“PELANTARU…” ATAQUE AL FUERTE DE SANTA FE


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Más que fuerte, Santa Fe de la Ribera era un castillo de la mejor construcción y el más resistente de todas las plazas españolas. El mismo gobernador lo describe como “tan bueno y de tan buena raza que puede serlo donde quiera si se vistiese de piedra”. Rodeado de fosos, murallas y parapetos, era inexpugnable para los indios. Metido cerca del centro de operaciones de la causa rebelde, constituía una posición muy estratégica para los invasores, y una amenaza permanente para los araucanos.

No tardaron los puerenses en darse cuenta de que {esta era una plaza difícil, por no decir imposible de atacar. Sin embargo, no se dieron por vencidos. Los generales indios decidieron simplemente continuar con su t{actica de provocar a los españoles para que saliesen del fuerte, e impedirles las comunicaciones y la llegada de recursos.

Las noticias de la solidez del bastión de Santa Fe llegaron hasta el mismo Pelantaru. El toqui general valoró la innegable importancia de su ubicación y por ello la necesidad de destruirlo. Los espías le informaron de su dotación, armamento, defensa, construcciones y todo lo necesario para un ataque en regla. Había encomendado esta misión a uno de sus lugartenientes, para que con la ayuda de las tribus de la región acabase con el estilo, pero sus esfuerzos infructuosos.

Pelantaru comprendió que no podía dilatar más si caída. Octubre estaba por terminar y pronto llegarían refuerzos de tropas y bastimentos que harían imposible una nueva tentativa. Si no acababan ahora con los invasores, dominarían la zona y obligarían a los comarcanos a dar la paz. Conocía también la enorme capacidad militar del comandante Alonso González de Nájera, y como guerrero araucano sentía profunda admiración por un adversario de tanto fuste.

Los españoles, por su parte, comprendían que a los mapuches les sería imposible intentar un asalto armado tan sólo de flechas, picas y coraje, contra el castillo más resistente de cuantos había en Chile. Pero no se descuidaban, porque sabían que la astucia guerrera de sus enemigos era inagotable.

Decidido pues, Pelantaru a arrasar con la fortaleza y conociendo sus limitaciones, designo como segundo al cacique Nabalburi que manejaba los hilos del espionaje. Comenzó por reunir unos seis mil hombres y les organizó, con la orden de mantenerse a la expectativa, mientras echaba a andar su servicio secreto.

Nabalburi comprendió que debía contar con auxiliares dentro de la plaza, y busco entre todas las Reguas que estaban a su mando, a tres personas, las más flacas que pudo encontrar.

Un hombre, una mujer un niño, tan delgados y débiles que los huesos se les podían contar, se acercaron un día al fuerte casi arrastrándose, medio desfallecidos, y solicitaron que les diesen asilo. Manifestaron al capitán de Nájera que antes de morirse hambre, preferían ofrecerse voluntariamente como esclavos a cambio de comida.

El comandante se movió a compasión y les recogió. ¿Qué podía temer de tres infelices que apenas tenían fuerzas para caminar? En cambio, era su obligación dar protección a los naturales que se sometiesen. Los desgraciados le manifestaron que los indios de guerra les habían dejado en ese estado, por ser amigos de los españoles.

Los espías, sin embargo, llevaban el encargo de Pelantaru de levantar una barraquilla arrimada a las construcciones más grandes que hubiera dentro del fuerte. El día fijado para el ataque deberían iniciar un incendio que distrajera a los defensores. Para evitar confusión en las fechas, el hombre llevaba un yipo, cordel con una serie de nudos que se iban desatando una cada día hasta llegar al momento señalado. Nabalburi se quedó con otro igual.

El indio contó al capitán que, siendo encomendados de doña María de Rojas, esposa de Bernal de Mercado, los habían cautivado los rebeldes y les tenían reducidos a tal estado de hambre que habían muerto sus hijos, quedándoles sólo el que les acompañaba.

El comandante observó que la india llevaba a sus espaldas el atado habitual y le pidió que mostrara lo que contenía. El hombre molesto y reaccionó con tanta dureza como si se hallara en campo propio. Esto alentó las sospechas de González de Nájera que insistió en revisarlo.

Uno de los soldados arrebató la mochila a la mujer y vació el contenido en el suelo. Aparecieron unos ovillos de lana, y bajo ellos, unos palillos para hacer fuego. Esto no sorprendió mayormente al capitán, que conocía la costumbre d los naturales de viajar con elementos para cocinar sus comidas. El soldado revisó entonces al marido. Bajo su taparrabos descubrió el yipo que terminó de poner en ascuas al comandante.

Sospechando una traición, hizo aplicarles tormento. Los verdugos fueron indios auxiliares de la fortaleza que extremaron su crueldad. El pobre infeliz no pudo resistir más y soltó la trama, que fue confirmada por la mujer. Después de la confesión, hecha en presencia del faraute de la guarnición, fue condenado a muerte. Dos días le dieron para que se confesara y convirtiera al cristianismo, pero él se mantuvo firme. Vencido el plazo, los esclavos le llevaron hasta un llano y los alancearon con gran alegría para demostrar el odio que sentían por los de guerra. Se comprenderá, ahora, por qué los guerreros araucanos no perdonaban la vida a estos hermanos que se entregaban así a los enemigos y traicionaban a su raza.

La india admitió no ser mujer del ajusticiado. Ella y su niño se convirtieron y les perdonaron la vida, pero la mantuvieron en cepo un largo tiempo. Así la encontraron los asaltantes el día del ataque.

Pelantaru, que no sabía lo acontecido a sus espías, continuó sus preparativos como cualquiera de los mejores generales europeos. Se mantuvo veinticuatro horas sin apearse de su caballo, dando instrucciones y repartiendo los puestos, con tanta diligencia y habilidad que, cuando los españoles supieron después en detalle la preparación, quedaron admirados de su capacidad. El propio Alonso de Ribera, que hemos visto era un excelente estratega, comenta al rey en una de sus cartas la inteligencia y cabalidad de este jefe indio “que procura la libertad de su patria!

El descubrimiento de la intriga hizo que González de Nájera redoblara las precauciones dentro de la fortaleza, y ordenó que cada soldado durmiera con las armas en la mano en el paño de muralla que le correspondía defender.

Al cuarto de alba, o sea dos horas antes del amanecer el 28 de octubre de 1602, las tropas de Pelantaru comenzaron a acercarse al fuerte divididas en cuatro contingentes que debían atacar por diferentes lados. Los centinelas no pudieron captar, pese a la claridad de la noche, el acercamiento de los indios. Reptando con los pechos pegados al suelo, se fueron aproximando lentamente a las murallas encubiertos por atados de rama que ocultaban sus cuerpos. Los guardias, que estaban sobre aviso, pues el yipo descubierto tenía doce nudos y ya habían pasado doce días, se esmeraban en escudriñar los matorrales de los alrededores, pero cuando éstos se movían no sabían si eran las sombras de los ramajes agitados por el viento o el enemigo.

De pronto, uno de los centinelas vio moverse una mata con demasiada rapidez, y lanzo el grito de alarma disparando su arcabuz. Pelantaru ordenó el ataque. El guerrero descubierto lanzó con poderosa fuerza de su brazo la pica al centinela que había dado el aviso. La distancia no era poca, pues los matorrales, donde se había escondido no estaba cerca, pero la jabalina voló como un rayo y cayó con certera puntería en el cuello del guardia.

El griterío que acompañó al ataque fue espantoso. El usual chivateo de los indios era capaz de helar la sangre en las venas, pero la disciplinada guarnición se mantuvo valerosamente en sus puestos. Los purenses, que eran los más bravos, portaban tablones para cruzar el ancho foso y escalas para trepar las murallas. Su acción fue reforzada por la flechería, cuyas nubes de dardos obligaron a los defensores a protegerse con las rodelas, y les impidieron oponerse a los que ya subían por las empalizadas.

Otro grupo de furiosos atacantes comenzó a alancear con sus picas a través de las junturas de los troncos de la muralla. Algunos, más audaces, comenzaron a destrozarla abriendo boquetes con sus hachas. Tanta fue la osadía de los indios, que por esas perforaciones quitaron a los soldados un arcabuz, un mosquete, una frazada y una capa.

Gonzales de Nájera había dispuesto que algunos yanaconas llevaran las mechas listas a los arcabuceros, para evitar que acudiesen al cuerpo de guardia a encenderlas y descuidaran sus puestos. Con esa precaución, el fuego de mosquetes y arcabuces fue intenso. El capitán armado con su rodela y espada, se hallaba en todas partes, reforzando los puntos debeles para hacer más cerrada la resistencia. No obstante su bravura, no pudo evitar que le diesen un lanzazo por debajo de la adarga y un flechazo en una pierna. Poco después, se libró por milagro de un fuerte puntazo que le llegó a traspasar el escudo. Acompañado del capitán Francisco de Puebla, se encontraba en todos lados animando a sus soldados a morir peleando.

Los indios del otro lado del foso esquivaban los tiros y devolvían flechas a los que se asomaban por las troneras. Algunos, encaramados sobre la muralla, cogían con sus manos las lanzas de los defensores y, después de quebrarlas, se quedaban “con los trozos de los hierros en las manos” y los usaban como garrotes contra los españoles.

Tras dos horas de arduo combate, en que el estruendo de las hachas rompiendo las murallas era ensordedor, el comandante de plaza comprendió que únicamente un milagro podría salvar al fuerte. Pero no sólo los araucanos urdían tretas. El capitán hizo correr la orden entre sus soldados de comenzar a gritar con alegría: “¡los indios huyen! ¡los indios huyen!! Como la gran mayoría de los mapuches comprendían el castellano, los que luchaban en un lado creyeron que sus compañeros del otro huían en realidad. Primero, se produjo el desconcierto y luego la dispersión. Este respiro bastó para que los españoles se concentraron, lograron rechazar el asalto en dos de los lienzos de la muralla, hasta que se produjo la retirada de los atacantes.

Si bien los purenses no consiguieron tomarse el fuerte, el resultado para los hispanos  no dejó de se desastroso. Treinta y nueve soldados con heridas graves d lanza y otros tantos más leves. El capitán Puebla recibió dos picazos, al igual que González de Nájera. Otro, un tal Granados, fue derribado de un arcabuzazo disparado por los asaltantes. Uno de los pocos que se salvó sin in rasguño, pese a haber peleado como un león, fue los alfares Jusepe Lunal. De los indios amigos, doce fueron eliminados. Por todos estos efectos se puede comprender el comentario que hizo don Alonso de Ribera al informarse de los hechos:”¡Cosa la más nueva que yo jamás he oído!”

Justifica esta opinión el hecho de que indios armados sólo de lanzas y flechas, sin corsecletes ni otra protección que cubriese sus cuerpos desnudos, hubieran estado a punto de rendir la fortaleza mejor construida y guarnecida.

Los atacantes dejaron en el campo a doce cadáveres, todos con espuelas. Eran purenses que llegaron montados hasta el lugar de combate y luego se apearon para iniciar la acción. Sus pies demostraban heridas producidas por los  abrojos que había en el campo enfrente del fuerte, y llevaban colgados al cuello huesos de canillas de jefes españoles, en señal de haber muerto a soldados de renombre. En sus brazos se veían atadas las cuerdas que normalmente usaban para amarrar a sus prisioneros. El comandante les hizo decapitar y colocó sus cabezas clavadas en picas sobre las murallas.

En el foso que rodeaba el castillo, hallaron gran cantidad de armas rotas y algunos atados de paja embreada para quemar la empalizada. Junto a ella, un indio había hecho un hoyo para protegerse de los balazos mientras trataba de iniciar el incendio. Allí encontraron una olla con paja menuda y estopas. Su cuerpo descabezado aún conservaba en la mano unos palillos para prender el fuego. Daba la impresión de que en el momento en que se preparaba para hacerlo, le sorprendió un mosquetazo del fuerte; pero no con balas sino con el rascador. Cuando a los españoles se les acaban las municiones, metían dentro del cañón los botones de sus uniformes y hasta los rascadores destinados a limpiar el ánima de las armas.

El cuadro que presentaba el fuerte era desolador. Había mucho que reparar. Gran parte de las murallas destruidas, y balo ellas, zanjas cavadas por los asaltantes durante el combate para penetrar al interior.

Sabemos que el problema de los araucanos era la imposibilidad de mantener un asedio por largo tiempo. Si hubieran persistido, el castillo habría caído. El mayor enemigo de los sitiados, el hambre, ya había comenzado a hacer estragos.

La ración normal que se daba a los soldados, no existiendo emergencia, era de cuatro celemines de trigo o cebada para un mes, cantidad que, según las reservas que tuviesen, bajaba hasta tres celemines. Cada uno molía en morteros de piedra, a la usanza indígena, el grano que luego cocían; así se lo comían, sin sal ni condimento alguno.

A medida que las provisiones se fueron acabando, González de Nájera ordenó que se alternasen las dos compañías para salir a recoger cardos, que en España se daban verdes a los caballos. Cuando éstos se terminaron, las patrullas comenzaron a traer otras yerbas que pronto les enfermaron. El capitán optó por salir personalmente en la barca, río arriba, a buscar unas pencas de hojas grandes u ásperas del tamaño de una rodela. Este alimento pasó a ser codiciado que, al momento del reparto, “era menester hacerlo siempre con la espada en la mano, porque sobre el comer mostraban atrevimiento los soldados y falta de respeto”, escribe el comandante.

Después comenzaron a comerse las adargas y cualquier cosa de cuero, como las correas que ataban los troncos de la empalizada. A las guardias nocturnas se les prohibían llevar cuchillos o espadas para evitar que les sacasen las amarras del maderamen. Pero tanta era el hambre, que una mañana aparecieron varios lienzos de la muralla desatados y abiertos. Los centinelas fueron a parar al calabozo.

Los perros vagos, que casi a diario se acercaban al fuerte, eran cazados como presas deliciosas. Los soldados terminaron masticando cualquier cosa que cogían. En corto tiempo, murieron dos sargentos reformados y más de veinte soldados.

Pronto se iniciaron las deserciones. Los cronistas de la época  comprueban que aquéllas se producían únicamente entre los soldados provenientes del Perú, nunca entre los de España. Uno de los primeros desertores fue el mestizo Diego Palacios, venido de Potosí, que se pasó al enemigo y se convirtió en “uno de los mayores corsarios de ellos”.

Luego fue un sargento reformado llamado Salazar, que después aprisionaron junto a una partida de indios rebeldes y le ahorcaron. Pocos días más tarde, sorprendieron a tres soldados que se habían embarcado, para huir al Perú siguiendo el curso del río hasta el mar. Otra intentona fue mayor. El alférez Simón Quinteros, que había venido con el refuerzo de Quito, juntó once soldados con la intención de cruzar la cordillera por un paso frente al fuerte de Santa Fe. Quinteros ya había estado con la soga al cuello por un intento anterior y ya había sido perdonado. Esta vez no se libró de la horca, como tampoco el soldado Pedro Martín que también era reincidente. El resto se salvó, gracias a que los castellanos no podían darse el lujo de perder doce hombres en esos momentos.

En Santiago, el gobernador descubrió otro conato de evasión, pero eran principales las personas que lo habían preparado, que Alonso de Ribera no se atrevió a ahorcarles y se limitó a impedir que lo llevaran a cabo. Se trataba de Juan Reinoso, capitán reformado y hombre de bien, el alférez Montalvo y de don Juan de Vivas de las Cuevas, todos venidos con Cárdenas y Añasco.

El gobernador comprendía que se debía eliminar la causa y no el efecto. Por esta razón, al dar cuenta al rey de los hechos, solicita urgentemente que se aumente el situado para mejorar las rentas de los soldados.

En los primeros días de 1603, se encontraba nuevamente don Alonso de Ribera en Concepción. Había tenido una serie de problemas en Santiago, especialmente con algunos obispo, y se preparaba ahora para consolidar la dominación del Biobío. Partió de la capital penquista con el máximo de soldados que pudo reunir, en dirección al abandonado fuerte de Santa Cruz, que pensaba reedificar como punto de partida para sus futuras acciones. Recordaremos que se hallaba situado en ribera sur del Biobío, frente a su confluencia con el Laja.

Como el inconveniente de este bastión era el abastecimiento de agua, por la distancia que lo separaba del río. Ribera cambió su ubicación. Fundó el nuevo fuerte de Nuestra señora de Halle, a tres cuartos de legua del anterior, junto al estero  de Millapoa. El nombre dado por Ribera a la nueva plaza, que debería en el futuro transformarse en ciudad, se debía a la devoción de los españoles que habían hecho la campaña de Flandes por una imagen de la Virgen María que se encontraba en la iglesia de la ciudad de Halle, provincia de Brabante, en Bélgica.

Con la creación de la nueva fortaleza no hacían falta los fuertes de Guaranaque, cuya guarnición había logrado resistir el invierno con grandes privaciones. Trasladó todo a la reciente construcción, incluyendo las tres barcas para el cruce del río, a las que agregó dos pontones para el transporte de caballos.

 

002-aa-logo-clotarioCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

II CARLOS MARX

GLOSAS MARGINALES AL “TRATADO DE ECONOMÍA POLÍTICA” DE ADOLFO WAGNER

Párrafo 20:

(Lo único un poco claro que sirve de base a la tontería alemana es el que, en el lenguaje, las palabras valor o valer se apliquen en primer lugar a las cosas útiles que llevaban ya largo tiempo de existencia, incluso como “productos del trabajo”, antes de convertirse en mercancías. Pero esto guarda con la determinación científica del “valor de las mercancías” exactamente la misma relación que el hecho de que los antiguos empleasen la palabra sal, en una principio, para designar la sal de cocina, por cuya razón el azúcar etc., figuran también, desde Plinio, entre las especies de sal (y en realidad, todos los cuerpos sólidos e incoloros solubles en el agua y con sabor característico) y la categoría química “sal” incluye asimismo el azúcar, etc. 

– Página –721 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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