuel cubriendo con su cuerpo al niño, admirado del valor de su enemigo. Enseguida le gritó que tan gran guerrero merecía morir peleando y que él cuidaría del muchacho criándole como un indio.

No era la primera vez, que un capitán castellano prefería sacrificar un hijo antes de faltar a su honor rindiendo una plaza que le había sido confiada. Se repetía, en esta ocasión, lo mismo que hizo en 1290 Alonso Guzmán, llamado el Bueno, cuando tomó Tarifa y fue sitiado en esa fortaleza por los moros, que eran ayudados por el infante don Juan con la esperanza de destronar a su hermano Sancho. Don Juan se había apoderado de un hijo de Guzmán, de corta edad, y acercándose a la muralla amenazó a don Alonso con matarle si no se rendía. Pero la lealtad de Guzmán fue más poderosa que su amor de padre, y arrojando su daga a Don Juan le desafió a cumplir su amenaza. Don Juan asesinó al niño, pero la ciudad no se rindió.

Cuminahuel hizo adelantarse a los cautivos españoles y a un mestizo para que prendieran fuego al fuerte. Al hacerlo, el mestizo perdió la vida, pero la lumbre comenzó a propagarse con rapidez. La pequeña guarnición se multiplicó para repeler el ataque. Mientras los hombres disparaban las mujeres les alcanzaban la pólvora y las balas, y entre todos se combinaban para apagar el incendio. Pero pronto se acabó el agua y la hoguera se apoderó de la construcción.

Cruzando las llamas los araucanos entraron al recinto y mataron a cuatro. El resto fue liquidado durante la pelea o momentos después. A causa de sus muchas heridas. El niños Juan Maluenda consiguió huir entre la confusión y mucho tiempo después logró llegar a Santiago. Sólo se salvaron, en calidad de prisioneros, el capitán Rodrigo Bastidas y Juan Sarmiento de León, que fueron levados a los tolderíos indios junto con sus esposas.

Pero Bastidas había sido un soldado excepcional y constituía para los mapuches un trofeo de gran importancia. No podía correr la suerte de los demás. Reunidos en consejo, los principales cacique deliberaron sobre su destino. Muchos abandonaron la idea, por admiración, de perdonarle la vida, pero otros, los más rebeldes, se opusieron. El jefe Cuminahuel le llevó a la junta con una soga atada al cuello y completamente desnudo, pues los araucanos sabían que la mayor ofensa para un castellano era privarle de sus vestiduras. Al verle, su mujer corrió a cubrirle y abrasarle, pero otro de los caciques se lo impidió.

Cuminahuel, acallando los rugidos de la asamblea comenzó a ponderar la magnitud de la victoria que significaba la caída de Villarrica, que tan larga pelea les había dado. Ensalzó el hecho de tener prisionero al jefe español que la había defendido con tanto ahínco, y señaló que la mejor manera de marcar para siempre aquel día en la historia de su pueblo, era untar sus flechas y sus lanzas en la sangre de tan valiente guerrero.

Al instante una maza abatió para siempre la vida del heroico capitán, y aún caliente, le extrajeron el corazón y mojaron en él sus armas. Luego, cortándole la cabeza, la ensartaron en una larga pica que clavaron en medio de la junta, mientras cantaban victoriosos a su alrededor..

 

logo-12CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

II CARLOS MARX

GLOSAS MARGINALES AL “TRATADO DE ECONOMÍA POLÍTICA” DE ADOLFO WAGNER

Párrafo 10:

El mismo Wagner cita, complacido, estas palabras de Rau: “Para evitar equívocos, conviene definir lo que entendemos por valor en general; en la terminología alemana se acostumbra tomar este concepto como sinónimo de valor uso” (p. 46)

– Página –717 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

https://unidadmpt.wordpress.com/2012/05/08/transcribiremos-a-la-letra-el-capital-de-carlos-marx-tomo-uno/

¡SUSCRÍBETE A NUESTRO BLOG!

Tweets mentioning @Daniel206_73

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Antícapitaslista, ¡¡¡ Unidad Latinoamericana !!!, Campesinos- Jornaleros, chile, Compañero Presidente Doctor salvador Allende, Peones - Proletarios, SUTRA-CHILE, Trabajadores al Poder, unidad, Varios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s