“PELANTARU…” CAMPAÑA DE 1602


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Al mismo tiempo que se consumaba la caída de Villarrica, los defensores de Arauco era asediados por los rebeldes. El cacique Antemaulén se puso de acuerdo con los de Tucapel y lograron reunir alrededor de seis mil guerreros que mantuvieron ocultos en las cercanías del fuerte. Sabiendo lo difícil que era rendir una plaza por ataque directo, prefirieron atraer a los españoles a la lucha cuerpo a cuerpo, en campo abierto.

Para hacerlos salir, Antemaulén ideó una estratagema. Durante la noche colocó en la bahía de Arauco una gran balsa cargada de enormes paquetes y chiguas de paja, con la intención de hacerles creer que se trataba de pertrechos enviados de Concepción. Efectivamente, al  amanecer, los vigías de las atalayas lanzaron gritos de alborozo al ver la embarcación, y todos quisieron salir a su encuentro; pero el jefe de la fortaleza, Francisco Galdames de la Vega, les detuvo, recelando una emboscada. El dominico fray Diego Rubio era el que más se empeñaba en correr a recibir a los tripulantes que venían en su auxilio, tanto insistió, que el capitán se vio obligado a pedirle que se dedicara a rezar y le dejara a él las cosas de la guerra.

Cuando Antemaulén advirtió que los enemigos no habían caído en la trampa, ordenó que algunos de los emboscados simularan una pelea con los de la balsa e incluso les cautivaran. Los  pretendidos marineros empezaron a lanzar grandes gritos pidiendo ayuda mientras los atacantes se burlaban de los españoles por dejarse tomar prisioneros en sus mismas narices.

Desde arriba de las murallas el capitán Galdamez les gritó que no le habían engañado, que si realmente eran socorros para ellos por qué no degollaban a los tripulantes. Esto decidió a Antemaulén a dar un ataque frontal al castillo y rendirlo por la fuerza.

Entretanto en Concepción, Alonso de Ribera se preparaba para ir en su ayuda. Había desmantelado el fuerte de Talcahuano y trasladado su guarnición a otras dos fortificaciones que construyó a orillas del Biobío, en un lugar llamado Guaranaque. La nueva posición le permitiría irrumpir en tierra de los Coyuncheses, una de las Reguas más belicosas, e ir ampliando lentamente su campo de dominación. A una de esas casas llegó la tropa de portugueses enviada por el gobernador de Buenos Aires. De ese grupo sacó treinta hombres y los dejó en Guaranaque, provistos de tres barcazas que había hecho construir para el paso del río.

Antes de partir hacia Arauco, Ribera se planteó nuevamente la eterna pregunta de si ir en socorro de Villarrica. A fin de compartir la responsabilidad, reunió a sus capitanes en consejo. Allí tomaron el acuerdo de ayudar primero a Arauco, que les aseguraba la posesión de un vasto territorio y la pacificación al norte del Biobío.

Después de dejar al capitán Gonzalo de Becerra con ciento veinte soldados y cierta cantidad  de yanaconas al cuidado de los fuertes ribereños, partió el 8 de febrero en dirección a la Casa de Arauco. En el camino, fueron atacados por una numerosa partida de mapuches que venían al mando de un mestizo llamado Prieto, pero pronto la desbarataron.

Ribera comenzó con la destrucción sistemática de las sementeras de los comarcanos, en especial de los valles Longonabal y Laraquete, ofreciéndoles el perdón si se sometían. Los de Quidicio aceptaron, peo el gobernador les respondió que si no daban la paz todas las reuas de la provincia, no haría tratos con ninguna.

Una vez que llegó al castillo, lo llenó de granos y leña quitada a los indios víctimas de las incursiones. Luego, nombró jefe de plaza al capitán Tomás Durán en reemplazo de Galdamez de la Vega, y maestre de campo a Antonio Mejía en lugar de Diego Henríquez.

Mientras se preocupaba personalmente de estos menesteres, envió gente a continuar con la devastación de los sembrados. En una de esas correrías, Álvaro Núñez de Pineda se emboscó con un buen escuadrón de caballería, y logró cautivar a veinticuatro conas, trece de los cuales eran principales de la comarca. Los que no murieron en el encuentro fueron ahorcados.

Aprovechando que Alonso de Ribera se encontraba en Arauco, los indios vecinos a Guaranaque, encabezados por el cacique principal de la provincia, Teubelién, atacaron los fuertes en número de mil. Gracias al poder de fuego de los bastiones y a la rígida disciplina implantada por el gobernador, no sorprendieron desprevenidos a los españoles y fueron rechazados con cien muertos.

A cargo de la guarnición se hallaba el comandante Gonzalo Becerra, militar muy cuidadoso, a quien apuntaron la miras de los araucanos. Si le conseguían eliminar, causarían un buen daño a las fortalezas y debilitarían su resistencia. No pudiendo realizar un ataque directo, pues la organización y sistema defensivo que se había establecido eran superiores, pensaron que debían contentarse con la guerra de guerrillas en la cual eran maestros. Para hacer caer al comandante, recurrieron a un ardid que requería de mucho arte histriónico.

Cierto día, se presentó a uno de los fuertes un cacique que dijo llamarse Guarenaque, y ser señor de los valles en que se hallaban asentados sus cuarteles. Iba acompañado de todas sus mujeres e hijas, y pidió hablar con el capitán Becerra para darle la paz. Los guardias del portón transmitieron la voz al jefe de la plaza, quien se asomó por una de las mirillas. Al ver que el cacique era anciano y venía seguido de mujeres solas, no tuvo desconfianza. Pero como Ribera había ordenado terminantemente que no entrasen indígenas, salió personalmente a reunírsele.

Al ver llegar, el viejo le abrazó con grandes demostraciones de afecto. Le manifestó que hacía mucho tiempo que quería pactar la paz y vivir tranquilo, pero a causa de los indios de guerra no había podido hacerlo. Ahora ante la presencia de soldados españoles que podrían protegerle, había aprovechado una borrachera de los rebeldes para venir a presentar sus respetos y someterse.

Mientras conversaban, le fue apartando inadvertidamente de las murallas y acercando a una barraquilla próxima al río, que no estaba más allá de un tiro de ballesta del fuerte. Entre tanto, las mujeres se pusieron a cortar ramas y a barrer el terreno, como limpiando el sitio donde levantarían su ruquerío.

El cacique, emocionado, contaba al capitán lo mucho que había añorado el llano donde antes tuviera su morada. El oficial se enterneció al ver derramar lágrimas a un anciano, y le aseguró que le defendería de los indios de guerra. El viejo le advirtió que dejaría algunos jóvenes cortando los palos para levantar su casa, y rogó a Becerra que en el lugar escogido mandase poner una cruz muy grande, de acuerdo a la orden de los obispos de que en todos los pueblos indígenas se hiciese así.

Sin cesar de hablar, se sacó el sombrero que llevaba. Era la señal acordada con el escuadrón de jinetes que se hallaba emboscado detrás de unas lomas. Con suma rapidez los guerreros despegaron los pechos del suelo y, subiendo a sus monturas, atacaron con fiereza, galopando a toda rienda. Al pasar el tropel por el costado del capitán le derribaron de un fuerte golpe en la cabeza.

A la voz de los centinelas que gritaron “¡al arma! ¡al arma! Salieron corriendo unos arcabuceros que lograron meterse entre los indios, apartaron a su jefe e impidieron que se  lo levaran. Los españoles peleaban a pie y los araucanos montados, pero las balas hacían daño por igual en ambos bandos. Cuando el combate estaba por inclinarse a favor de los atacantes, salió del fuerte un cabo de escuadra seguido de un grueso número de mosqueteros. Mientras los adversarios se batían con gran brió, el cacique Guarenaque se retiró disimuladamente, cubriendo con su cuerpo a las mujeres que le habían acompañado.

Los mapuches, al ver al capitán inmóvil en el suelo, creyeron haber conseguido su objetivo y optaron por retirarse a galope tendido. Sin embargo, el comandante no había muerto pese  a que le hundieron el cráneo. Su gente le envió rápidamente a Santiago donde estuvo seis meses sin juicio.

Al día siguiente del atentado, llegó a Guaranaque el gobernador Alonso de Ribera, y envió a Pedro Cortés a talar todas las sementeras hasta el río Vergara. Cortés no sólo destruyó los sembrados, sino hizo además cuarenta prisioneros y degolló a otros “cuarenta indios corsario”.

Para asentar más su dominio, Ribera fundó otro fuerte en la afluencia de los ríos Biobío y Vergara, cerca de isla de Diego Díaz. Consideraba tan importante esta nueva posición, que dejó allí dos compañías de infantería al mando del capitán Alonso González de Najera. Le puso por nombre santa Fe de la Ribera.

Pero los araucanos no se quedaban quietos. Aprovechaban que el gobernador se encontraba en un lado, para atacar por el otro. Así se dejaron caer sucesivamente sobre los fuertes de Talcahuano, Tomé, San Pedro de Ñuble, e incluso llegaron hasta la estancia del rey cerca del Itata.

Viendo que los fuertes que habían  levantado en el centro mismo de la sublevación no sosegaban a los indígenas, Ribera trasladó el de Lonquén a Quincamali, y puso ahí dos compañías de caballos ligeros a cargo de los capitanes Alvaro Nuñes de Pineda y Ginés de Lillo.

Días después, construyó otro en las Cangrejeras, media legua al norte de Concepción, al que asignó una dotación semejante al interior. Esta quedó al mando de los capitanes Alonso de Ribera y Luis de Castillo.

Finalmente, antes de dar por concluida su campaña de 1601-1602, realizó una serie de correrías por los alrededores de Concepción, haciendo el mayor daño que pudo. Simultáneamente con él, el capitán Alonso Rodríguez efectuó treinta y cuatro entradas en campos indios. Estaba en estos afanes, cuando recibió noticias de la muerte del coronel del Campo y de la caída de Villarrica. Con gran prontitud, despachó un antiguo velero que los españoles llamaban Galizabra, con toda clase de víveres y pertrechos a Valdivia. Viajaba en él don Antonio Mejía que debería quedar como maestre de campo general para todo el sur.

Si analizamos los logros de esta campaña, podemos concluir que mientras los españoles destruían las tierras indias, los araucanos arrasaban las suyas. Como resultado, los campos que debían producir alimentos para una región tan azotada por el hambre, quedaron ese año son lograr fruto.

 

logo-16CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

II CARLOS MARX

GLOSAS MARGINALES AL “TRATADO DE ECONOMÍA POLÍTICA” DE ADOLFO WAGNER

Párrafo 14:

En segundo lugar, solamente un vir obscurus que no haya entendido ni jota de El Capital puede argumentar así. Puesto que Marx, en una nota a la primera edición de El Capital, rechaza en general toda esa cháchara profesoral alemana sobre el “valor de uso” y remite a los lectores que quieren saber algo acerca de los verdaderos “valores de uso” al “conocimiento pericial de las mercancías”11, el valor de uso no desempeña según él papel alguno. El papel que no desempeña es, naturalmente, el del término antagónico suyo, el “valor”, el cual no tiene de común con él más que una cosa: el hecho de que en la locución “valor de uso” aparezca también la palabra “valor”. Con la misma razón hubiera podido decir yo que descarto el “valor de cambio” por no ser más que una forma de manifestarse el “valor” de una mercancía no es ni su valor de uso ni su valor de cambio.

11:Cfr. Supra, p. 4 (Ed.)

– Página –718 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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