17 de 30 Chile: Recuerdos de la ‘Guerra’ VIDA DE LOS FAMILIARES DESPUÉS DE LA DETENCIÓN


Luego que la caravana militar se alejó de Chabranco, con los campesinos tapados con frazadas, los familiares sin saber quiénes iban además de los últimos detenidos, pensaron que se los llevaban sólo para tomarles alguna declaración y que pronto regresarían a sus hogares. Las horas y los días empezaron a pasar y ellos no volvían. El valle se llenó de silencio, interrumpido por disparos, ruidos de helicóptero y por sobre todo de rumores, «Que los habían muerto, que ya no estaban, que se los habían llevado (…) ¿quién sabe para dónde?», de todos modos ya no estaban en ningún lugar.

Durante los días que siguieron, uno por uno, los campesinos del sector fueron llevados a Arquilhue para ser interrogados. Los rumores crecían. Nadie estaba seguro del número de campesinos que llevaban en el convoy militar y no sabían si volverían para detener otros trabajadores.

Mirta Torres, esposa de Ricardo Ruiz, y Uberlinda, esposa de Narciso, nos dice acerca de esos momentos:

«no sabíamos dónde estaban. Fuimos al Retén de Llifén. Allí nos dijeron, ‘están en Futrono’ y fuimos a Futrono. Pero allí el teniente nos dijo: ‘(…) recién las largamos para la casa’ entonces le pedimos que nos devolvieran las frazadas que les habíamos dado para que se taparan. Nos contestó: ‘frazadas no ninguna’. Nos fuimos contentas para la casa, pero allí no estaban».

Por eso el día 9 de octubre, cuando vieron los furgones militares que subían. Mirta y Uberlinda se fueron acercando poco a poco hacia ellos. En el piso del vehículo divisaron personas tapadas con frazadas. Pensaron: «si son militares los que van arriba, ¿porqué van tapados con frazadas?». Mirta nos dijo: «se nos puso que eran ellos, pero con el tiempo nos asalto la duda y dijimos: ¿y si no iban? y ¿si no eran ellos?, ¿eran o no eran?». Este recuerdo rondó sus mentes durante años. La incertidumbre era diaria y permanente.

En la casa de la Rosa Barrientos, esposa de Daniel Méndez, poco a poco los familiares empezaron a juntarse para decidir qué hacer. Desde un principio ella supo lo que había pasado, y nos dice que guardó silencio porque a ella misma le costaba creer lo que los cuidadores de la casa de los González Torres le habían dicho. Después del 9 de octubre se habían instalado -en su casa- un oficial y un soldado que habían participado en la masacre. Un día el soldado, aprovechando que oficial no estaba, se acercó a Rosa, la hija menor de Daniel que lloraba desesperadamente ante la foto de su padre y le dijo:

«no llores más, a tu padre lo mataron mientras lo torturaban para que dijera dónde estaban las armas».

Es así como la historia de lo ocurrido se fue construyendo paso a paso. A pesar de ello no se sabía la verdad y las viudas y las madres no perdían las esperanzas de encontrarlos. Un grupo decide viajar a Valdivia. Ana Vergara, esposa de Rosendo Rebolledo, viaja con su guagüita en brazos. Mirta Torres, embarazada de siete meses, viaja con su pequeño hijo Juan Carlos a preguntar por Ricardo Ruiz. La acompañaba su amiga Uberlinda.

Iba también la Sra. Rosa Barrientos, acompañada de su cuñada Olivia y del hijo de ésta, Juan Aceitón. Completaban el grupo: Alterneriana, esposa de Sebastián y madre de Fernando Mora, y Uvaldina Vera, esposa de Arnoldo Ferrada.

«Fuimos primero al cuartel, nos acercamos con temor, nadie nos recibió. Simplemente nos dijeron que allí no estaban, que fuéramos a la cárcel. En la cárcel también los negaron después que durante unas horas aparentaron buscarlos. Al día siguiente volvimos al cuartel y a la cárcel. Finalmente nos dijeron que estaban en la cárcel de La Unión y allá fuimos. Luego a Puerto Montt (…) Partíamos a cualquier lugar en que nos dijeran que podían estar. Allá íbamos (…) pero no estaban en ningún lado.

«En esa época yo estaba embarazada de Elba», dice Mirta Torres. «Había días en que me caía de hambre, cansada, sin plata. Y en todas partes nos decían:

‘no están’ Sin embargo seguimos buscándolos. Una familia amiga, los Mancilla, me ofreció que dejara a Juan Carlos, mi niño, con ellos. A pesar de mi embarazo, de mis pies hinchados, de mi hambre y de mi desesperación, seguía buscándolo.

Al final, desesperada dije: ¡No viajo más! (…) si aparece, que me avisen».

«En la cárcel de Valdivia, de tanto insistir, un día nos dijeron que lleváramos artículos de aseo: toallas, jabón y algo de ropa para cinco de los campesinos. Entregamos todo, pero no nos dejaron verlos: ¡Qué los íbamos a ve si ya estaban muertos!», nos comenta ahora Olivia Méndez.

A Uvaldina Vera, esposa de Arnoldo Ferrada, mientras hacía los trámites encontrarlo y luego de mucho insistir, en la cárcel de Valdivia le dieron un papel con he y día pañi que fuera a visitarlo. Ella todavía guarda la contraseña como muestra del engaño.

Rosa Barrientos cuenta:

«finalmente avisaron por radio a Futrono que todas las esposas teníamos que ir a la Fiscalía Militar. Nos juntamos en mi casa y estuvimos allí todo ese día y esa noche. Nos amanecimos, no sabíamos bien para qué nos citaban».

Mirta Torres recuerda con dramatismo los pensamientos que las embargaron en esas horas:

«por momentos pensábamos que nos iban a matar a todas. A ratos estábamos contentas porque ‘a lo mejor habían aparecido y estaban vivos’ (…). Finalmente fuimos, pero era para decimos que estaban muertos».

Era el día 26 de octubre, diecisiete días después del secuestro. El grupo de mujeres con algunos hijos, a las cinco de la mañana emprendieron el viaje. Llegaron a las diez de la mañana al Regimiento de Valdivia. Las hicieron pasar una por una. Les entregaron un certificado de defunción.

«Llorábamos en silencio o gritábamos, no lo podíamos creer -dice, Barrientos-, La Sra. de Ricardo García les gritó: ‘¿porqué los mataron, por qué?’» inmediatamente la echaron para afuera diciéndole: ‘si quiere va a la caja de Empleados Particulares por la pensión de viudez, o si no, se queda así no mas’».

«En Valdivia la visitadora de la guarnición militar, nos dijo que los habían muerto el día 10 de octubre en Liquiñe, yo le pregunté: ‘¿por qué los mataron?’. Ella me respondió: ‘por algo sería pues señora, algo haría su marido, por eso lo mataron, porque usted sabe que siempre los hombres hacen las cosas escondidos de las mujeres’».

Así nos relató Mirta Torres su entrevista con la visitadora.

A todas estas mujeres se les pidió la libreta de matrimonio para hacer los trámites de viudez.

Sesenta y nueve niños habían quedado huérfanos de padre y de un día para otro sin ingresos económicos. (7)

Ana Vergara, esposa de Rosendo Rebolledo Méndez, quedó con siete hijos, todos menores de edad. Elisa tenía 16 años y era la mayor, César 14, Gladys 12, luego venía Lucía con 10, Ida ocho. Evita seis, Nelson tres y la menor. Iris, tenía nueve días cuando detuvieron a Rosendo.

Ana relata:

«Uno tuvo que buscárselas para sobrevivir: arar la tierra, sembrar, picar leña, sacar corteza de ulmo».

Entre sollozos tejía la noche entera con lana de oveja para abrigar a sus hijos.

«Sentada en la cama me amanecía tejiendo chombas. Lo esperaba siempre (…) pensando que iba a llegar. Hice lo que pude para no vender los pocos animales que tenía. Pero después de a uno los fui vendiendo, ¿qué iba a hacer?. Mis hijos tenían que estudiar y comer».

Como pensión de viudez a Ana Vergara le dieron cinco mil escudos -una miseria- era toda la entrada que tenía.

« Había que privilegiar a mis hijos más grandes, comprarles zapatos y hacerlos estudiar. Los más pequeños quedaron conmigo, sin nada, en Chabranco».

En su desesperación Ana Vergara escribió una carta al General Pinochet preguntando por Rosendo y explicándole su situación. No recibió respuesta. Hizo un nuevo intento, escribiéndole esta vez a Lucia Hiriart de Pinochet, «pues me habían dicho que ella era más buena». Tampoco recibió respuesta.

A Ana y sus siete hijos no le quitaron la casa. Pero su situación era cada día peor y además los simpatizantes del Golpe le hacían sentir que debía irse de Chabranco. Cuando las tierras cambiaron de dueño, los carabineros le dijeron que se fuera pues ella no tenía título de dominio.

A pesar de que en la libreta que le habían arreglado decía que Rosendo Rebolledo había muerto el 9 de octubre en Liquiñe, Ana siempre pensó que él podría haberse salvado. Nos expresa sus angustias y dudas y relata cómo se refugió en la oración:

«(…) día a día oraba, pedía por él y por mis hijos. A menudo me preguntaba si estaría muerto de verdad, y me decía que si era así ‘¿por qué no me habían entregado el cuerpo para enterrarlo?’».

Estas ideas e imágenes rondaban permanentemente en sus pensamientos.

«Era como una obsesión (…) finalmente, de algún modo. Dios me ayudó en un sueño vi un enorme pájaro que volaba y volaba hasta los cerros de Calcunahue y, entre el monte y el río, se detenía en el cielo diciéndome: ‘te lo mataron, no lo busques mas, los militares lo mataron y la humanidad no sabe lo que pasó. Ese sueño se repitió varias veces».

De algún modo estos sueños la dejaban tranquila, y por momentos asumía su soledad. Sin embargo, lentamente, reaparecía la duda y la esperanza de que volviera algún día.

«Finalmente quería saber la verdad, nada más que eso, saber, simplemente saber».

Mirta Torres, mujer de Ricardo Ruiz, quedó como dijimos, con un niño de un año y meses y embarazada de siete meses de la que sería su hija Elba. Cuando volvió a su casa desde el Regimiento de Valdivia no tenía nada. La poca plata que Ricardo le había dejado la había gastado en buscarlo y en comprar cosas que le llevó a la cárcel.

«A los quince días no tenía ni harina ni pan. A escondidas una señora nos convidaba algo, ya que no se atrevía a acercarse a mi casa. Tenía miedo porque era la casa de un comunista».

Mirta viajó a Futrono pocas horas antes del alumbramiento. Allí no querían recibirla, ‘el marido es comunista’, decían.

«Mis hijos crecían entre la pena y la marginación, nadie los saludaba por ser hijos de Ricardo, todos se habían vuelto anticomunistas, a mí no me decían buenos días. Me daba rabia, se les había olvidado todo, todos guardaban silencio. Nadie me decía, le vamos a ayudar con tus niños».

«El niño creció tímido, cuando sonaba el portón de la entrada se escondía, al crecer no quería que nadie le hablara de su papá, le daba vergüenza, y con el tiempo llegó a decir que su papá era malo y que por eso lo habían matado».

Elba, su hija, crece igualmente en la pobreza, el dolor y la marginación. Una profunda tristeza reina en su infancia. Se desarrolla solitaria y retraída. Empieza a escribirle cartas al padre que no conoció. Además de decirle que lo espera, le cuenta con pena que no tiene nada, ni cuadernos ni lápices «todos tienen para comprar sus cosas y yo no tengo nada» dice un párrafo de una de las cartas que Mirta le leyó a escondidas. La misiva termina con palabras que claman por el regreso del padre.

«Los demás niños de la escuela se burlaban de Elba y le pegaban. Ella lloraba». A su vez Juan Carlos, andaba con la vista baja, asustado. Mirta luchó sin descanso por salir adelante, enfrentó la injusticia, el miedo y con grandes esfuerzos logró educar a sus dos hijos. El mayor que está por cumplir dieciocho años, cursa el cuarto año de enseñanza, media; Elba también estudia.

Cuando conversamos con Mirta por primera vez, en noviembre de 1989, nos confesó que finalmente ella también había terminado por tenerle miedo a los milicos.

«Los veo y me asusto, me pongo nerviosa, pienso que nos van a matar, porque (…) fueron capaces de hacerlo (…)».

Alterneriana, que había perdido a su esposo Sebastián y a su hijo Femando, quedó sola con ocho hijos.

«Al principio yo lloraba y lloraba, y a pesar de que no era tan religiosa como él rogaba al evangelio: ‘Señor dame fuerza, dame valor, no puedo dejar que se mueran de hambre mis hijos’ (…)».

Alterneriana comenzó a fumar, un cigarro tras otro, noche y día, se amanecía esperando y fumando, a pesar de que la religión se lo prohibía «(…) el cigarro en algo me aliviaba y no podía dejarlo».

No creyó nunca en los rumores de que los habían muerto y a pesar de los certificados de defunción, siguió pensando que no era cierto, que no podía ser cierto.

«A veces llegué a aceptar la idea de que hubiesen matado a Sebastián, pero ¿por qué a Fernando?. Era su hijo, un niño bueno, sano, responsable, cariñoso, ¿por qué lo iban a matar?, ¿si se fue con ellos sólo por acompañar a su padre?.

Durante años se me olvidó el dolor, siempre pensé que un día podían llegar. Con esa ilusión viví toda la vida, hasta ahora que han encontrado las fosas (…)».

Al cabo de un tiempo pudo conseguir empleo en la escuela de Curriñe, y en el verano iba al aserradero, a dar vianda a los obreros. Sus hijos quedaban solos en la casa.

Actualmente Alterneriana vive en la ciudad de Valdivia con sus hijos Nelson y Juana, -que seguía en edad a Fernando-, y con un hijo de ésta de nueve años.

Al conversar separadamente con los miembros de estas diecisiete familias, especialmente con las viudas, nos queda claro que todas tenían la esperanza de que sus esposos no estuvieran muertos aunque siempre los dieron por desaparecidos, pensaban que en algún momento podían volver. Esta esperanza estaba basada en lo absurdo e incomprensible de sus detenciones. Se preguntaban ¿por qué? y se respondían: «Todos eran hombres buenos, generosos, humildes y sencillos. Nada habían hecho»

A cada una le asistía la esperanza de que a su esposo, hermano o hijo, lo hubieran sacado del lugar de la detención, antes del crimen. Esta fantasía, estaba basada en la presenciar “¡helicópteros sobrevolando esa noche el sector, «a él lo sacaron y se lo llevaron a las islas del sur». Las islas del sur se transformaron en una ilusión.

A los rumores cada vez más fundamentados de que fueron asesinados esa madrugada del 10 de octubre, se contraponía la imagen de las islas: ¿qué islas?, ¿cómo se llamaban? ¿dónde estaban?. Las respuestas eran confusas. ¿Cómo estaban ellos? Y se respondían: «con frío, con hambre, con desesperación, pero al menos vivos». El deseo de la vida combatía contra la realidad de la ausencia y la muerte. Todos de algún modo u otro, esperaban.

Los militares se fueron del sector sur del Complejo a fines de noviembre. Entre los campesinos de estos pequeños poblados quedó miedo, silencio y desesperación. La vida nunca más volvió a ser la misma. Algunos familiares directos se refugiaron en la religión, «rezar, era lo único que nos aliviaba».

Para la mayoría existía un único culpable, «el dueño del fundo, el delator: Américo González. El odiaba a los campesinos, él quería destruir la organización, el Sindico «Esperanza del obrero». Algunos familiares sentían la omnipotencia del patrón, el dueño del fundo, a quien desde siempre los campesinos debían someterse «por ser pobres, por no tener educación ni tierra, por no ser nada al lado de ellos». Esta vez, sin embargo, resignación y el sometimiento no fueron fáciles. Durante todo este tiempo lo han visto a diario pasar por sus tierras, tranquilo, como si nada hubiera pasado, y en muchos crecía el odio y el resentimiento.

Los síntomas que predominaron en muchos de ellos fueron: la angustia, el llanto, la tristeza, el mutismo, la inquietud, el insomnio, las pesadillas, los ensueños. Hubo familia que sufrieron ataques de agitación y llantos incontrolados. Doña Olivia Méndez, hermana de Daniel Méndez, relata que a ella, «se le adormecía todo el cuerpo y a ratos quedaba paralizada». Tuvieron que llevarla al psiquiátrico de Valdivia, «porque me vino como una loquera»: sin embargo, nunca perdió el juicio de la realidad y de lo que realmente ha pasado.

Algunos de los hijos, por falta de información o por mecanismo de defensa, no supieron o no quisieron saber lo que había acontecido con sus padres. Eso es lo que sucedió con Luis Pedreros, hijo de Pedro Pedreros. Desde los diecisiete años tuvo que preocuparse por la suerte de sus siete hermanos y dos sobrinos. Jamás tuvo una explicación de lo sucedido y tampoco la pidió. No recibió ningún certificado de defunción por la muerte de su padre, ni tampoco ayuda o pensión. Su madre, como señalamos antes, había muerto en 1970. Así es que cuando se llevaron a su padre quedaron solos, sin nadie ni nada.

A medida que se acercaba el fin del régimen militar, en muchos de los familiares renació una pequeña esperanza: Ahora podrían saber la verdad. Estaban contentos con el triunfo del NO. Al fin se irían los militares. Muchos pensaban que sus familiares podían volver.

La Sra. Rosa Barrientos, en los días cercanos al 11 de marzo de 1990, comenzó a ver a Daniel, su marido, en sueños «estaba flaco como cuando era joven. En el día mis hijos me decían: mamá, ¿y si volviera mi padre?’».

Rosa soñaba casi todas las noches, a veces lo veía mal vestido y hambriento, «una vez me decía en el sueño: ‘ahora me van a liberar del asilo y los vendré a buscar a todos’ y se sonreía con esa sonrisa amplia tan propia de él». Desde una lejanía incierta, Daniel volvía para recuperar a su familia.

El día 25 de junio de 1990, es presentada una querella criminal por inhumación y eventual exhumación ilegal de un grupo de campesinos del sector precordillerano de la Comuna de Futrono. Las excavaciones de las fosas se inician el martes 3 de julio. El trabajo termina la semana siguiente y los resultados confirman la existencia de restos óseos humanos. Sin embargo, gran parte de los restos no son encontrados, lo que parece confirmar la sospecha de una exhumación ilegal de los cuerpos a fines de 1978 y principios del año 1979. (8)

Notas

Nota 1.

En la declaración jurada, el General Héctor Bravo Muñoz, relata así los hechos:

«En efecto, estos patrullajes se efectuaron frecuentemente en ese período, en busca de personas y armamentos vinculadas a hechos y grupos extremistas.»

«La organización y dirección de estos patrullajes correspondió, según recuerdo, al Teniente Coronel de Ejército Jerónimo Pantoja, quien en esa fecha se desempeñaba como Comandante del Grupo de Artillería «Maturana» perteneciente a la Guarnición de Valdivia y con asiento en esa ciudad».- «El aludido Jefe Militar, el día 10 u 11 de octubre de 1973, en horas de la mañana, concurrió a mi oficina de Comandante en Jefe de la División, con el objeto de informarme que uno o dos días antes, no lo puedo precisar, en los alrededores de Futrono se había producido un tiroteo entre las tropas que él comandaba, -que no recuerdo a que unidad pertenecía- y algunos guerrilleros, con resultado de muerte para varios de ellos. Frente a esta grave denuncia, que implicaba la muerte de tantas personas, de inmediato y en presencia del Comandante Pantoja, hice llamar al auditor de la Guarnición Mayor de Justicia Militar Juan Michelsen Délano, quién se desempeñaba a cargo de la Fiscalía Letrada, e impartí precisas instrucciones para que se iniciara de inmediato el sumario correspondiente, en averiguación de los hechos y de las posibles responsabilidades del personal militar involucrado; enfáticé taxativamente la indispensable individualización de los fallecidos para oficializar su deceso y hacer entrega de los cadáveres a los deudos para la sepultación. Me parece recordar que la causa se substanció y fue fallada 15 ó 20 días después, con sobreseimiento, estableciéndose la identificación de los fallecidos en un número que alcanzó creo, a dieciséis, no pudiendo asegurar que sean dieciocho, como se señala en el oficio, o veintiuno como ha aparecido en la prensa».

Más adelante el General Héctor Bravo, deja constancia, también, del siguiente hecho:

«No obstante haberse realizado estos patrullajes para la búsqueda de personas armadas y con preparación paramilitar, el 23 de octubre una patrulla del Regimiento Cazadores fue emboscada al interior del Complejo Panguipulli. No recuerdo el nombre del lugar, pero sí el resultado de muerte por impacto de bala en la persona del Cabo Benjamín A. Jaramillo Ruiz., integrante de la patrulla, lo cual demostró me parece, la peligrosidad y preparación paramilitar del extremismo aún presente en el Complejo de Panguipulli en esa fecha(…)».

  1. Nolberto actualmente vive en la Argentina, presumiblemente en la localidad de Bariloche.
  2. A pesar que tanto testigos como informaciones de prensa, que dieron a conocer el descubrimiento de las «fosas de Chihuío» hablan de 18 ejecutados, nosotros hemos obtenido datos solamente de 17. Por otra parte, en un certificado oficial, dado el 24 de octubre de 1973 por la IV División del Ejército y que recién ahora es conocido, se mencionan 17 nombres, pero en él aparece la identificación de Andrés Silva Silva y no la de Carlos Maximiliano Acuña Inostroza. que sí es registrado por nosotros. Según nuestra información, el cuerpo de Andrés Silva fue encontrado enterrado, a cierta distancia de las «Fosas de Chihuío».
  3. En declaración jurada el General Héctor Bravo Muñoz declaró que: «la organización y dirección de estos patrullajes correspondió, según recuerdo, al teniente Coronel de Ejercito Jerónimo Pantoja. quien en esa fecha se desempeñaba como Comandante del grupo de Artillería «Maturana». perteneciente a la Guarnición Militar de Valdivia y con asiento en esa ciudad.
  4. Totero le llaman al encargado de trasladar la madera a los camiones, para esta labor usan una Tota, especie de «hombrera» que protege el hombro sobre el que cargan madera.
  5. Listonero es el encargado de retirar los listones que se le van acumulando al canteador.
  6. Se refiere a Orlando Garnica Hurtado.
  7. A ningún trabajador del Complejo se le pagó su salario durante los seis meses que siguieron al golpe.
  8. El caso de las «fosas de Chihuío», en el cual predomina el engaño y la impunidad más absoluta, no es motivo de este trabajo. Ello sobrepasa nuestras posibilidades. Su investigación está a cargo de la Vicaría de la Solidaridad, la que nos ha ayudado proporcionándonos algunos documentos.

 

EL CAPITAL  TOMO I I

CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

LIBRO SEGUNDO

EL PROCESO DE CIRCULACIÓN DEL CAPITAL

III Acumulación de dinero.

Párrafo 01:

El que d, la plusvalía convertida en dinero, se incorpore de nuevo, inmediatamente, al valor del capital en proceso para de este modo pueda entrar en el proceso cíclico con la magnitud D` en unión del capital D, depende de circunstancias independientes de la mera existencia de d. Si se trata de emplear a d como capital-dinero en un segundo negocio independiente del otro, es evidente que para ello deberá ascender a la cuantía mínima que ese negocio requiere. Si de lo que se trata es de ampliar el negocio primitivo, hay que tener en cuenta, asimismo, que las condiciones de los factores materiales de P y su proporción de valor deberán reunir también una determinada cuantía mínima con respecto a d. Todos los medios de producción que operan en este negocio guardan entre sí no sólo determinaba relación cualitativa, sino también una determinada relación cuantitativa, un volumen proporcional. Estas proporciones materiales y las correspondientes relaciones de valor de los factores que entran en el capital productivo, determinan el volumen mínimo que debe tener d para poder invertirse en medios adicionales de producción y en fuerza adicional de trabajo, o en los primeros solamente, como incremento del capital productivo. Así, por ejemplo, el industrial hilandero no puede aumentar el número de sus husos sin adquirir al mismo tiempo el número correspondiente de cardadores y de aparatos de preparación de hilado, aparte del aumento de inversión en algodón y en salarios que esta ampliación, es necesario que la plusvalía ascienda ya a una suma regular (1libra esterlina por cada huso nuevamente adquirido, es lo suele calcularse)…

– Página –74-75 —   El CAPITAL “TOMO I I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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