“PELANTARU…” FUNDACIÓN Y DESTRUCCIÓN DEL FUERTE DE BAROA


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Motivado por las razones y pareceres de doña Marcela Lezcano, que reiteraba con insistencia la necesidad de fundar una fortaleza en Boroa o la Imperial, para estar más cerca de los lugares en que los araucanos tenían a las cuatrocientas cautivas españolas, el gobernador García Ramón, resolvió hacerlo en el primero de los puntos señalados, con miras a que sirviese de asiento a la nueva ciudad de la Imperial.

Estaban en los preparativos de la expedición, cuando se presentó ante la plaza penquista una tropa de purenses completamente armados, en hermosos caballos que sorprendieron a los pobladores y soldados por su gran prestancia. Cuando los centinelas avisaron la llegada del bizarro contingente, cundió la alarma en la ciudad hasta que distinguieron la blanca bandera de parlamento portada por quien encabezaba el grupo. ¡Era nada menos que Nagueburi, uno de los más temidos jefes guerreros!

Instruido por Pelantaru, debía aparentar que daba la paz junto a otros caciques y conas para desbaratar más adelante la incursión de los españoles cuando se hubieran ganado su confianza. Pero las instrucciones del caudillo fueron estrictísimas. Ni su propia gente debía saber que sólo se trataba de una trampa, porque, de conocer el plan, podía tasuntarse algo de arrogancia en sus actitudes que alertaría a los castellanos.

Acompañado de numerosos guerreros, que le siguieron de mala gana, llegó hasta el gobernador, vestido a la española y muy elegante. Deteniéndose a pocos pasos de García ramón, comenzó un discurso con modales ampulosos:

–Vengo, gobernador de los huincas, a ofrecerle la paz y mi amistad. Bien sabes que personalmente he degollado a más de treinta de los tuyos y cautivado a dos mujeres de tu raza; y sabes también que debimos dar la guerra obligada por el trato que recibimos de los encomendero y los numerosos agravios que tus soldados nos han inferido. Pero hemos visto que bajo tu mando las cosas han cambiado, que eres de generoso pecho y gran nombría, razones en las que confío para que, al igual que yo, olvides las ofensas, no tomes en cuenta mis acciones, y aceptes mi sometimiento y el de los guerreros que me acompañan.

Tan convincentes era sus palabras y acento, que el gobernador se emocionó, alegrándose fe que un enemigo tan peligroso como este cacique se pasara a su lado, por lo que respondió conmovido:

–¡oh, gran toqui del valeroso pueblo araucano! Conocemos de vuestra enorme bravura y el gran renombre que tenías como caudillo. Sabemos también el daño que nos habéis causado, pero vuestras palabras me demuestran el nuevo espíritu que os anima y, considerando las atribuciones de Su Majestad me ha conferido para indultar a los naturales que se sometan, os concedo el más amplio perdón y os pido que continuéis la lucha, de nuestra parte.

Grande fue la alegría en el campo español por el apoyo que significaba la adhesión del purense, cuyo nombre se había hecho legendario entre los cristianos. Después de haber acordado las paces, construyeron unas rancherías en Cayuguano y ahí se albergaron los caciques y sus guerreros. Pero había sido tan convincente la actuación de Nagueburi que sus propios hombres se confabularon contra él, considerándole un traidor.

Días después, antes de partir a levantar el fuerte en Baroa, el gobernador pidió a Naguelburi le proporcionase unos cien jinetes y otros tantos infantes para que le acompañaran en su expedición. Continuando con su plan, y viendo que la ocasión la pintaban calva para que más tarde fuesen sus propios hombres los que dieran el ataque contra la guarnición que quedase en el nuevo puesto, el toqui aceptó gustoso y ofreció a toda su gente, mucho más de los pedidos por García Ramón.

Pero la noche antes de salir, los conas convencidos de que el cacique les había traicionado, se rebelaron contra él, le cortaron la cabeza, y se fueron a Chicaco a contar lo sucedido para encender el ánimo de los naturales de aquella región.

García Ramón escogió para que le acompañasen a más de trescientos de los mejores capitanes y soldados, y entregó otros cuatrocientos a Pedro Cortés para que mantuviesen el cuidado de las fronteras. Dejó, además, instrucciones al capitán Álvaro Núñez de Pineda, de que en cuanto llegasen los refuerzos que había de venir desde Méjico, se dirigiese a Angol a reedificar y repoblar la fortaleza.

Doña Marcela Lezcano había insistido en que si se quería rescatar a las cautivas españolas, debía prenderse a dos de los más principales toquis de la comarca, Güenchupal y Aypinante, pues  los demás caciques les obedecían ciegamente y eran los que tenían mayor número de prisioneras. Por esta razón, una de las primeras actividades del gobernador en su viaje fue dirigirse al lugar donde vivía Güenchupal para cogerle.

Al amanecer , Güenchupal despertó con el ruido de los cascos de la caballería, pero pensó que era su propia gente y no se movió de su morada, mas, al sentir voces españolas cogió una pica y salió a enfrentárseles. Cinco capitanes, acompañados del arcabucero Luis Toledo de Navarrete, se acercaron a rendirle. Al verles, el cacique bramó con coraje:

–¡Inche Güenchupal! (¡Yo soy Güenchupal)- y se lanzó como un celaje en contra de sus enemigos.

Mientras se batía con cuatro a la vez el capitán Florián Girón le grito que si se rendía le daba su palabra de conservarle la vida. Al oír la intimidación, el viejo guerrero corrió con la lanza presta para atacar al que le ofrecía una manera tan cobarde de salvarse, pero fue detenido en su intento por una bala que le disparó el arcabucero en pleno pecho. Haciendo enormes esfuerzos por mantenerse en pie, el toqui miró con odio a sus agresores y les espetó balbuceante:

-¡Estúpidos! ¿No pensaron que más les servía vivo que muerto?, y después que el alma le había abandonado cayó inerte al suelo.

Luego de una serie de incursiones por los caseríos indios, buscando cautivas, los españoles sólo hallaron vajillas de plata y algunas joyas de oro, que ya estaban todas despedazadas. Porque los mapuches no les concedían el mismo valor que los conquistadores, sino en que pudieran servirles para mejorar sus armas. Las más estaban transformadas en punzones y cuchillos, y los prendedores de las damas que habían aprisionados, convertidos en chapas para las cabezas de sus caballos.

En los primeros días de febrero de 1606, García Ramón escogió el sitio para levantar el fuerte de Baroa. Media legua más adelante del río cautín, sobre una loma que caía sobre el estero de Quepe, encontraron el lugar más apropiado. La proximidad del cauce les aseguraba el agua, y las grandes arboledas y abundante pasto que había en sus proximidades, la leña y el forraje para sus animales.

El trazado de la fortaleza, que reuniría las mejores condiciones de la más resistente construcción, fue un cuadrado con dos torreones en el lienzo de la puerta principal Uno de los cubos se bautizó con el nombre de San Miguel y el otro como San Ignacio de la Redención, que sería el nombre del nuevo castillo.

El gobernador dispuso que algunos se dedicaran a reunir todo el alimento que pudieran encontrar en los contornos para almacenarlo dentro del fuerte, mientras el resto se dedicaban a cortar la madera necesaria y a levantar el bastión.

El toqui Aypinante, que era el indicado por doña Marcela Lezcano como el más importante para rescatar a las prisioneras, tuvo prontas noticias de toda actividad española. Repartió espías en toda la región, particularmente a lo largo del río Toltén, avisó a todos sus guerreros que se preparasen para la acción, y notificó a los puerenses de lo que estaba sucediendo.

En pocos días, logró reunir un ejército de tres mil hombres, reforzados con escuadrones de caballería de Purén, y se mantuvo al acecho. Comprendía que no era conveniente empeñar un combate mientras sus enemigos estuvieran reunidos, y esperó pacientemente la ocasión, que no tardó en presentarse.

Ignorante de la gran junta de indios que esperaba en los alrededores, al gobernador le pareció que debía hacer una salida al valle de Maquehua para talar las tierras y reunir alimentos. Dejando al capitán Juan Ruiz de León y doscientos setenta infantes con el encargo de terminar la construcción, partió con la caballería a la misión  que se había impuesto.

Durante su ausencia, y cuando la guarnición se encontraba atareada en los trabajos, un grupo de indios se acercó sigilosamente al campo español y se llevó cuarenta caballos. Decidido a recuperar los animales, Juan Ruiz escogió a ciento cincuenta soldados para que prepararan una emboscada a fin de atrapar a los ladrones. Entre los escogidos, iba el mozo Diego González Montero, ya conocido por su extraordinaria fuerza que excedía en mucho a su juventud.

Varios mapuches cayeron en la trampa. El joven Diego se trabó en lucha con tres de ellos, pero viendo que se destacaba uno en particular por su gran desarrollo físico y que hacía estragos entre sus compañeros, le acometió y se enzarzaron en fiero combate. Ambos contendientes eran igualmente fornidos y diestros en la pelea, pero el castellano logró, en uno d elos forcejeos, cogerle por la melena y, volviéndose rápidamente, le lanzó por sobre su hombro con gran violencia al suelo, donde quedó aturdido. Al verle recuperarse, le puso la punta de la espada en el cuello y, extrañado de su forma de pelear, le interrogó.

E lindio confesó ser sobrino del cacique Güenucuca y tener una cautiva española. Luego agregó, con hidalguía, que le había impresionado vivamente la bravura de su contendor, por lo que, en prueba de su respeto, le devolvería a la prisionera.

En la tarde de ese mismo día, regresó el joven al fuerte con doña María Zapata, que había sido esposa del maestre de campo Juan Álvarez de Luna.

En la emboscada, habían caído otros catorce araucanos y los españoles les sometieron a tormento para averiguar se había enemigo reunidos a se trataba sólo de una partida aislada. Pero todos los sufrimientos que les aplicaron no consiguieron hacerles hablar. Se limitaron a no proferir palabras ni quejidos, pese al dolor y las amenazas.

Entretanto, Aypinante recibió el aviso de la partida del gobernador hacia Maquehua, y comprendió que era el momento de atacar la fortaleza antes que terminaran de levantar sus murallas y cavar sus fosos. Para asegurar más el asalto, mandó a la mujer de cacique Canihuante, que figuraba entre los prisioneros, para que, con el pretexto de ofrecer el canje de su marido por una española que ellos tenían cautiva, espiase la cantidad de defensores, las armas con que contaban y los puntos más débiles por donde acometer.

La india volvió al atardecer con toda la información que el toqui necesitaba. Esa misma noche, a las dos de la madrugada, se dejó caer sorpresivamente sobre la fortaleza. Los guardias dieron el aviso gritando desesperadamente: “¡al arma!, ¡al arma”!, y los soldados corrieron a sus puestos. Pero como casi todos se hallaban agotadísimos por el pesado trabajo, no fueron lo suficientemente rápidos y el enemigo apoderó del cuartel.

En la oscuridad absoluta que reinaba, los españoles no se pudieron reunir y, creyendo que peleaban contra los indios que entraban y salían a través de los muros a medio construir, se sorprendieron de pronto luchando entre ellos. El sargento mayor Diego Flores se percató de lo que ocurría y mandó quemar una de las barracas que se hallaba afuera de las empalizadas. A la luz de las llamas, consiguió juntar a su gente y comenzó a emplear la arcabucería.

Cuando sonaron los primeros disparos, envió algunos hombres para que, cada cierto trecho de las de las murallas, ataran una cuerdamecha encendida, a fin de que los indios creyeran que en cada uno de esos puntos había un arcabuz o un mosquete listo para tronar.

Cuando Aypinante vio el espectáculo de las mechas con lumbre, pensó que los españoles podían hacer una matanza entre su gente y, reuniendo a los guerreros que le rodeaban, se dirigió contra la casa donde guardaban las municiones, y allí arrecio el ataque. Los capitanes Francisco Gil negrete y Fernando de Castroverde, que defendían el lugar, no pudieron impedir que la avalancha de enemigos saqueara el barracón y se llevara la totalidad de las armas, municiones y pertrechos, además de degollar a cuatro soldados y dejar treinta heridos.

El saldo del ataque fue desastroso para los conquistadores, Diego Flores y Gómez terminaron llenos de heridas, al igual que el fraile mercedario Juan de la Barrera que se había dedicado a repartir balas y pólvora a los soldados. La cantidad de contusos y descalabrados fue inmensa, y gran parte de las obras quedaron destruidas.

El gobernador, oportunamente avisado del asalto, llegó cuando todo había concluido y comprendió que al alejarse del fuerte había facilitado la victoria de los indios. Estimando que no tenía tiempo para lamentaciones, se aplicó de lleno a su reconstrucción, sin abandonarlo hasta que estuvo completamente terminado.

Antes de regresar a Concepción, García ramón dejó una guarnición de doscientos ochenta hombres al mando del capitán Juan Lisperguer. Al momento de escoger la oficialidad, el gobernador se llevó una enorme sorpresa: ninguno de los veteranos de la Guerra de Arauco quiso formar parte de su dotación. Considerando que la fundación del fuerte era una torpeza desde el punto de vista castrense, pues, estando aislado, no podía hacerse dueño de sus contornos, y quedaba expuesto a que le sucediera lo mismo que en las otras ciudades sureñas. Ya tenían la experiencia de que aquellas plazas que no podían apoyarse mutuamente estaban destinadas a sucumbir. En cambio, según las tácticas de Alonso de Ribera, se había demostrado la importancia de no enclavarse en territorio enemigo si no se tenía abierta la comunicación y el socorro a sus espaldas.

Los hechos no tardaron en demostrar que los veteranos tenían razón. En los primeros meses del invierno, el capitán Lisperguer tuvo frecuentes encuentros con los indios y de todos ellos salió bien librado. Estas pequeñas victorias hicieron que el bisoño contingente fuera poco a poco descuidándose y quebrando la disciplina. A fines de septiembre, una fuerza de ciento cincuenta hombres encabezada por don Juan Rodulfo, salió con algunos yanaconas en busca de una pila de carbón que habían dejado quemando en la quebrada de Palo Seco, a no más de un cuarto de legua del fuerte.

Los puerenses se habían escondido en los alrededores y observaban los movimientos del enemigo. Cuando vieron que, después de enviar a los yanaconas a cargar el carbón, los soldados se abandonaban, e incluso apagaban las mechas de los arcabuces, les cayeron encima por sorpresa. Unos , mosqueteros, que conservaban sus mechas encendidas, les cayeron encima con un vocerío aterrador que heló la sangre de los novicios, quienes no conocían el modo de guerrear d elos araucanos ni su temeridad. Antes de que alcanzaran a reaccionar, diecinueve de ellos fueron degollados, mientras el capitán Villarroel y el alférez Heredia se defendían como leones hasta que rindieron sus vidas. Los soldados de a caballo echaron pie a tierra, ya que lo reducido del espacio noo les permitía combatir montados, pero con suma rapidez fueron copados por los escasos asaltantes y furiosos asaltantes, al tiempo que los indios amigos de los españoles, al ver tanta decisión, huyeron por los montes, temerosos de ser cogidos por los purenses.

Mientras  algunos de los atacantes peleaban con los jinetes que habían desmontado, los otros les robaron los caballos ensillados y las armas. El airado don Álvaro, al sentir el estruendo del combate, quiso revolver la bestia para ir en su auxilio, pero se lo impidió su propia gente que amontonaron paralizada de terror. Cuando los conas se retiraron por los intrincados recovecos de la selva, se llevaron un abundante botín en caballares, arneses, armas, los tambores, las banderas y hasta las jinetas del capitán Villarroel, que tenía en el remate tras ricas esmeraldas, además de las cabezas de los diecinueve mejicanos para hacerlos correr de regua en regua e incitar más a los indios a su guerra de libertad.

Cuando después de largo rato, el comisario Álvaro Núñez de Pineda pudo reorganizar a su gente, enterró a sus muertos y comprendió que con los restantes no podía repoblar Angol, por lo que decidió regresar a Concepción.

 

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CARLOS MARX

LOS ARTICULOS DE ENGELS

II

(Manuscritos inédito)

Párrafo 05:

El antagonismo entre el interés del fabricante, que estriba en arrancar dentro de la jornada la mayor cantidad posible de trabajo no retribuido, y el interés del obrero, que consiste en lo contrario, provoca la lucha existente en torno a la duración de la jornada de trabajo. En una ilustración histórica muy interesante, que ocupa una cien páginas de su obra, describe Marx la trayectoria de esta lucha en la gran industria inglesa, lucha que, pese a las protestas a las protestas de los fabricantes librecambistas, condujo en la primavera pasada a la promulgación de una ley fabril implantando la jornada máxima de trabajo de diez horas y media para las mujeres y los jóvenes menores de 18 años—lo que, indirectamente, afecta también a los adultos en las ramas industriales más importantes—y haciendo extensiva esta restricción a toda la grande y pequeña industria e incluso a la industria casera. Esta medida, según demuestra el autor, lejos de perjudicar a la industria inglesa,la beneficiado, pues con ello se hacía que el trabajo del obrero individual ganase en intensidad más de lo que perdía en duración.

– Página –737 —   El CAPITAL “TOMO I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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