24 de 30 Chile: Recuerdos de la ‘Guerra’ EL DESTINO DE LAS FAMILIAS


Estos quince campesinos detenidos desaparecidos en Liquiñe dejaron un total de cincuenta y un hijos: recién nacidos, niños, adolescentes e incluso adultos, perdieron para siempre a sus padres. Desde que se produjo la detención, exactamente un mes después del Golpe de Estado y hasta ahora, los hijos de estos quince desaparecidos, no han podido saber lo que hicieron con sus padres.

Si la situación económica de estas familias era en aquel tiempo modesta, de ahí en adelante se tornaría, para gran parte de ellas, miserable.

La mayoría de los hijos tuvieron dificultades para continuar sus estudios. Muchos de ellos debieron abandonar la casa paterna para ir a vivir con otros familiares y en algunos casos la familia se desintegró para siempre.

Un hijo de Carlos Figueroa relató así lo que ocurrió con sus vidas:

«Nuestro hogar sufrió una infinidad de problemas. Yo y dos hermanos salimos a estudiar a otra ciudad -Traiguén- a un colegio agrícola, donde gracias a Dios no tuvimos que pagar nada durante los estudios. La única hermana que teníamos se quedó en nuestra casa con mi madre. Mi hermano mayor se fue a la Argentina. Temía que le sucediera algo similar a lo que ocurrió con mi padre. Mi madre sufrió enormemente porque, además de la desaparición de mi padre, quedó prácticamente sola. Finalmente falleció en 1980. Pienso que de pena».

«Mi hermano, el que fue a Traiguén a estudiar junto conmigo, se quitó la vida suicidándose en Villarrica, en el mismo Puente del río Toltén. En la carta que nos dejó nos decía que se quitaba la vida en el mismo lugar donde fusilaron a mi padres.

«Finalmente, después que falleció mi madre, el hombre que le había vendido la casa a mi padre, en 1970, nos echó a mi hermana y a mí, argumentando que nunca había vendido esa propiedad. Todo esto y mucho más ha sido nuestro sufrimiento de todos estos años».

Además de las pérdidas, soledades y la falta de recursos, el miedo se apoderó de estas familias. Los militares se instalaron allí por mucho tiempo, y ellos quedaron «como marcados», marginados y fueron constantemente amenazados. La casa de Daniel Castro fue allanada en dos oportunidades. Cupertina relata que los militares llegaron al amanecer.

«Me preguntaron por armas, por guerrilleros y luego de interrogarme y revolver todo, así como estaba, en camisa de dormir, me llevaron al puente ubicado a la entrada de Liquiñe. Allí me desnudaron ordenándome que me lanzara al río. No lo hice, los increpe y les dije: ‘todos nacimos para morir, yo no voy a adelantar mi hora, si ustedes lo quieren hacer háganlo. Háganlo con sus propias manos’. Se burlaron de mí, me decían que aún yo era una mujer joven y que podía conseguirme un lacho (…) uno de esos guerrilleros que tenían armas y que andaban por ahí.

Cuando llegaron por primera vez a mi casa pensé que me iban a matar: entonces me saque el reloj y lo dejé encima de una mesa, un militar me vio y me preguntó en voz fuerte por qué lo hacía, le contesté que quería dejarle un recuerdo a mi hija. Para mí y para muchos la amenaza fue constante: finalmente al cabo de un tiempo decidí vender la casa de Liquiñe y me fui para siempre del lugar».

Actualmente Cupertina vive en Pitrufquén, allí la encontramos y conversamos con ella. En voz baja nos dijo:

«todos estos años han sido de amargura, innumerables veces me he preguntado qué pasó con Daniel. La verdad es que. a pesar de todo, a veces pienso que no puede estar muerto, y me digo que si yo supiera que está en algún lugar del mundo vendería todo y lo iría a encontrar».

Iguales amenazas y carencias vivió la familia de los tres hermanos Reinante. La esposa de uno de los hermanos se fue a vivir a la casa de su suegro.

«Teníamos que compartir los pocos pesos que ganábamos lavando ropa, trabajando ¿acornó cocinera en la iglesia», dice Guillermina, la hermana.

«Todo fue muy triste, la casa quedó vacía sin ellos. Uno llegaba y no encontraba a las personas que siempre habían estado ahí (…) Preparábamos la comida y ahí quedaba (…) no sé cuánto tiempo estuvimos así, sin saber qué podía pasar y sin saber dónde podían estar, si estaban vivos o muertos. Sin saber si llegarían ese día o tal vez al día siguiente o en una semana. Y así fueron pasando los días, meses, años (…) tantos años llenos de soledades y miedos, porque después que se llevaron a mis hermanos nadie nos vino a visitar, ni los compañeros de trabajo se atrevían a ir a la casa. Quedamos solos, con el miedo no más. Todo era tan estricto».

Posteriormente toda la familia Reinante tuvo que abandonar su casa en el Fundo Trafún. En la actualidad viven en el pueblito de Liquiñe. Los dos hijos de Alberto Segundo no pudieron seguir estudiando.

La esposa de Luis Rivera con sus diez hijos quedó totalmente abandonada. Según la familia de Figueroa, la angustia la fue invadiendo; no sabía qué hacer, ni cómo reaccionar. Finalmente casi enloqueció y como única respuesta fue internada en el Hospital Psiquiátrico de Valdivia. Con los años, la familia tuvo que irse a Argentina sin que hasta ahora hayan podido regresar del exilio.

Teresa, la hija de Luis Armando Lagos, luego de varios meses de búsqueda, llenos de esperanzas y sucesivas frustraciones, comenzó a encerrarse en sí misma. Ella y su familia se encontraban muy atemorizados. Teresa no dormía en las noches.

«me dieron remedio para los nervios, pero igual mi angustia no se Calmaba Muchas veces pensaba que la información que nos había dado a mí y a mi hermano el carabinero Anguila, era verdadera: que a mi padre se lo habían llevado los militares de Cautín y lo habían asesinado sobre el puente del río Toltén y que a él, tal vez, no lo volveríamos a ver nunca más (…)».

Teresa fue controlada médicamente por nosotros. Actualmente vive en Valdivia, está casada y tiene varios hijos. Vive en una casa muy modesta ubicada una población periférica».

La duda en la vida de estas familias fue permanente. Una y otra vez se preguntaban si ellos estarían vivos o muertos. El deseo de que estuvieran vivos les hacía creer, por momentos, incluso que estaban en el exilio. Elcira, esposa de Salvador Alamos insistía en preguntamos: ¿Estará muerto mi marido?. Y en su desesperación, sola con sus nueve hijos y sin saber qué hacer, nos decía que quería que al menos le dieran un sueldo para poder sobrevivir. En el curso de la conversación nos dijo también, que muchas veces pensaba en la posibilidad de que su marido estuviera en el exilio o en unas islas secretas del sur. Nos preguntaba permanentemente si esas islas existirían. Recordando su sufrimiento soportado durante dieciséis años exclama:

«¡yo no sé cómo estoy viva, después de haber sufrido tanto!»,

y agrega:

«(…) al menos eso tengo que agradecerle a Pinochet».

Cuando Elcira vino a Valdivia a testimoniar por su esposo, nos relató, que la noche anterior había soñado que Salvador se le había aparecido en el sueño:

«Lo vi muy pálido y delgado, me hablaba contándome que durante todo este tiempo lo habían tenido en un subterráneo, sin dejarlo salir».

Algunas familias, al cabo de un tiempo, abandonaron el lugar. Unos lo hicieron casi inmediatamente, como sucedió con la familia Tracanao. Benedicto, luego de esperar varios días frente al Estadio Nacional de Santiago, volvió al sur. Allí decidió ir a la montaña y vender sus pocos animales y, tomando de la casa sólo las frazadas y nada más, la familia se vino a vivir a Santiago, para nunca más regresar.

En la capital, Gladys, la esposa de Alejandro murió. En la actualidad uno de sus hijos hace el Servicio Militar y el otro trabaja de albañil.

Los abuelos Tracanao Pincheira viven también en Santiago, en condiciones marginales, de extrema pobreza. El abuelo, para mantener en alguna forma el contacto con la tierra, sale todos los días a trabajar a un jardín. Benedicto y Margarita, con un esfuerzo enorme se han hecho cargo de toda la familia.

Herminda, la esposa de Carlos Cayumán, al poco tiempo decidió irse a Coñaripe con sus cinco hijos. Allí sus padres habían comprado un sitio; eso les permitía tener al menos un lugar donde estar. Sin embargo ellos no pudieron hacerse cargo de Herminda y de sus cinco hijos, así que la familia tuvo que separarse. Para ganar algo de dinero Herminda se contrató como cocinera en la Escuela Misional de Liquiñe. Allí trabajó durante dos años «pero su tristeza y su amargura fueron tan grandes que no fue capaz de seguir trabajando. Mi madre casi se volvió loca, pero ella nunca habló de su sufrimiento ni de nada (…) por esa época, para calmar su angustia, le dio por tomar alcohol», nos dijo Hemelda, su hija mayor.

Herminda logró recuperarse un poco y como pudo siguió trabajando para enviarles dinero a sus cinco hijos. Esta vez se ocupó como lavandera y empleada en Coñaripe en la casa de Hernán Carmach hermano de Juan Carmach de Liquiñe.

«La esposa de don Hernán era muy amable y buena conmigo, no sabía nada de todos los asuntos que allí habían pasado. Herminda tampoco se atrevió a contarle nada. Pero un día Hernán Carmach la llamó y le dijo ‘no busques más porque dicen que a esas personas que andan buscando las liquidaron en Villarrica Entonces pensé que era cierto, porque él mismo me hizo los trámites de la libreta de matrimonio, para que yo pudiera sacar las asignaciones familiares».

Al cabo de un tiempo Herminda se fue a Valdivia y durante seis años trabajó en la misma casa. Finalmente se empleó en Santiago, para ganar más dinero y poder enviarles a sus hijos. Aquí en Santiago la encontramos.

Herminda nos relató sus vivencias y sus sueños.

«Por esos tiempos la presencia de Carlos era tan grande, que él se me presentaba una y otra vez mientras dormía. A los pocos días que se lo llevaron, yo soñé que cuando iba a buscar el agua encontraba su camiseta llena de agujeros (…) desperté muy asustada y pensé que esas perforaciones se debían a las balas que le habían disparado. En otra ocasión él se sentó junto a mí, junto a la cama, y me dijo que cuidara mucho a los niños».

También nos contó que reiteradamente en sus sueños veía a Carlos en lugares cercados o cerrados, desde los cuales él no los podía ver. «A pesar de que nosotros sí lo veíamos, hacíamos señas y tratábamos de llamar su atención».

Herminda fue atendida por nosotros médicamente. Asistió también a dar su testimonio a la Comisión Verdad y Reconciliación. Al hablar sobre Carlos reconoce:

«Todos mis pesares, mis angustias, mis sueños, mis dolores, volvieron a aparecer».

Herminda es de baja estatura, viste humildemente pero luce arreglada y limpia. Su ‘mirada es ingenua y transparente, sus ojos ligeramente verdes. Sentada, con sus manos entrelazadas en sus rodillas, nos contó de sus innumerables enfermedades. Los primeros síntomas aparecieron poco tiempo después que se llevaron a Carlos. Trastornos del sueño, insomnios y pesadillas como las que hemos relatado. Gran angustia y desesperanza. Luego empezaron molestias digestivas, dolores abdominales, diarreas, vómitos. Además palpitaciones y falla de aire. Progresivamente dolores en la espalda debido a que trabajó por años agachada lavando ropa. El dolor, cada vez más intenso, empieza a irradiarse progresivamente a las piernas. Se queja de cefaleas crónicas ‘casi insoportables’. Los exámenes médicos y neurológicos demostraron una importante patología de orden psicosomático; un estado depresivo angustioso crónico fluctuante, según la intensidad de las graves situaciones vividas por ella desde el 11 de septiembre de 1973. Se comprobaron además, importantes trastornos somatomorfos.

«Hambre, miseria, explotación y por sobre todo miedo, desorientación, confusión, dudas, desconfianzas, pérdidas, soledades he tenido que vivir todos estos años».

Síntomas y signos similares hemos detectado en lodos los familiares de estos quince detenidos desaparecidos. Uno de ellos, el hijo de Carlos Figueroa, terminó suicidándose. Una madre y una esposa no lograron salir de la depresión y «murieron de pena». En otros casos los síntomas psiquiátricos fueron tan intensos que obligaron a una internación en un hospital psiquiátrico o al uso reiterado de medicamentos.

Junto con la destrucción de estas familias, el pueblo de Liquiñe fue progresivamente apagándose: salvo las casas de las termas de la familia García que se volvieron más modernas y vistosas. A ellas llegaban a veranear personeros del régimen pinochetista y, según los lugareños, los CNI se paseaban por las calles tranquilamente.

Al ir a Liquiñe, por primera vez, en noviembre de 1989, sentimos el miedo que había en el ambiente: la falta de comunicación entre la gente y la desconfianza frente a lo desconocido, que de alguna manera se manifestaba en su silencio.

Ninguna de estas familias presentó nunca una querella y por primera vez algunas de ellas dieron su testimonio a la Comisión Verdad y Reconciliación. Estas familias aún mantienen la esperanza y aspiran a saber, con muchas fuerzas, cuál fue el destino final de sus padres, esposos e hijos.

Notas

  1. La familia García era la propietaria de los Moteles «Termas de Liquiñe» y colaboró en la detención de los detenidos desaparecidos. También facilitaron su recinto para reunir a los prisioneros y para alojar militares.
  2. La familia Carmach era muy conocida en el lugar porque tenían un almacén. Juan Carmach colaboró con los militares, facilitándoles una camioneta para el traslado de los prisioneros. Además tenía una radio con la cual transmitió y avisó de los que se iban a la Argentina cruzando el paso de Carririñe.

EL CAPITAL  TOMO I I

CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

CARLOS MARX

LIBRO SEGUNDO

Capítulo III

EL CICLO DEL CAPITAL-MERCANCIAS

Párrafo 17:

Y, al igual que todos y cada uno de los elementos c,v y p contenidos en el hilo, también cada libra de hilado de por sí, con su valor de 1 chelín== 12 peniques, puede descomponerse en los mismos elementos que la integran.

– Página –81 —   El CAPITAL “TOMO I I” –Traducción de Wenceslao Roces – Primera edición en alemán tomo I — 1867- Primera edición en Español 1946- tercera reimpresión 2006 – Fondo De Cultura Económica México Comentarios y sugerencias : Editorial@fondodeculturaeconomica.com  en Chile a /httpmarxismo-cl/ o bien Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl o Twitter    Amador Ibañez ‏ @marxismo_cl

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