“PELANTARU…” MOTIN EN VALDIVIA Y SU DESPUEBLE


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Mientras Ribera se preocupaba de afianzar la seguridad del norte, consolidando la dominación del Biobío, y lograda la paulatina recuperación del reino, en el sur los indios mantenían el asedio a las dos únicas posesiones españolas que quedaban aparte de Castro: la plaza de Osorno y la  incipiente ciudad de Valdivia. Esta última comenzaba a renacer en torno al fuerte de Trinidad, fundado por Hernández Ortiz, y contaba con ciento veinte hombres de guarnición al mando de Rodrigo Ortiz de Gatica.

A medidas de junio de 1602 había partido de Concepción la galizabra que les llevaba alimentos y pertrechos, pero fue cogida por fortísimos vientos del norte y se estrelló contra las rocas en el archipiélago de Chiloé.  En el accidente, perecieron el maestre de campo Antonio Mejía, que iba a hacerse cargo del sur, y tres hombres más. El resto fue difícilmente rescatado por gente de Castro que envió oportunos socorros.

Después de la caída de Villarrica, Pelantaru concentró sus fuerzas en la región austral. Luego de mantener en cerrado cerco a Valdivia, dando caza a las partidas que salían en procura de alimentos, se decidió a dar un ataque frontal. Si no conseguía rendirla, por lo menos mermaría parte de su guarnición.

Tal como lo suponía, la plaza no cayó, pero logaron matar a su comandante y a otros soldaos, y acogieron algunos prisioneros. Gaspar Viera tomó el mando del fuerte y envió un mensajero a Hernández Ortiz que estaban en Osorno, pero los indios lo sorprendieron y lo mataron.

La guarnición disminuyó a quince hombres sin recursos. Las malocas en tierras indígenas y la destrucción se sementeras hicieron que empezara a manifestarse, con extremada dureza, la falta de víveres. Lentamente, fueron muriendo de hambre, una tras otra, noventa y dos personas. Algunos no soportaron tal padecimiento y prefirieron pasase al enemigo. Seis soldados y dos mujeres lo consiguieron, pero otros tres fueron descubiertos y ejecutados.

Entretanto en Concepción el gobernador, intranquilo por la falta de noticias de la galizabra, resolvió despachar una segunda nave con auxilios al mando de Arrae. Este se topó en la travesía con otro barco que venía de Chiloé, y optaron por regresar juntos a Concepción. En los últimos días de 1603, zarparon ambas embarcaciones con instrucciones de dejar parte del cargamento en Valdivia y continuar con el resto a Carelmapu, para desde allí dirigirme por tierra a Osorno.

El socoro no pudo ser más oportuno. Un poco más que hubiesen demorado y habrían encontrado en Valdivia sólo algunos cadáveres. Alonso de Ribera había enviado al capitán Gaspar Doncel para se hiciese cargo de la plaza y Gaspar Viera le entregó el mando. El nuevo comandante se apresuró en descargar la nave para volviera urgentemente a Concepción por más auxilios. La guarnición que recibía Doncel no pasaba de treinta y seis personas, incluyendo a los clérigos y  a las mujeres. El resto había terminado sus días en manos de los enemigos o del hambre.

El capitán Doncel poseía extraordinarias  condiciones, pero su nombramiento produjo descontento entre los pobladores que no deseaban otra cosa que salir de aquel lugar. Pronto tramaron una conspiración para matarle y hacerse a la vela en el primer barco que asomara por la rada con miras a alcanzar algún lugar donde no llegara la mano de la justicia. El único que se opuso al movimiento sedicioso fue el factor del fuerte, don Francisco Paniagua.

Los amotinados apresaron al nuevo corregidor y le encerraron en su propia casa. Pero Gaspar Doncel no era hombre que se entregara fácilmente. Conociendo el destino que le cabía esperar, se dispuso a no perder oportunidad para librarse y sofocar la revuelta. Felizmente, la habitación en que encontraba prisionero estaba en el centro de la plaza, y tenía una ventana secreta que sus captores no conocían. Creyéndole bastante seguro, no se preocuparon de registrar totalmente la morada en busca de armas, u así pudo el capitán encontrar una vieja escopeta que tenía guardada.

Espiando por el ventanuco, se puso a esperar la ocasión de dispararle al cabecilla, pues si conseguía matarle, aprovecharía la sorpresa y dominaría al resto. El plan era bastante arriesgado y con pocas probabilidades de éxito, pero como no tenía otra esperanza, se mantuvo al acecho como águila de su presa.

Ignorantes de la situación, los sediciosos transitaban por la plaza del cuartel sin mayor prevención. En cierto momento, acertó a pasar el jefe y se puso a conversar con otro de los rebeldes. Verlo y apretar Doncel el gatillo fue una sola cosa. El atronador balzo de la escopeta le voló un brazo hasta el hombro.

El ataque causó tal desconcierto que permitió al capitán salir corriendo y encañonar al resto que no atinó a reaccionar. Rápidamente, llamó en su auxilio a todo súbdito leal al Rey que, como sabemos, era sólo el factor. Aprovechando esos momentos de estupor, Doncel remató al cabecilla lo que terminó de enfriar los ánimos de los amotinados. Ayudado por Paniagua, le cortó la cabeza y ensartándola en una lanza, la paseo por el fuerte.

Este acto de audacia bastó para sofocar la insurrección. Dos días después llegó el patache que había llevado los víveres a Osorno y Doncel dejó parte de la tripulación en tierra, después, hizo ahorcar a los más inculpados y envió misivas al gobernador informando lo sucedido.

El barco regresó al puerto de penco el 5 de noviembre. Las noticias que traía de Osorno y Valdivia inclinaron al gobernador a poner en práctica la idea que hacía tiempo venía dando vueltas en su cabeza. O se contaba con elementos para socorrer en forma las ciudades del sur, o se procedía a despoblarlas.

Ya se había comprobado las enormes dificultades que existían para comunicarse por mar y por tierra con dichos fuertes. La travesía marítima sólo podía hacerse en determinadas estaciones, y era prácticamente imposible que las tropas cruzaran el territorio alzado.

Considerando que la responsabilidad de tal decisión era enorme, el gobernador sostuvo varios consejos con los capitanes más experimentados del reino. Les recordó todos, los intentos realizados para socorrer el sur y las tropas que habían enviado. Luego hizo un recuerdo de la situación.

De las 20,000 cabezas de ganado y 700 yuntas de bueyes que había  antes de la sublevación indígena, nada quedaba, y de los 3000 indios amigos y 3000 yanaconas de servicio sólo existía el recuerdo.

La sólida fortaleza de Valdivia, con una fuerte guarnición que protegía la floreciente ciudad, se había transformado en una simple estacada que cubría a un grupo de harapientos que ya ni podían llamarse soldados. En estas circunstancias el fuerte no estaba en condiciones de defender la zona de los indios, y menos podía pensar en protegerla de los piratas y corsarios que les disputaban el dominio del mar.

Todos, los oficiales manifestaron su acuerdo con la urgencia de llevar a los pobladores y tropa de Osorno a Castro, y traer los de Valdivia a Concepción. Estas medidas permitirían que los escasos refuerzos que llegaran del Perú se destinaran a consolidar la línea del Biobío, y asegurar el progreso del territorio que se extendía al norte de ella.

Con suma rapidez, el gobernador ordenó la salida del patache con los auxilios más indispensables, y con la orden a los capitanes australes de trasladar la guarnición de Osorno y desmantelar el fuerte de trinidad en Valdivia.

 

006-aa-logo-victorCRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

II CARLOS MARX

GLOSAS MARGINALES AL “TRATADO DE ECONOMÍA POLÍTICA” DE ADOLFO WAGNER

Párrafo 24:

Ahora bien, como fondo sombrío de todas estas frases grandilocuentes se alza, sencillamente: el descubrimiento inmortal de que, cualquiera que sea la situación en que se encuentre, el hombre tiene que comer, que beber, etc. (y no cabe añadir, siguiendo el hilo del discurso, que vestirse, disponer de cuchillo y tenedor, de cama y de vivienda, porque no ocurre así en todas las situaciones); en una palabra, tiene, sea cualquiera la situación en que se halle, que encontrar en la naturaleza, ya dispuestos los objetos exteriores precisos para la satisfacción de sus necesidades y adueñarse de ellos o prepararlos con las materias que la naturaleza le proporciones; por tanto, en este modo material de proceder, el hombre conserva siempre, en la práctica, ciertos objetos del mundo exterior como “valores de uso”, es decir como objetos de que se sirve para usarlos. A esto se atiene Rodbertus para enfocar el valor de uso como un concepto “lógico” y no “fisiológico”, ¡Dios nos libre! Pero donde mejor se revela toda la superficialidad de Rodbertus es en su contraposición de un concepto “lógico” y no  y otro “histórico”. Él sólo enfoca el “valor (el económico, por oposición al valor de uso de la mercancía) en forma de manifestarse, es decir, como valor de cambio, y como éste sólo se presenta allí donde una parte por lo menos de los productos del trabajo, de los objetos útiles, funcionan ya como “mercancías”, y esto no ocurre desde el primer momento, sino sólo a partir de una cierta fase social de desarrollo, es decir, al llegar a un determinado grado de desarrollo histórico, nos encontramos con que el valor de cambio es un concepto “histórico” Si Rodbertus hubiese seguido analizando— más adelante diré por qué no lo ha hecho—el valor de cambio de las mercancías—pues éste sólo se da allí donde hay mercancías, en plural, distintas clases de mercancías–, habría encontrado el “valor” detrás de esta forma de manifestarse. Y si hubiese seguido investigando el valor, habría visto que aquí el objeto, el “valor de uso”, aparece como mera materialización del trabajo humano, como inversión de la misma fuerza humana de trabajo, por donde este contenido se representa como el carácter material de la cosa, como [carácter] que le corresponde materialmente a ella misma, aunque esta materialidad17 no aparezca en su forma natural [en la de la mercancía] (que es precisamente por lo que hace falta una forma especial de valor) Habría descubierto, pues, que el “valor” de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que existía en todas las demás formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, a saber: el carácter social del trabajo, en cuanto aplicación de la fuerza social de trabajo. Y si “el valor” de la mercancía sólo es una forma histórica concreta, algo que existe en todas las formas de sociedad, el “valor social de uso”, como él caracteriza el “valor de uso” de la mercancía, lo es también. El señor Rodbertus toma de Ricardo la medida de la magnitud del valor, pero al igual que Ricardo, no ha investigado ni comprendido la sustancia misma del valor, por ejemplo, el carácter “común” del18 en las comunidades primitivas como organismo colectivo d elas fuerzas de trabajo asociadas, y por tanto el [carácter “colectivo”] de su trabajo en la aplicación de estas fuerzas.

Huelga seguir examinando aquí las charlatanería de Wagner.

17: Materialización del trabajo humano abstracto (Ed.)    

18:Aquí, habrá que interpolar, para completar el sentido, las palabras “proceso de trabajo” (Ed.)

– Página –722-723 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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